Así concibe Enrique Oroz su oficio de pintor en su actual muestra en el Museo de Arte de Zapopan: “como la recreación del caos”. Escandalizado por el doble discurso y la falsedad de las imágenes y de los discursos en la sociedad, el artista no tiene más remedio que erigir –o descrear– su verdad incómoda frente al mundo.
Enrique Oroz camina con el porte de un dandi en la amplia sala del Museo de Arte de Zapopan (MAZ), donde el 11 de mayo se inauguró su más reciente exposición: A mano armada.
Se trata de una colección de 60 pinturas de mediano y gran formato que destila humor negro, sátira y erotismo en la caricaturización de personajes muy conocidos de la política, religión y cultura popular.
Oroz concibe su arte como una destrucción de imágenes muy peculiar, porque “al mismo tiempo hay una creación de imágenes, como una conciencia del abismo, por decirlo de alguna manera, pero también una recreación del caos de una manera estética. Eso me ha acompañado desde el principio”, dice.
Un día antes de la inauguración, un equipo de técnicos acondicionaba el área de exhibición, que el artista supervisaba. Entre tanto, Oroz dio entrevistas a medios informativos.
Imágenes sexuales, personajes bizarros ahogados en alcohol, cabezas cercenadas, paisajes desolados e íconos profanados con elementos mundanos integran la colección de Oroz.
“A mí me parecía que los cuadros estaban muy asexuados, como que no tenían ese elemento… Yo les atribuía cierta sexualidad a mis pinturas, integrándoles estos elementos eróticos femeninos le daba un elemento a la tela, la erotizaba… Es como crear un ser, que también ese ser tendría que estar erotizado”, se explaya.
La violencia del narcotráfico es inevitable en esta mirada crítica. En uno de sus cuadros, por ejemplo, es una trasmutación del óleo Paisaje mexicano, de José María Velasco, con una cabeza cercenada sujeta por una mano que baja del cielo. En otro, una metralleta resalta en el panorama y en un tercero un letrero enorme anuncia: FIN.
Y es que la violencia se infiltra en todos los ámbitos de la vida pública, en todo lo que alcanza la mirada “por más que uno no vea la tele o no lea los periódicos, lo cual yo intento. Trato de no contaminar mi mente desde temprano, trato de liberarme, de no apegarme a esas cosas, siempre te enteras de una manera de las acciones del crimen organizado.
“Digamos que ahora se ha hecho una industria del crimen y la corrupción ha facilitado estas cosas. Este tipo de cosas me parecen un motivo para pintar, así como me motivan otros fenómenos de la vida cotidiana y personal.”
–¿Por qué se inspiró en una metralleta y qué implica ese “FIN” que colocó en una de sus pinturas?
–El fin del paisaje, se llama esto. En esa forma también hago referencia a mí: sigue siendo el mismo mundo, pero quien lo ve ha sufrido una transformación. Se acabó lo que yo alguna vez viví, presencié, gocé; es el fin de algo pero también el comienzo de otra cosa. El cuadro se refiere a la idea del fin del paisaje mexicano como creíamos que alguna vez fue.
“También tiene sus tintes políticos. Es el México donde veíamos transcurrir tranquilamente la vida de las personas visitando nuestros estados. Ahora la gente lo piensa dos veces, ya no es tan fácil hacer eso.”
La crítica mordaz es crucial en la obra de Oroz y nadie se escapa de ella. Ejemplos de ello son los retratos irreverentes de la mancuerna que escandalizó a la sociedad tapatía por sus excesos: el cardenal de Guadalajara, Juan Sandoval Íñiguez y el gobernador panista de Jalisco, Emilio González Márquez.
Ocultar y evidenciar
Nacido en Ciudad Obregón, Sonora, en 1965, Oroz fue educado en la religión católica y asistía a misa con frecuencia, pero llegó el momento del desencanto, cuando entendió que la gente hace lo contrario a lo que le enseñan:
“Me parecen cristianos hipócritas aquellos que se dan sus golpes de pecho, pero saliendo de ahí cometen vilezas. Si vas a ser criminal, no seas hipócrita; no me vengas con que crees en Dios y no me lo toques, cuando en realidad eres muy mezquino… (Este cuadro) es un llamado a la honestidad.”
–¿El retrato del cardenal expresa su impresión sobre el catolicismo?
–Sí. La mayoría de los políticos son detestables, y el cardenal básicamente es un personaje político. Habla sobre el aborto, la moral y otros valores, pero siempre enfocado a adquirir poder y congregar a la gente a partir de su autoridad, y aquel que no crea, aguas, se va al infierno. Este cuadro nace de la inconformidad con alguien que tiene mucho poder en Jalisco, y su relación con Emilio fue más que evidente.
Ambos personajes aparecen mostrando una sonrisa carcomida, con dientes amarillentos y expresión de sátiro. “Jefe de Jefes”, dice el retrato de Sandoval; “Pinhead”, el de Emilio González: es el título de una canción de la banda de rock The Ramones, que aparece en segundo plano.
“Pinhead significa tarado, es como una canción de The Ramones dedicada a Emilio como premio a los desencuentros que tuvo con el pueblo tapatío, el maltrato a la gente que votó por él y todas las malechuras que llevó a cabo desde el comienzo de su mandato. Es buenísima esa canción, está como mandada a hacer para el gobernador.
–¿Algún otro político le inspira un juicio tan duro?
–Yo creo que no, este personaje ha generado en mí este sentimiento al grado de hacer un cuadro, imagínate. Su mezquindad es tal que no quieres hablar de eso, te quieres recluir en tu propio mundo, pero este personaje tuvo una presencia tan fuerte después de la mentada de madre que nos dio a todos en Guadalajara, que yo dije: se la voy a regresar. Es como saldar cuentas y creo que me quedé corto.
Oroz informa que su exposición estará presente hasta julio en el MAZ y añade que actualmente trabaja en pequeños formatos en gouache sobre papel. Una característica de sus pinturas es que las figuras humanas no tienen rostro, sino están cubiertas con botellas de cerveza, refresco, o envases de plástico de algún producto comercial.
“No me han gustado muchas veces los rostros humanos –explica–. Mi idea era destruirlos. Al principio era sólo pintura; después empecé a poner elementos que tenía muy cercanos y muy lindos, en el sentido de que son cristales, reflejan y transparentan, pero al mismo tiempo ahogan, saturan. Entonces, más que recurrir a este elemento comercial o pop, era más bien utilizar el medio de cristal para ocultar algo en la paradoja de cristal, pero que al mismo tiempo revele otra cosa”.








