Entre los comentarios entusiastas de la crítica, Pina (Alemania, 2011) se menciona como el más grande homenaje a la danza en el cine desde las Zapatillas rojas (Reino Unido, 1948); interrumpido por la muerte de Pina Bausch, el proyecto fílmico de presentar el trabajo de esta importante coreógrafa alemana llevaba 20 años, Wim Wenders quiso abandonarlo pero los miembros de la compañía de Pina lo convencieron de llevar a cabo el homenaje.
Interiorizando el trabajo y las enseñanzas de esta artista de la danza abstracta (o expresionista), los bailarines, en solos, en pareja y en conjunto opinan, por así decirlo, con el cuerpo. Cada quien expresa el duelo y la gratitud a la maestra y amiga a través del gesto corporal y del movimiento; pasan revista a las grandes coreografías de Pina, Claveles, La consagración de la primavera, Café Muller; por medio de movimientos miméticos, los danzantes ilustran el paso de la estaciones, cada uno y en conjunto interpretan el paso del tiempo y la evanescencia; expresan aquello que los hace bailar, de acuerdo al ideal de la maestra.
Wim Wenders captura el discurso y el arte de la artista siguiendo a sus bailarines, transportándolos del Tanztheater a la ciudad, a escenarios naturales, a espacios que combinan lo natural con lo urbano; su intensión es compartir el universo de su amiga Pina con el espectador. Lejos de pretender impactar, el empleo de 3D ofrece una profundidad de campo visual insólita; Wenders no agrede a su público con trucos de prestidigitador, nada de objetos o ajetreos fuera de la pantalla para provocar sensaciones y descargar adrenalina; se trata de invitar al publico a penetrar la escena. Entre el baile, el discurso del cuerpo, la tercera dimensión y el movimiento de cámara, el espacio de la danza queda esculpido en la imagen.
Resulta muy incómodo hablar de documental en este caso. El director de Alicia en la ciudades (1974) o Historia de Lisboa (1994) es un maestro del género, y no cabe duda que aquí recurre a técnicas de documental como muestran las secuencias de pseudo entrevistas a los bailarines o la acumulación de referencias y fragmentos ilustrados de las coreografías de la artista, pero más allá de que toda cinta sea un documento de su estilo o época, Pina no es propiamente un documental.
De lado de la realidad o de la poesía, documental implica una situación concreta que existe por sí misma y que la cámara identifica; para explicar y retratar a Pina Bausch, Wim Wenders y los bailarines y coreógrafos construyen una realidad dentro de la cinta, una forma de poesía que no puede desprenderse de los movimientos de cámara y del lenguaje del director. Mucho de cine tenía ya la obra de esta gran coreógrafa; Pina no es danza filmada, como lo atestigua la propia danza de la cámara. Pina en 3D es la culminación de dos lenguajes principales, el del cine y el de la danza; más aun, se trata de la sublimación (aquí si es lícito utilizar el trillado término), en sentido alquímico, del trabajo de un director que no deja de experimentar con su propio lenguaje, del legado de una de una coreógrafa que reinventó la danza, y de todos y cada uno de sus discípulos y amigos (dentro de la compañía) que bailaron con la cámara de Wenders.








