Fue célebre el episodio del desencuentro entre la crítica de arte Raquel Tibol y el pintor David Alfaro Siqueiros el 18 de abril de 1972.
Lo narró la propia Tibol en el capítulo “Divergencias con Siqueiros” de Confrontaciones (Ediciones Sámara, 1992), libro donde recoge 30 años de discusión estética, de polémica artística, de enfrentamientos ideológicos, a través de sus hechos más significativos y de sus protagonistas en México.
En el capítulo en cuestión, trazó la línea que la llevó desde 1954 a ocuparse de la obra de Siqueiros, hasta que se inició, en julio de 1970, el malestar hacia ella a raíz de un artículo sobre la pintura del Cristo que donó el artista al Vaticano. Después, en 1971, vino el cuestionamiento al Polyforum Cultural Siqueiros en varios artículos. Finalmente, el enfrentamiento directo entre ambos ocurrió en abril de 1972 durante el I Congreso Nacional de Artistas Plásticos (Proceso, 1841).
En una de las sesiones Siqueiros dedicó un largo discurso el día 18 (al que también se refirió el escritor Jorge Ibargüengoitia en un artículo de Excélsior: “Congreso de artistas plásticos: Los héroes no están fatigados”), con motivo de que Raquel Tibol dijo que el artista que hace obras por contrato con el gobierno tiene su libertad de expresión estrictamente limitada. Siqueiros pidió la palabra, pasó al estrado con el objeto de hacer “un poco de historia” y se extendió 58 minutos.
“…olvidando sus propias penurias como muralista, se puso a exaltar el arte de Estado como la mejor opción”, escribió Tibol.
Contó que tenía en mente los ataques del Estado al muralismo, por ejemplo en el mural del propio Siqueiros en el Teatro Jorge Negrete de la Asociación Nacional de Actores, “tapiado primero y agredido después para borrar la sección en que un libro con el número 17, simbólico de la Constitución, es pisoteado por el ejército nacional, empujado por un ejército extranjero. Cuando Siqueiros restauró la parte dañada no repuso el número 17, lo que equivalía a aceptar la violenta censura gubernamental. Al oír su acicalado relato le pregunté desde mi asiento en la sala del Centro Médico: ‘¿Por qué borraste el 17, David?’ No me contestó. Varias veces volví a preguntar levantando cada vez más la voz: ‘¿Por qué borraste el 17 David?’ Por fin, muy molesto, me gritó: ‘¡Provocadora de asamblea!’. De ahí en adelante dejó de exaltar idílicamente el desarrollo del muralismo en México y se dedicó, sin nombrarme, a hablar de una argentina a la que había tendido los brazos, la había ayudado y ella era incapaz de comprender el verdadero alcance del arte público nacional. Lo hizo de tal manera que yo me sentía dolida y ofendida. Yo estaba nacionalizada desde 1961 y mi compromiso con el medio cultural no era justamente el de una extranjera (…)
“Al término de la sesión me acerqué y le dije: ‘Vengo a invitarte al coctel de despedida que haré el día que me echen de tu país’, a la vez que le tendía con amarga furia mi mano, que él no se dignó estrechar. Fue entonces cuando, descontrolada, le propiné la más fuerte cachetada que haya dado yo en mi vida.”
“Estar ahí: principal, mayor virtud del fotógrafo de prensa. Estar ahí y disparar a tiempo: consigna para esta profesión que se nutre todos los días de todo lo que todos los días ocurre.” Estas palabras de Vicente Leñero se cumplieron ese día cuando el fugaz movimiento de la mano de Tibol fue capturado por la cámara de Héctor García.
Rememora hoy Tibol:
“Héctor no estaba en el momento de la cachetada, pero al enterarse llegó y la discusión seguía, y con la rapidez mental de un fotógrafo profesional, buscó sustituir una realidad por otra parecida. Se trata de una sustitución del gesto, porque la foto que tomó es la de mi mano. Con esa rapidez actuó Héctor García, que al perder un tema lo recompone” .








