La cotidianidad y el encierro, transformados en propuesta teatral, nos convierte en espectadores interesados en los significados de las acciones, las palabras y las realidades que manejan tres personajes reunidos en una cocina. La propuesta de Gabriela Ochoa, autora, directora y actriz de Tres para el almuerzo, que se presenta los jueves en el Foro la Gruta del Centro Cultural Helénico, convierte la cocina en un universo físicamente cerrado pero transformado por la superposición de mundos comprobables y evocados.
La protagonista, interpretada con naturalidad y proyección por la autora, es Minerva, que golpea, estira y enharina una masa hasta el infinito, mientras sus fantasmas y sus secretos juegan con ella. No importa qué existe y qué no existe porque la imaginación de esta mujer aprisionada hace que todo se haga presente en el hecho escénico. Su madre aparece y desaparece del refrigerador para acosarla, llamarle la atención por todas sus incapacidades, defectos y actitudes. Tiene frío, siempre tiene frío e insatisfacción. Bien interpretada en tono fársico por Romina Coccio, nos abruma con sus reclamos y la sufrimos igual que su hija. Está en su mente, pero vive en ella como si fuera de carne y hueso; como un personaje teatral.
De la misma manera entra y sale del escenario y de su imaginación aquel joven, actuado con cierta debilidad por Juan Carlos Medellín, con el que creyó podía haber hecho una vida mejor; más juguetón, más volátil pero reconstruido por su mente a imagen y semejanza de sus deseos. Él sólo puede vivir si ella lo rememora, a diferencia de su esposo que llega o se va imponiendo su voluntad. La actuación rígida y acartonada de Jorge Núñez corresponde al personaje. La rutina lo hace predecible: la hora de la comida es lo que lo hace ir a su casa a satisfacer una necesidad física; no importa la mujer que desganadamente y a su pesar le hace de comer; él come, lee el periódico y se va.
Sin necesidad de muchas palabras, las acciones hablan por sí mismas. Reflejan y critican los roles preestablecidos y las formas en que una pareja, sumida en la inercia, se relaciona. Parte de lo real y se eleva a la metáfora, para mezclar lo absurdo con lo onírico y lo dancístico, haciendo de Tres para el almuerzo una atractiva propuesta contemporánea. La posición arriesgada de la dramaturga y directora revela una búsqueda personal donde la acción escénica y las palabras cotidianas son el principal medio para transmitir contenidos, reinterpretar la realidad y mostrarla con belleza. La realidad no es sólo lo que se ve, y el teatro es el que le da la posibilidad a la autora y directora para jugar con lo que está en la mente y volverlo tangible; le permite transformar y estetizar lo cotidiano, y lo que podría ser una acción insulsa, lo convierte en una rutina escénica, un juego de movimiento o una escena inusual. Así, por ejemplo, el comer gelatina se transforma en un acto erótico y la gelatina tirada en el piso la aprovecha para poner a jugar a la madre y el esposo al juego de las sillas sobre un piso donde resbalan.
Esta belleza estética se logra también gracias a la escenografía de Felipe Lozano Schmitt apoyado por Iker Vicente y Jose Antonio Garduño. Sorprende la verosimilitud con la que está trabajada la intención de avejentarla, los colores utilizados y el piso de mosaico que limita perfectamente el lugar donde sucede el juego escénico. Sobresale de igual manera la iluminación de Martín López Brie, también dramaturgo, que logra crear atmósferas, iluminar zonas y resaltar objetos, como el radio, para disfrutarlos casi como un cuadro.








