Una salud muy precaria

Aun cuando los Servicios Médicos de Guadalajara atienden a 150 mil personas, durante un recorrido por las cuatro unidades de socorro de la Cruz Verde, Proceso Jalisco observó la precariedad con que funcionan. Consultados por la reportera, empleados de confianza y de base enumeran las graves carencias en equipo, instrumental clínico y ambulancias; y se quejan de la prepotencia de sus jefes, de los aviadores y del retraso en sus pagos. Pese a ello, dicen, los servicios asistenciales funcionan.

Pese al maltrato de sus jefes, las carencias en sus instalaciones, la escasez de medicamentos, de instrumental médico y de ambulancias, así como retraso en sus pagos quincenales, los trabajadores de los puestos de socorro de la Cruz Verde de Guadalajara atienden a sus pacientes como pueden.
En un recorrido por las cuatro unidades de los Servicios Médicos Municipales –Francisco Ruiz Sánchez, Jesús Delgadillo Araujo, Leonardo Oliva y Ernesto Arias–, donde cada año se atiende a 1 millón 150 mil personas, de las cuales 810 mil están afiliadas al Seguro Popular, trabajadores eventuales y de base enumeran a la reportera los problemas más frecuentes, sobre todo existencia de aviadores y la hostilidad de jefes prepotentes con los que tienen que lidiar de manera cotidiana.
En el área del laboratorio de análisis de la Cruz Verde Ruiz Sánchez, reinaugurado por Jorge Aristóteles Sandoval Díaz a principios del año pasado, poco antes de que pidiera licencia para lanzarse como candidato a la gubernatura, “no caen gotas, sino chorros de agua”, lo cual pone en peligro la sanidad de las muestras médicas, relatan a la reportera los empleados del inmueble ubicado en la calle 52 (Antonio Tello), entre Medrano y Aldama.
Comentan que entre el 7 de junio y el 14 de septiembre de 2011 hubo una remodelación integral para ampliar las zonas de urgencias y la de hospitalización. En la primera el número de camas aumentó de 12 a 18, mientras que en la segunda se duplicaron y hoy son 20.
Y aunque se construyó un quirófano en la unidad, con lo que ahora suman tres, y se acondicionó un espacio de descanso para médicos, paramédicos y enfermeras, de poco sirvieron los 2 millones 599 mil 480 pesos invertidos en esas obras de relumbrón efectuadas por la constructora Lebasi Ingeniería, según el contrato OPG-OD-EQP-CI-C07-089/11.
Fue inútil, insisten los empleados, pues en el pasillo contiguo al laboratorio se repite la misma historia en tiempos de lluvias, pues ahí caen “más chorros de agua” que en la calle.
La reinauguración de la unidad Ruiz Sánchez fue el 29 de noviembre pasado y corrió a cargo de Francisco Ayón, quien fungía como secretario de Administración Municipal y hoy es el presidente interino de Guadalajara.
Ese día Sandoval Díaz envío en su representación al secretario de Servicios Médicos Municipales, Antonio Cruces, mientras que los directivos tuvieron que llevar “equipo de las otras unidades (para) llenar el hueco y presumir los logros”, dice uno de los trabajadores.
Durante el recorrido por el área de urgencias él y sus compañeros muestran los espacios vacíos en los cuales deberían estar cinco camillas prehospitalarias modernas. Médicos del Ruiz Sánchez comentan que en el área de hospitalización es frecuente que se cambien de lugar las camas, según la demanda, pues faltan ocho unidades.
El área carece de ventilación y el sistema de aire acondicionado de los pabellones no funciona; sólo hay dos pequeñas ventilas en una pared donde están los pacientes de sexo masculino que ayudan a mitigar el calor. Y con respecto a las dos salas de shock, dicen los entrevistados, simplemente no funcionan por falta de equipo médico.
Y aun cuando en el proyecto de remodelación se contemplaron áreas de descanso para enfermeras y paramédicos, que se ubican en el segundo piso, se quejan por las deplorables condiciones de los cuartos que les fueron asignados.
En uno sólo hay un colchón a ras de piso y la pared de tablarroca presenta ya una perforación, asegura un paramédico. En la habitación contigua destinada a las enfermeras hay tres colchonetas tan delgadas que “sientes que te estás acostado en pleno suelo”, dice una de las trabajadoras.
Más todavía: los escalones son muy altos y estrechos, por lo que “cuando sales a prestar un servicio y andas todo adormilado te puedes caer, de hecho ya ha sucedido”, insiste el paramédico. Comenta que los dormitorios deberían estar en el primer nivel, puesto que el tiempo para atender una emergencia es vital.
“¡Imagínate todo lo que tienes que recorrer para llegar al área de ambulancias! Mínimo tardamos un minuto corriendo. Y si consideras que tenemos 10 minutos para hacer la atención de un servicio, ya perdiste tiempo de lo que se conoce como ‘la hora dorada’.”
Por lo que respecta a los choferes que laboran las 24 horas, la mayoría tiene que resignarse a descansar en las ambulancias, se quejan los empleados de la Cruz Verde Ruiz Sánchez. Con relación a éstas, sólo funciona uno de los vehículos asignados a la institución.
“Las ambulancias son llevadas a los talleres municipales donde las arreglan de manera provisional. Funcionan dos días y vuelven a descomponerse. Siempre regresan a causa de la misma falla. Lo bueno es que no se han descompuesto con un paciente a bordo. La única que está trabajando y que, puede decirse, es la más nueva es modelo 2008”, indica el paramédico entrevistado.
Las otras cruces

En el caso de la Cruz Verde Jesús Delgadillo Araujo, ubicada en la calle Mariano Bárcenas, a un costado del parque Alcalde, el techo del pasillo principal del edificio luce descuidado por la falta de mantenimiento.
“Así está desde hace año y medio –dice uno de los trabajadores–, desde que empezaron a volarse y a caerse las láminas. Cuando uno pasa por ahí se siente un calor del infierno. En tiempo de lluvia caen chorros de agua y las muchachas de intendencia ponen cubetas. Imagínate lo que pasa cuando los enfermos que van en la camilla pasan por aquí.”
Una enfermera que lleva tres décadas trabajando en ese puesto de socorro añade: “Es increíble que no haya recursos para repararlo”. Cuando ella entró, relata, sólo había una secretaria y las cosas funcionaban; hoy no es así, aun cuando “hay chorros de secretarias”.
En la unidad Ernesto Arias, ubicada entre las calles Los Ángeles y Analco, los trabajadores se quejan porque, dicen, aun cuando en mayo de 2011 se pagó 1 millón 100 mil pesos a la empresa Torales Construcciones para que remodelara la unidad especializada en toxicología, el edificio tiene problemas graves de estructura.
El proyecto incluyó el levantamiento de un cuarto aislado con sistema de extracción para atender a pacientes intoxicados con sustancias químicas, así como un quirófano para cirugía ambulatoria y una sala de shock. Empleados que laboran ahí señalan que el cuarto carece de sistema de ventilación. Y relatan que el sábado 5 hubo un problema con una mujer de 22 años, que intentó suicidarse, y su hijo.
Uno de los trabajadores comenta que mientras se atendía a la paciente se le aplicó sulfuro de aluminio a su hijo. Pero hubo complicaciones porque al usar ese compuesto, que actúa como gas, los paramédicos deben ponerse guantes y cubrebocas especiales, pero en la unidad no tiene ese tipo de material. Para sacar la urgencia se improvisó un cuarto aislado, pero no funcionó. Hubo varios intoxicados.
Por lo que concierne al nuevo quirófano, aseguran, está inhabilitado. “Debajo de él está un estacionamiento, aun cuando la norma marca que los tanques y las conexiones deben estar a nivel de suelo”. Además, la estructura no aguanta a más de ocho personas, el mínimo que se necesita para una cirugía”.
Y sobre la sala de shock, otro trabajador señala: “Faltan medicamentos del carro rojo (que se emplea en ese tipo de salas). Se nos exige también surtir al almacén, lo que representa una pérdida de tiempo si estamos en una urgencia; además, no contamos con baumanómetro, aspirador, sábanas desechables, guantes ni gasas. El colmo: tenemos que pedir gasas estériles a las otras unidades, previa autorización del administrador”.
Lo peor es que los empleados de la unidad Ernesto Arias deben batallar contra ratas y cucarachas que infestan las ambulancias, de las cuales, igual que en la unidad Ruiz Sánchez, sólo una funciona; el resto tiene fallas y por lo general están en el taller municipal.
Los entrevistados recuerdan que Estados Unidos donó a la Cruz Verde cuatro ambulancias SUV (con caja cuadrada), pero no pueden utilizarlas porque “no caben en las calles; además, son puro cascarón, pues carecen de equipo”.
Para la unidad médica Leonardo Oliva, sita en avenida Cruz del Sur, el ayuntamiento tapatío contrató a Grupo Ordiez, S.A. de C.V., para mejorar el acceso de las ambulancias, ampliar las instalaciones para aumentar de 14 a 25 camas en el área de urgencias y remodelar la de consulta externa y el comedor, construir un tercer quirófano y ampliar la sección de trabajo social. Las obras se iniciaron en mayo de 2005 con una inversión de 2 millones 300 mil pesos.
En el portal de Transparencia del ayuntamiento tapatío se informa que la obra fue terminada el 10 de noviembre de 2011. No obstante, el quirófano nunca se construyó ni se ampliaron las áreas de trabajo social y consulta externa, donde sólo se colocaron cristales en las ventanillas.
Durante el recorrido por las unidades de socorro de la Cruz Verde, Proceso Jalisco observó que la más abandonada de todas es la Leonardo Oliva. Un ejemplo: sus cinco ambulancias están descompuestas, por lo que utilizan la que está asignada a “eventos especiales”. En cada turno de 12 horas el vehículo modelo 2010 presta entre 18 y 20 servicios de urgencias.
Además, dicen los paramédicos, no está equipada y el chofer tiene que aguantar el calor que emite el motor; los anaqueles y el pequeño gabinete que contiene los implementos médicos están detenidos con gasa, para evitar que se abran, y la camilla rodante se abre con dificultad.
Las autoridades de la unidad Leonardo Oliva sólo les entregan cajas de cartón, que ellos “convierten” en férulas; también les racionan los paquetes de algodón. En suma, la ambulancia carece de oxímetro y desfibrilador.
Los empleados se quejan también porque les dan uniforme cada tres años. Dicen que eso les causa serios problemas, sobre todo cuando algún paciente vomita sobre ellos o les mancha la ropa de sangre, por lo que deben desecharla para evitar enfermedades, según la norma. Cuando eso sucede, los paramédicos deben adquirir un nuevo uniforme, cuyo costo es cercano a los mil 500 pesos.
Relatan también que en ocasiones enfrentan situaciones de alto riesgo, por lo que hace tiempo solicitaron a su director de Recursos Humanos, Otal Lobo, chalecos antibalas y cascos. El funcionario, quien ya fue removido, les contestó: “Ustedes corren el mismo riesgo que yo”.
Y cuando la ambulancia necesita limpiarse y desinfectarse, los paramédicos compran el jabón y hacen la faena en la entrada principal del edificio, pues no tienen otro lugar; tampoco cuentan con área de descanso ni baño para asearse. Además, los suplentes carecen de seguro médico y algunas veces reciben su pago hasta con cinco meses de retraso.