Luego de conquistar todos los títulos del futbol español y de Europa, Pep Guardiola deja al Barcelona de sus amores en cuya hoguera terminó por inmolarse. Como entrenador desplegó un estilo romántico, artístico, alejado por completo del pragmatismo vulgar y del cálculo que reditúan en el marcador, pero aniquilan la belleza del balompié. En una actividad envilecida por intereses mercantiles y pugnas de poder, apostó por la nobleza. La integridad ennoblece, pero cansa. El escritor Juan Villoro repasa la trayectoria del técnico y cuenta cómo la gloria terminó en agotamiento.
Cuentan que Oswaldo Zubeldía, legendario entrenador de Estudiantes de la Plata, amaba tanto los resultados que cuando su equipo ganaba 1-0 sentía que había cumplido su misión. A partir de ese momento, no le interesaba otra cosa que aniquilar el juego.
Al encender su mejor puro y contratar a un técnico, el presidente de un club no espera obras de arte ni una coreografía en el césped, sino resultados que salven su cabeza ante los socios.
El técnico es rehén de la estadística. Puede ser tan filósofo o tan poético como le dé la gana, siempre y cuando las teorías y las musas contribuyan al marcador. Sumar puntos es la áspera obligación del hombre que piensa al borde de la cancha. Al final, todos tienen algo de Zubeldía.
Helenio Herrera se veía a sí mismo como un Zeus que gritaba insultos geniales y hacía ademanes más eficaces que los rayos. Este técnico convencido de su inspiración comentó resignado: “Si se puede ganar jugando bien, estoy conforme, pero a los 15 días se olvida si el partido ha sido bueno o malo. En la tabla queda el resultado, eso es lo que cuenta”.
La belleza no siempre es útil. ¿Hay espacio para ella en un deporte que exige cuentas favorables?
Pep Guardiola fue responsable de un sueño que se midió en números. Obtuvo 14 títulos en cuatro años. El legendario Johan Cruyff conquistó menos trofeos en el doble de tiempo.
Durante su gestión, Guardiola hizo debutar a más de 20 jugadores de la cantera, confirmando que entiende el futbol como un proceso educativo. Lo más decisivo no fueron los títulos sino la forma en que los consiguió, con jugadas de alta trigonometría. Los barcelonistas son los maestros del “tercer pase”. Al soltar la pelota, el jugador ya sabe hacia dónde la devolverá su compañero. Lo importante no es saber dónde está el balón, sino dónde va a estar.
En 2010, el premio FIFA Balón de Oro tuvo tres finalistas: Lionel Messi, Xavi Hernández y Andrés Iniesta. Nunca antes el podio había sido ocupado por jugadores surgidos de la misma cantera, La Masia del Barça, máxima guardería del futbol mundial. De ahí salieron la mayoría de los seleccionados que conquistaron el Mundial de Sudáfrica. Desde los tiempos del Madrid de Puskas y Di Stéfano, ningún equipo había dejado una impronta tan definitiva.
El prólogo para la era Guardiola fue el mandato de Cruyff y la conquista de la copa europea de clubes en 1992. El alumno más receptivo del técnico al que llamaban Dios era Pep Guardiola. Con el número 4 en la espalda, aprendió la profesión que llevaría a un nivel superior.
Después de una larga tradición de victimismo (la creencia de que los árbitros y las glorias favorecerían por siempre al odiado Real Madrid), Cruyff enseñó a los barcelonistas el placer del triunfo. Desde entonces los aficionados culés aman la victoria, pero no a cualquier precio.
Innovación
El 8 de mayo de 2008, Guardiola se hizo cargo de un equipo que dormía la siesta después de haber alzado la Champions en París dos años antes. Sus credenciales como entrenador eran escuetas. Había logrado que el Barcelona B ascendiera de Tercera a Segunda División B, con un estilo de juego del que se hablaba muy bien, pero que pocos habían visto.
Su fichaje parecía más emocional que deportivo. El noi de Santpedor era un candidato perfecto para apaciguar el fuego en torno al temperamental directivo Joan Laporta. Su currículum barcelonista resultaba impecable. En la infancia fue recogebolas en el Camp Nou, vivió en La Masia, luego fue campeón olímpico y jugó en la célebre final de Wembley en que el Barça venció al Sampdoria.
Cuando tomó posesión del equipo, sólo una tercera parte del barcelonismo lo apoyaba. Parecía demasiado inexperto y débil de carácter para lidiar con millonarios que casi tenían su edad.
En su primera temporada como entrenador logró lo que nadie más ha conseguido en España: ganó la Copa del Rey, la liga y la Champions. Además, diseñó un estilo que borró las nociones de espacio y de tiempo. El Barça de Guardiola jugó del mismo modo en cualquier parte de la cancha y en cualquier momento del partido.
Como futbolista, Guardiola había padecido las exigencias de representar los sentimientos de la identidad catalana. Esta presión se redobló como entrenador. Su rendimiento no sólo se midió en el campo, sino en las ruedas de prensa. Durante cuatro años fue un modelo de civilidad en un deporte donde José Mourinho demuestra que la patanería y la calumnia rinden frutos.
Conocedor de las altas exigencias a las que se iba a someter, decidió firmar contratos de un año. Esto suscitó un nuevo deporte: la especulación contractual. “¿Renovará o no renovará?”, se preguntaban los aficionados. A la larga, el plazo anual fue la involuntaria trampa que se puso a sí mismo. Las dudas sobre su permanencia se convirtieron en tema de interés social y esto aumentó la presión sobre sus decisiones.
¿Por qué se va un entrenador que ha conquistado todo en el club de sus amores? “Me he vaciado”, dijo al anunciar su salida. Esto es comprensible, tomando en cuenta las exigencias del futbol y, sobre todo, el estilo personal de Guardiola, que ignora la posibilidad de administrar el éxito y dosificar recursos. Nunca le dio descanso a Messi porque el argentino se deprime si no juega. Es obvio que el astro del equipo debe estar contento, pero incluso los entusiastas se desgastan y a veces necesitan descansar. El ritmo del Bar ça fue trepidante. Al cabo de cuatro años nos preguntamos si no le hubieran venido bien algunas pausas o ciertos momentos de especulación. Pongo el ejemplo de un partido clave. En 2010 las cenizas del volcán islandés suspendieron los vuelos en Europa y el equipo blaugrana tuvo que viajar a Milán en autobús para disputar la semifinal de la Champions ante el Inter. El traslado fue extenuante. Guardiola esperaba que el equipo de Mourinho se atrincherara. Para su sorpresa, enfrentó un vendaval de peligrosa verticalidad. Al inicio del partido, el Inter estuvo a punto de meter tres goles. Después de esta llamada de atención, una descolgada fortuita produjo un gol de Pedro. Era el momento de sacar algunas conclusiones: el equipo estaba cansado y desorientado por el viaje, el Inter lucía amenazante, Ibrahimovic dormía en el eje de ataque y el marcador era azarosamente favorable. Un entrenador astuto habría sacado a un delantero para reforzar el medio campo, mostrándole a Mou que también otros técnicos se afortinan. Pero Guardiola es un entrenador romántico. Insistió en su estilo y perdió 3-1.
Su extraordinario récord hace que sea difícil encontrar momentos similares. Menciono aquel partido en Milán como una prueba de que el Barça nunca trató de ganar tiempo. En consecuencia, resulta lógico que estuviera fundido al cabo de cuatro años.
Otro rasgo esencial de Guardiola es su tardanza para hacer cambios. Es un entrenador del minuto 70. Rara vez hace una sustitución antes. También esto enfatiza su deseo de no administrar el resultado ni modificar la táctica.
Virtuosismo
La belleza alcanzada por el Barça fue tan extraordinaria que rara vez cometió la vulgaridad de meter un gol simple. Casi todas sus anotaciones fueron precedidas de un rico tejido de pases. Su lema podría ser: “antes muerto que sencillo”. Un sesgo característico de esos virtuosos fue el desprecio ante los tiros de esquina. Aunque Piqué y Puyol subían a rematar con peligrosidad, rara vez se mandaba un centro al área. También los tiros de media distancia fueron proscritos como señas de mala educación. Los goles del Barça serían barrocos o no serían. Esto potenció la belleza pero dejó al equipo más cansado de lo normal.
Durante cuatro años el Barcelona dominó el balón durante 75% del partido, porcentaje que dejó a los jugadores sin esos dichosos momentos de descanso en los que se manda el balón a las tribunas, se mira el césped, se escupe por manía y se piensa en otra cosa.
Las complejas triangulaciones del equipo hicieron que Guardiola confiara cada vez más en quienes han aprendido a jugar de esa manera en La Masia. Sus fichajes fueron caros y rindieron poco. La salida de Eto’o mejoró el ambiente en el vestidor, pero limitó la eficacia. Chigrinsky e Ibrahimovic nunca justificaron en la cancha lo que significaron en la nómina.
En el futbol de alto rendimiento los ciclos ganadores rara vez duran más de dos o tres años. Cuando los futbolistas llegan a la meta es difícil renovar sus expectativas. ¿Qué te hace soñar cuando ya alcanzaste el sueño? Por otra parte, los rivales aprenden trucos defensivos y el campo de batalla deja heridas. El Barcelona del cuarto año semejaba un hospital con heridos de larga duración, entre ellos, dos significativos artilleros: Pedro y David Villa.
El desgaste psicológico y físico del mejor Barça de la historia tenía que llegar, pero se asociará para siempre con el nombre de un antihéroe: José Mourinho.
Después de triunfar en Portugal, Inglaterra e Italia, José El Terrible se hizo cargo del Real Madrid. “Vengo con mis virtudes y mis defectos”, dijo en su primera rueda de prensa. A partir de ese momento jugó dos partidos, uno en la cancha y otro en las declaraciones. Construyó una escuadra poderosa que, sin embargo, cayó por 5-0 en su primer enfrentamiento con el Barça. “Es una derrota fácil de digerir”, comentó como un ogro dispuesto a almorzarse a su rival.
Curiosamente, el antipático Mourinho sirvió de estímulo al Barcelona. Una escuadra que ya había ganado todo se motivó gracias a un técnico que la despreciaba. Esto aumentó la presión sobre Guardiola. ¿Podría mantener el temple ante un energúmeno que lo calumniaba y decía que sus triunfos se debían al dopaje, la complicidad de los entrenadores rivales y la ayuda de los árbitros? El pulso entre los dos entrenadores contribuyó a la fatiga del estratega catalán, que se rascó la cabeza hasta quedarse calvo.
¿En qué medida la conducta de Mourinho es socialmente lícita? Le picó el ojo a Tito Vilanova, asistente de Guardiola, injurió a colegas, como Pellegrini (“si dejo el Real Madrid, yo no me voy a ir a un equipo pequeño como el Málaga, sino a Inglaterra o Italia”) y a Preciado (“alineó suplentes para ayudar al Barcelona”), y diseñó un dispositivo de juego que convirtió a Ramos en el jugador más expulsado en la historia del Real Madrid (¡a los 26 años!) y a Pepe en un futbolista que debería ser analizado por Human Rights Watch. En la jurisprudencia futbolística, el caso más difícil de sancionar es el de las faltas reiteradas. No se trata de patadas que ameriten tarjeta, pero interrumpen el juego. Ante estas infracciones, el árbitro debe amonestar por acumulación, es decir, por criterio, y no todos se atreven. En su rudo esquema táctico, Mou pone a prueba a los árbitros. Además los presiona con declaraciones previas o va a insultarlos al estacionamiento del estadio (“te gusta joder a los profesionales”, le dijo a uno de ellos). En caso de que uno de sus jugadores sea sancionado, puede culpar al árbitro. La paranoia forma parte de su esquema táctico.
Sin apoyo
Como la liga española es cosa de dos, el Barça de Guardiola y el Madrid de Mourinho se enfrentaron en suficientes partidos para crear una psicosis del ángel contra el demonio y generar un trauma colectivo.
Sin el menor empacho, el entrenador portugués despreció a Jorge Valdano, director deportivo de su propio equipo, que preconizaba el juego limpio, y anunció que al ganar su primer título “el argentino” (ni siquiera se refería a él por su nombre) tendría que irse de la institución. Esta venganza en las entrañas del Madrid se cumplió con la conquista de la copa en 2011. José Mourinho es el sociópata más rentable del mundo profesional contemporáneo. Se sale con la suya como un intrigante ideado por Shakespeare. Lo más raro en su destino es que su segundo apellido sea Dos Santos (¿el álgebra del mal hace que dos santidades se transformen en un diablo reforzado?).
La confrontación entre Guardiola y Mourinho habría sido menos áspera en caso de que la directiva del Barcelona hubiera dado la cara. En tiempos de Joan Laporta, el club tenía a un caudillo dispuesto a aceptar peleas. Pero Sandro Rossell asumió las riendas del club catalán como un administrador que no quiere problemas. En varias ocasiones Guardiola señaló que se sentía solo y que no podía cargar con todo el peso del equipo. En noviembre de 2010, los controladores aéreos se declararon repentinamente en huelga. Había que viajar por tierra. Luego de enredados preparativos, el Barça se desplazó en tren y autobús a Navarra. Ningún miembro de la directiva hizo ese viaje, demostrando su alejamiento del equipo.
Rossell atacó todas las iniciativas de Laporta. Presentó una querella judicial contra el expresidente, dividiendo al barcelonismo, y destituyó a Cruyff de su cargo de presidente honorario. Guardiola no se podía sentir cómodo en ese entorno, por más que Rossell lo elogiara en público.
La obsesión por el trabajo llevó al entrenador a una rutina de delirio en la ciudad deportiva. Cuando no entrenaba, veía vídeos. En 2009 escribí en El Periódico de Catalunya: “El hecho de que no se desconecte puede ser peligroso a largo plazo. ¿No será Guardiola demasiado responsable?, ¿cuánto tiempo podrá seguir así? La inteligencia requiere de reposo”.
A algunos entrenadores les conviene tener una turbulenta vida personal para pensar en otra cosa después del partido. Otros se relajan con el golf, la pesca o paellas excesivas. Guardiola descansa del futbol con más futbol. Quizá esta sobredosis tenga que ver con que aún atraviesa una fase formativa como entrenador. No sé si disfruta el doble que nosotros con cada triunfo, pero estoy seguro de que sufre el doble con cada caída.
Esta actitud implicó un severo desgaste personal, pero funcionó de maravilla con los jugadores, que lo siguieron con fe ciega. Guardiola nunca depuso la responsabilidad. Ante el primer bache dijo: “El líder soy yo, que me sigan. Sé que ganaremos la liga”.
Como Ulises
El pasado 25 de mayo Guardiola dirigió su último partido, conquistando la Copa del Rey ante el Athletic de Bilbao. No quiso subir al podio y aplaudió de pie a sus jugadores. El respeto a los méritos de los demás y la dignidad para desempeñar su cargo volvieron a ser sus signos. En una actividad envilecida por intereses mercantiles y pugnas de poder, apostó por la nobleza. Cuatro años así fueron demasiados. La integridad cansa.
Sven Goran Eriksson no permite que una derrota le impida cenar en un restaurante de cinco estrellas. Enemigo de la frivolidad, Guardiola se preocupa siempre. Nadie le ha presentado a esa señora llamada Indiferencia.
Cuando razona se rasca la cabeza. Desde que Ulises padeció la inquietante comezón que resolvió con el Caballo de Troya, no había una cabeza más rascada en el Mediterráneo.
Joan Laporta apostó por un entrenador novato para que hiciera en el primer equipo lo que hacía en Tercera. No se trataba de que se adaptara, sino de que trajera su lógica. Eso fue lo que aportó Guardiola, que ya en sus tiempos como jugador había sido definido por Jorge Valdano como “el único entrenador con el balón en los pies”.
Nadie olvidará al mejor Barça de la historia. La salida de Guardiola se reviste de melancolía por la merecida derrota ante el Real Madrid, que resolvió la liga, y la caída ante el Chelsea, que supo defender 47 tiros a gol en dos partidos. Fernando Torres, autor del último tanto del Chelsea, definió con elegancia el resultado: “En el futbol no siempre gana el mejor; al Barcelona le tienes que jugar como lo hicimos nosotros”.
En esos dos partidos Guardiola fue líder de un equipo incomparable al que ya se le resistían los títulos. La belleza se peleaba al fin con la eficacia. La frase con que John Lennon describió la separación de los Beatles volvía a ser cierta: “El sueño ha terminado”.
Como futbolista, Guardiola triunfó en Barcelona y tuvo mala suerte en Italia, Qatar y México. Con astuta malevolencia, Mourinho señaló que se trataba del entrenador ideal para el Barcelona porque conocía al equipo desde la infancia. De este modo, sugirió que, a diferencia de él, no podría triunfar en otras partes.
Eso está por verse. Después de un descanso, Josep Guardiola probará suerte en otro país de Europa. Sin embargo, tarde o temprano volverá al Barcelona. Su partida recuerda una historia esencial del Mediterráneo: Ulises ha salido de Ítaca.
Esperamos su regreso.








