Anthony Feinstein, el mayor estudioso de los desórdenes psicológicos de los corresponsales de guerra, viajó a México para analizar los problemas de los reporteros que cubren la guerra de Calderón… Quedó impactado. Autor de dos libros y muchos artículos al respecto, dice a Proceso que nunca había visto tanto daño como aquí, donde los trabajadores de la información viven en un inmenso desamparo emocional. “Mi impresión personal –dice– es que las heridas psíquicas de 25% de los reporteros mexicanos vulnerados por la violencia son mucho más profundas que las de los reporteros de guerra”.
PARÍS.- “Los periodistas mexicanos que siguen haciendo su trabajo en medio de una violencia cada vez más incontrolada viven un infierno y ese infierno puede tener graves repercusiones en su equilibrio psicológico.
“Investigué y analicé estas repercusiones: son impactantes. Descubrí por un lado un cuadro clínico de suma gravedad y, por otro, un nivel de resiliencia que no percibí en ninguna otra parte”, dice Anthony Feinstein.
Añade: “Opté por hacer mi investigación en México porque los estragos de la guerra contra el narcotráfico convirtieron a este país en un arquetipo trágico a escala mundial”.
Feinstein, nacido en Sudáfrica, estudió medicina en su país y se especializó en psiquiatría en el Royal Free Hospital de Londres, y en neuropsiquiatría en el Instituto de Neurología Queen Square de Londres. Ahora es catedrático en la Universidad de Toronto.
Mundialmente reconocido por sus investigaciones sobre los desórdenes de conducta asociados con esclerosis múltiple, histeria y lesión cerebral traumática, Feinstein se dio a conocer más ampliamente por sus trabajos sobre los problemas que afectan a los corresponsales de guerra.
Es autor de dos libros sobre el tema: Dangerous Lives: War and the Men and Women Who Report it (2003) y Journalists under Fire: The Psychological Hazards of Covering War (2006), donde describe los problemas psicológicos que afectan a los enviados especiales británicos y estadunidenses que reportearon en zonas de guerra.
En 2010 inició una nueva investigación, ahora sobre reporteros mexicanos, que está a punto de publicar en el Journal of Traumatic Stress con el título The War Within: the Plight of Mexican Journalists (“Guerra interna: las dificultades de los periodistas mexicanos”).
Si bien existen en México trabajos sobre el tema –cabe mencionar entre otros los de Rogelio Flores Morales, coordinador del Centro de Documentación de Proceso–, es la primera vez que un experto internacional realiza una investigación clínica profunda sobre la situación psíquica de los reporteros mexicanos.
Entrevistado en Toronto vía telefónica el viernes 27 de abril, Feinstein dice: “La situación de los reporteros de guerra que estudié durante 10 años es muy específica: Viajan a una zona de conflicto en la que trabajan unas semanas, a veces unos meses. Sufren graves choques emocionales, experimentan situaciones límite y después regresan a sus casas. Muchos padecen trastornos, algunos muy serios, pero por lo menos viven un tiempo en un entorno ‘normal’. Pueden ‘respirar’ un poco antes de ir a otra guerra.
“Después de pasar tanto tiempo observándolos y trabajando en sus casos empecé a preguntarme qué pasaba con los periodistas atrapados en situaciones de violencia. Quise conocer la vida diaria de reporteros sumergidos en la violencia y cómo les afecta el hecho de no tener escapatoria. Fue así como nació la idea de hacer una investigación en México.”
–¿Quién financió esa investigación?
–Se la propuse a la UNESCO, que de inmediato aceptó darme fondos para realizarla. Los altos responsables de la UNESCO se interesan mucho en el número creciente de agresiones y crímenes contra los periodistas en el mundo y consideran, como yo, que lo que pasa en México se está convirtiendo en una referencia terrible.
Caso mexicano
–¿Cómo y con quiénes trabajó?
–Periodistas mexicanos me ayudaron a contactar a unos 130 reporteros y fotógrafos que en su mayoría trabajan en provincia. Les expliqué a todos lo que había hecho con los reporteros de guerra y cuál era mi meta. Más de 80% aceptó hablar conmigo. En realidad tenían ganas, inclusive necesidad de contar lo que viven, sienten, experimentan. Alrededor de 30% son mujeres. Su edad promedio es de 35 años.
“Usamos el protocolo de investigación que elaboré (…) Las entrevistas se llevaron a cabo durante más de un año.”
–¿Podría adelantar los resultados de su investigación?
–El dato más notable es que 25% de los reporteros que entrevistamos tuvieron que abandonar el tema en el que trabajaban porque no aguantaron los problemas psicológicos, las tensiones extremas, el estrés agudo y permanente que ese trabajo generaba. ¡Uno de cada cuatro periodistas! ¡Es muchísimo! En ninguna de las investigaciones que hice antes sobre reporteros de guerra encontré un desamparo emocional tan inmenso.
“Unos de los mayores motivos de desesperanza de nuestros entrevistados son las amenazas contra sus familias. Los reporteros de guerra no enfrentan ese tipo de angustia.”
–¿Podría seguir con esa comparación entre reporteros de guerra y reporteros mexicanos?
–Es un poco arriesgado hacerlo porque hay diferencias culturales entre el mundo anglosajón de los reporteros británicos y estadunidenses que entrevisté y el mundo de los mexicanos. Sin embargo noté los mismos síntomas de PTSD (post traumatic stress disorder) en ambos grupos. También la misma tendencia a consumir drogas y bebidas alcohólicas.
“Mi impresión personal es que las heridas psíquicas de 25% de los reporteros mexicanos vulnerados por la violencia son mucho más profundas que las de los reporteros de guerra.”
–¿Podría dar detalles sobre esas heridas psíquicas?
–Padecen depresiones profundas, les angustia sobremanera lo que puede pasarle a sus familias, muchos rehúsan socializar y la mayoría está obsesionada por su salud física.
“Pero la mayor diferencia entre los reporteros de guerra que entrevisté y los mexicanos es la inmensa soledad de los segundos. Un reportero de guerra de CNN, de la BBC o de cualquier otro medio importante recibe un entrenamiento específico antes de ir a reportear. Tiene seguro de vida, seguro médico, atención psicológica si la necesita. Ese reportero ciertamente vive experiencias atroces y nunca sale ileso de su trabajo, pero por lo menos tiene apoyo de su empresa. La situación es un poco distinta con los free lancers.
“En el caso de los reporteros mexicanos que entrevistamos no hay nada de eso. Entrevistamos sobre todo a periodistas de provincia. Más o menos la mitad colabora con diversos medios, los otros trabajan de planta en algún periódico. Todos ganan salarios muy modestos.
“Realmente no tienen con quién hablar. Cuidan lo que dicen a sus familiares para no inquietarlos. No siempre pueden confiarse con sus colegas y sus jefes no tienen tiempo de atenderlos. Nadie se preocupa realmente por ellos.
“Todos los reporteros sufren, y entre los más afectados muy pocos consultan a especialistas, ya sea porque no tienen dinero para hacerlo, ya sea porque culturalmente rechazan la idea. O simplemente porque no identifican sus males. Muchos reporteros no tienen la mínima idea de lo que es el PTSD. No saben que es un mal que se puede atender y curar.”
Cuatro puntos
Al principio de la entrevista Feinstein se expresaba con voz serena. Pero cuando empieza a evocar el desasosiego de sus entrevistados mexicanos, el ritmo de su relato se acelera y su voz cambia.
“Siento una inmensa compasión –en el sentido etimológico de la palabra– hacia todos esos reporteros mexicanos que creen en la importancia de su trabajo y acaban tan duramente golpeados simplemente por intentar hacerlo bien. También me tienen impactado los que logran resistir tantas tensiones. Representan 60% de mis entrevistados. Es un auténtico récord de resiliencia. Es interesante señalar que la respuesta al estrés extremo de los reporteros y de las reporteras es más o menos la misma: traumas profundos o resiliencia”, dice.
–Radiografiar una situación es una cosa, remediarla es otra. Usted asesora a grandes grupos de comunicación. ¿Qué recomienda en el caso de México? –se le pregunta.
–Lo ideal sería solucionar de una vez por todas el problema de la violencia en México. Eso rebasa mi competencia. Pero mientras tanto, es capital tomar seriamente en cuenta el impacto de esa violencia sobre los periodistas. Cuatro puntos me parecen capitales:
“Primero: Cambiar la cultura que prevalece en los medios. Ya no se puede seguir negando que los reporteros que enfrentan situaciones extremas pueden tener graves problemas emocionales. Es preciso entender esa realidad, admitirla e integrarla a la vida de la empresa. Se debe hacer una labor didáctica con la dirección de los medios y con los reporteros, hablar del estrés postraumático y explicar qué es y cuáles son sus síntomas.
“En los últimos 10 años los grandes medios de Canadá, Estados Unidos y Europa empezaron una especie de revolución cultural: Tomaron en cuenta el PTSD. (…) Es imprescindible enfrentar estos problemas también en los medios mexicanos.”
–¿Cuál sería el segundo punto?
–Poner a disposición del periodista que lo necesite un mecanismo que le permita ser atendido con toda discreción por algún especialista. El costo de esa atención médica debe correr a cargo de la empresa.
“Tercer punto: es preciso entender de una vez por todas que un trauma no es irreversible. Un trauma se atiende y se cura. No se puede despedir a un reportero porque sufrió un choque emocional. Eso es aberrante. Hay que respaldarlo para que se recupere y pueda seguir ejerciendo su profesión.”
–¿Y el último punto?
–Tener siempre en mente los tres primeros.
Actuación de la UNESCO
Feinstein no es el único que considera a México uno de los países paradigma de la violencia mortífera contra los trabajadores de la prensa. Comparten ese enfoque casi todas las organizaciones internacionales de defensa de los periodistas. Basta hojear sus informes para constatarlo.
La UNESCO no se queda atrás. En los últimos años esa institución decidió tomar muy en serio su mandato de defender y facilitar la libertad de expresión y la libertad de prensa, y lo hace con el Programa Internacional para el Desarrollo y la Comunicación (PIDC).
Respecto al asesinato de Regina Martínez y de los tres fotógrafos veracruzanos, el viernes 4 la directora general de la UNESCO, Irina Bokova, expresó en un comunicado su alarma por la ola de asesinatos de periodistas en México y pidió una investigación urgente:
Bokova condenó “firmemente los asesinatos y pidió a las autoridades mexicanas que hagan cuanto esté en su mano para resolver estos crímenes y llevar a la justicia a sus culpables”.
“Que estos crímenes espantosos se hayan cometido en vísperas del Día Mundial de la Libertad de Prensa, fecha en la que honramos el papel vital que desempeñan los periodistas en defensa de los valores democráticos y del derecho de los ciudadanos a estar informados y para pedir a los poderosos que rindan cuentas, hace la situación aún más intolerable”, dijo Bokova.
Desde 2008 la UNESCO elabora un informe bianual exclusivamente dedicado a la seguridad de los periodistas. En ese documento se da a conocer la lista de los “países mortíferos” para los periodistas y el número de reporteros asesinados en cada uno.
En los tres informes publicados hasta ahora, México sale mal parado. En el de 2008 –que tiene información de 2006 y 2007– se incluye entre los 29 países calificados de peligrosos para los periodistas con cuatro reporteros asesinados. En el de 2010 –que abarca 2008 y 2009– la UNESCO denuncia la muerte violenta de 11. En el más reciente, que se dio a conocer el pasado 22 marzo y que corresponde a 2010 y 2011, México tiene 18 reporteros asesinados.
En el informe de 2010 ocupaba el tercer lugar de esa lista después de Filipinas (con 37 muertos) e Irak (con 15). En el de 2012 tiene el dudoso privilegio de encabezar la lista.
Tras la presentación del primer informe sobre la seguridad de los periodistas, el Consejo Intergubernamental del PIDC les pidió a los 29 Estados señalados en la lista de países peligrosos que lo mantuvieran informado del avance de las acciones judiciales para detener, juzgar y castigar a los asesinos.
En 2010 se publicaron las respuestas de los 15 Estados que aceptaron rendir cuentas. México no se dio por enterado. Ante la falta de coperación del gobierno de Calderón y de otros países, la directora de la UNESCO confió al PIDC la misión de convencerlos de la necesidad de informar.
México tuvo que obedecer. En el informe de 2012 se publica su respuesta. Asegura que fueron resueltos los casos de dos asesinatos: los de Amado Ramírez –ocurrido el 8 de abril de 2007– y Felícitas Martínez Sánchez –del 7 de abril de 2008–, pero reconoció que los otros siguen en investigación.
Pese a que no justifica esta lentitud, se vanagloria en cambio de la adopción de nuevas medidas legislativas y administrativas, como la creación de la Fiscalía Especial para la Atención de Delitos Cometidos en Contra de la Libertad de Expresión, la firma de un Convenio de Colaboración para la Implementación de Acciones de Prevención y Protección a Periodistas y la publicación, por parte de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, de una serie de medidas para prevenir ataques contra periodistas…
En cifras
En su informe bianual la UNESCO no se limita a dar cifras y estadísticas: Analiza la situación global de deterioro de la seguridad de los periodistas y el impacto negativo de la impunidad de la que gozan sus asesinos.
“El análisis de las cifras –127 periodistas asesinados entre 2010 y 2011– confirma que las víctimas no eran corresponsales internacionales de guerra sino periodistas locales que investigaban asuntos de corrupción u otras actividades ilegales en su entorno. Aparece también que numerosos ataques fueron perpetrados por policías, agentes de seguridad, milicias y actores no estatales, en particular grupos mafiosos.”
Bokova cita a Navi Pillay, alta comisionada de la ONU para los Derechos Humanos:
“Observamos que cuando se ataca a los periodistas, los gobiernos tienden a no cumplir sus obligaciones internacionales: no ordenan investigaciones sobre estos ataques y no llevan a los culpables ante los tribunales. La impunidad en caso de violación de los derechos de los periodistas mantiene un clima de miedo, aumenta la autocensura y afecta de manera nefasta la forma de trabajar de los reporteros. Es la obligación de los Estados poner un punto final a la impunidad de los ataques a los periodistas.”
La directora de la UNESCO destaca algunos casos. El primero en llamar su atención es México. Le preocupa su alto número de asesinatos y recuerda que en este país, como en el resto de América Latina, los reporteros son a menudo víctimas de la complicidad de los narcotraficantes con funcionarios corruptos.
¿Qué hacer ante ese auge de ataques violentos contra los periodistas en el mundo?
La UNESCO aboga por una mayor coordinación de todas las agencias, de todos los fondos y programas de las Naciones Unidas involucrados en la defensa de los trabajadores de la prensa, propone que el PIDC centralice todas sus iniciativas e insiste en ampliar su colaboración con todas las organizaciones no gubernamentales internacionales, regionales o locales de defensa de los periodistas.
Durante varios meses todas estas instancias se reunieron para elaborar un Plan de Acción de las Naciones Unidas sobre la Seguridad de los Periodistas y la Cuestión de la Impunidad, que fue adoptado el pasado 13 de abril por la Junta de Jefes Ejecutivos del Sistema de las Naciones Unidas, el mecanismo de coordinación del más alto nivel del sistema de la ONU.
En su introducción, el plan establece: “La seguridad de los periodistas y la lucha contra la impunidad de la que gozan quienes los matan son esenciales para preservar el derecho fundamental a la libertad de expresión, garantizado por el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
“La libertad de información es un derecho fundamental de cada individuo por el que nadie debe ser asesinado, pero es también un derecho colectivo que da poder a los pueblos al facilitar el diálogo, la participación y la democracia.(…) Es imposible que exista una sociedad informada, activa y comprometida sin libertad de expresión ni libertad de prensa.”
Y enfatiza: “La promoción de la seguridad de los periodistas y la lucha contra la impunidad no deben limitarse a actuar después de los hechos. Requieren mecanismos y acciones de prevención para enfrentar ciertas causas profundas de la violencia perpetrada contra los periodistas y erradicar la impunidad. Eso implica la necesidad de enfocar las cuestiones de la corrupción, del crimen organizado y la consolidación del Estado de derecho”.
Por otra parte el plan exhorta a los Estados a que apliquen plenamente la resolución 29, adoptada el 12 de noviembre de 1997 por la UNESCO. Ésta exige la imprescriptibilidad de los crímenes perpetrados contra los periodistas en el marco del ejercicio de su profesión y con el objetivo de limitar la libertad de expresión.
También denuncia leyes demasiado restrictivas para la libertad de prensa, en particular las leyes a menudo abusivas sobre difamación, y considera que estos delitos relevan de la justicia civil y no de la penal.
En varias oportunidades el plan de las Naciones Unidas repite que “la protección de los periodistas debe adaptarse a su situación específica”.
Recalca: “Los periodistas que trabajan sobre la corrupción y el crimen organizado están cada vez más en la mira de grupos mafiosos y de fuerzas paralelas. Es preciso impulsar iniciativas de protección adaptadas a esa realidad…”.
El Plan de las Naciones Unidas no habla, sin embargo, de qué hacer cuando policías, militares o políticos son cómplices activos o pasivos de estos crímenes o están directamente implicados en ellos.








