Antes de su debacle, Bo Xilai era un político en permanente ascenso: alcalde de Chongqing, encabezaba una facción dentro del Partido Comunista que criticaba las desigualdades sociales provocadas por la apertura capitalista. Mediante un estilo populista recurría al maoísmo para ganarse a las masas. Estaba listo para formar parte del Comité Permanente del partido. Pero todo cambió de golpe: su principal colaborador pidió asilo en el consulado de Estados Unidos y lo vinculó con actos de corrupción y con la muerte del empresario británico Neil Heywood. Ello provocó un escándalo político a seis meses de que se efectúe la renovación en la cúpula del poder en China.
BEIJING.- Bo Xilai lo tenía todo hace apenas un mes. Era un político carismático y brillante que preparaba su ingreso al máximo órgano de poder en China: el Comité Permanente del Partido Comunista. Una sucinta nota publicada el pasado 15 de marzo por la agencia de noticias oficial Xinhua lo cambió todo: anunció el cese de Bo como secretario general del partido en Chongqing, megaurbe de 30 millones de habitantes.
La razón: cometió “graves violaciones a la disciplina del partido”. Sin embargo, las autoridades lo investigan por su presunto involucramiento en actos de corrupción y su posible relación con la muerte del empresario británico Neil Heywood. De resultar culpable, Bo sería el primer alto cargo del Partido Comunista Chino (PCCh) en ser acusado de asesinato en la historia moderna de este país.
Su defenestración y los señalamientos en su contra –difundidos por la prensa china– provocaron un escándalo similar al de la detención de la Banda de los Cuatro, ocurrida poco tiempo después de la muerte de Mao Zedong en 1976. Además, los hechos ocurren seis meses antes de que el PCCh celebre en octubre su XVIII Congreso, en cuyo marco se realizará la mayor renovación en décadas de la cúpula partidista.
El origen de escándalo se remonta a la noche del pasado 6 de febrero, cuando Wang Lijun, principal colaborador de Bo y quien acaba de ser destituido como jefe de la policía de Chongqing, viajó en su auto a la ciudad de Chengdu, distante 200 kilómetros, y pidió asilo en el consulado de Estados Unidos. Argumentó que su vida corría peligro debido a que Bo –su jefe e inseparable amigo durante décadas– lo había amenazado de muerte. Desde el consulado habló a Beijing. Ofreció al gobierno central información a cambio de su seguridad.
Por la mañana agentes de la policía se agolparon en las puertas del consulado estadunidense: unos los envió Bo desde Chongqing y otros el gobierno central desde Beijing. Todos querían tener en sus manos a Wang, quien no salió hasta que tuvo la seguridad que sería llevado a la capital del país. Los agentes forcejearon. Ganaron los enviados desde Beijing. A partir de entonces Wang ha suministrado información sobre Bo y su esposa, Gu Kailai, lo que agravó el escándalo.
Wang dijo que investigaba la muerte del ciudadano británico Heywood, cuyo cuerpo fue encontrado en noviembre pasado en la habitación de un hotel en Chongqing. Se trataba de un influyente empresario conectado con el M16, la agencia del espionaje británico. Era amigo de Bo y de su esposa Gu. Ayudó para que el hijo de ambos, Bo Guagua, de 24 años, entrara a la elitista escuela británica de Harrow, antes de que éste fuera a estudiar a la Universidad de Harvard, en Estados Unidos.
El pasado 16 de abril el diario londinense Daily Telegraph publicó que Heywood ayudaba al matrimonio a enviar ingentes cantidades de dinero a sus cuentas en el exterior, y que la relación se arruinó cuando el empresario amenazó con dar a conocer estas operaciones si Bo no le pagaba los porcentajes que exigía como comisión.
Las autoridades de Chongqing explicaron que el empresario murió debido a un coma etílico… pero era abstemio. Su cuerpo fue rápidamente incinerado sin que se le practicara una autopsia fiable. Ante estos hechos, el gobierno británico exigió a Beijing una investigación a fondo.
Según Wang, cuando investigaba el caso, Bo le pidió que ocultara información y lo amenazó de muerte en caso de que no lo hiciera. Ello, afirmó, precipitó su huida nocturna al consulado estadunidense en Chengdu.
Populismo
La familia Bo sufre un infierno: Gu era envidiada por su glamour, su inglés fluido y su exitosa carrera de abogada. La prensa oficial china habla ahora de indicios sólidos sobre su participación en la muerte del inglés, y de tráfico de influencias ejercido desde su firma de abogados Kalai.
Su hijo Bo Guagua huyó sin dejar rastro de su lujosa residencia en la Universidad de Harvard. Su ritmo de vida desenfrenado era vox populi en Beijing. Blogs y sitios en internet muestran fotografías en las que aparece en antros y fiestas, rodeado de amigos y hermosas chicas. En su Ferrari rojo solía recoger en Beijing a la hija del exembajador estadunidense, Jon Huntsman.
Bo fue expulsado del Buró Político del PCCh, el órgano de 25 miembros cuyo poder sólo está por debajo del que detenta el Comité Permanente.
Bo era un político sui generis dentro de la ortodoxia del PCCh. Sabía qué decir y cómo para atraer a las masas. Sus entradas en la Asamblea Nacional Popular se asemejaban a las de una estrella pop.
Sus críticos lo calificaban de “populista”, pero la devoción que despertaba entre sus seguidores descansaba en pilares sólidos: fue un brillante ministro de Comercio de 2004 a 2007 y encabezó el delicado ingreso de China a la Organización Mundial del Comercio. Como alcalde de Dalian (1993-2000), capital de la oriental provincia de Liaoning, embelleció y modernizó esta ciudad sin que ello implicara la destrucción de su medio ambiente, como ha ocurrido en otras ciudades del país. Por el contrario, inundó la ciudad de parques y áreas verdes.
Cuando en 2007 el PCCh lo envió a Chongqing, los analistas interpretaron que el partido lo alejaba definitivamente del centro del poder. No obstante, su hiperactividad le llevó a acumular razones tanto para reclamar un regreso triunfal como para arruinarlo.
Chongqing siempre fue conocida por su vida áspera: cuestas pronunciadas, la comida más picante del país, veranos pegajosos, el zumbido de motos y una persistente nube de contaminación. Bo estableció la gratuidad en la educación para los niños menores de nueve años; plantó miles de árboles; hizo más flexible el registro que ata a los chinos a su lugar de nacimiento, e impulsó crecimiento económico de la ciudad por encima de la media nacional. Actualmente Chongqing es una de las 10 ciudades “más felices” de China, según la lista que cada año publica la agencia Xinhua con base en encuestas aplicadas a los pobladores de todas las zonas urbanas del país.
Más todavía: Bo realizó la mayor operación policiaca en la historia reciente de China que derivó en el desmantelamiento de las mafias en Chongqing. Hubo centenares de detenidos. La red de corrupción abarcaba a matones, policías, jueces, políticos y empresarios. La justicia de Chongqing dicto penas de muerte para siete personas, entre ellas Wen Qiang, exdirector del aparato judicial y exvicedirector de la policía.
Para limpiar a la ciudad de las mafias, Bo trajo de Dalian a Wang Lijun, considerado entonces como el Elliot Ness chino: un tipo duro e insobornable del que se cuenta que sus enfrentamientos con las mafias le dejaron decenas de cicatrices en el cuerpo. Wang es el mismo que ahora delató a Bo en el consulado estadunidense de Chengdu. Pero a finales de los noventa Bo recibió los aplausos de Beijing y de todo el país, que sufre la corrupción como una lacra. Hoy que está defenestrado, medios de prensa –como la cadena británica BBC– han publicado que los detenidos en los operativos policiacos sufrieron torturas y que durante sus juicios se violaron garantías procesales elementales; también afirman que Bo aprovechó estos operativos para eliminar a sus enemigos.
Neomaoísmo
Bo –de 62 años—atemorizó a muchos políticos en Beijing debido a sus iniciativas para recuperar la esencia del maoísmo: envió mensajes sms a la ciudadanía con viejos eslóganes de aquella época, saturó la programación televisiva con enmohecidas películas propagandísticas, redujo las condenas de los presos que recitaban poesías revolucionarias y llenó los parques de jóvenes y viejos que, vestidos a la usanza de los guardias rojos, cantaban himnos maoístas.
La campaña, con reminiscencias de la Revolución Cultural (1968-1978), fue aún más extraña si se atiende a su biografía. Fue hijo de Bo Yibo, uno de los “ocho padres inmortales de la Patria”, quien durante la Revolución Cultural fue purgado del partido y encarcelado durante 12 años acusado de ser “derechista” y “contrarrevolucionario”. Su madre fue asesinada a golpes por Guardias Rojos y el propio Bo pasó años en la cárcel y en campos de trabajo. Sus padres fueron reivindicados por Deng Xiaoping, arquitecto de la apertura económica china. Desde entonces la familia se erigió en un importante clan político.
El pasado 14 de marzo, durante su discurso anual ante la Asamblea Nacional Popular, el primer ministro Wen Jiabao sepultó el neomaoísmo que Bo representaba, pues urgió a acelerar las reformas políticas para evitar las turbulencias sociales de la Revolución Cultural, un periodo que traumatizó al país.
Beijing aún fomenta el culto a Mao, el padre de la patria. La historia oficial ha limpiado su nombre atribuyendo a sus colaboradores todos sus excesos. Su retrato preside la entrada de la Ciudad Prohibida y la mayoría de hogares en la China rural. Pero Beijing marcó la línea: la nostalgia se permite mientras no entorpezca el progreso.
Bo encabezaba a una facción del PCCh que se presentaba como de extrema izquierda, pero que en realidad estaba formada por un heterogéneo grupo neoconservador y ultrapatriótico de intelectuales, funcionarios y viejos miembros del partido que criticaban la corrupción y las desigualdades asociadas al capitalismo.
“No creo que Bo fuera un verdadero maoísta. Promovió ideas izquierdistas para ganarse el apoyo de la facción y aumentar su peso negociador con Beijing. Por eso también cultivó su popularidad entre la gente, porque cualquier ayuda que le ofrecieran era bien recibida. Estaba apartado y su estrategia para entrar en el Comité Permanente no fue muy brillante”, comenta en entrevista con Proceso Wen-Cheng Lin, decano de la Universidad Nacional de Sun Yat-Sen, de Taiwán.
“El apoyo popular (a Bo) demuestra la inseguridad de los que no han salido bien parados de la reforma económica y añoran los viejos tiempos. Hay semejanzas, aunque limitadas, con la sociedad rusa anterior a Putin que echaba de menos los días de la Unión Soviética”, dice por su parte Jacques de Lisle, director del Centro de Estudios del Este de Asia de la Universidad de Pensilvania.
Modelos antagónicos
Algunos objetivos de Bo, como otorgar una mayor justicia social o un reparto más justo de la riqueza, coinciden con los de Beijing, pero sus métodos iban a contrapelo de la progresiva liberalización económica del país. China anunció en marzo pasado que abriría sectores claves como los ferrocarriles, la energía y las telecomunicaciones a los inversionistas privados. A Bo se le acusó de favorecer a las empresas públicas y estrangular a las privadas.
Con la caída de Bo, el “modelo Chongqing” perdió la batalla ante el “modelo Guangdong”, la provincia manufacturera de la costa. Ambos tienen diferencias en las formas: el primero gusta del estilo populista; el segundo aboga por el trabajo serio y callado. Bo representa al primero; el viceprimer ministro Li Keqiang y el vicepresidente Xi Jinping, al segundo. Estos líderes heredarán el poder en octubre próximo.
Las diferencias también son de fondo: el modelo Guangdong confía en la inversión internacional, utiliza las ONG y la sociedad civil para suplir los servicios sociales que antes suministraba el Estado y su economía tiene fuertes vínculos con Hong Kong y el resto de Asia. Por su parte, el modelo Chongqing necesita audaces políticas fiscales, subsidios estatales y programas sociales. La receta de Bo disparó la economía y el empleo.
Los dos sistemas han funcionado, pero su aplicación fuera de sus respectivos contextos fracasaría, plantea en entrevista Lawrence Reardon, profesor de Ciencia Política de la Universidad de New Hampshire:
“Bo no intentaba resucitar la Revolución Cultural. Sólo pretendía que la gente volviera a colocar el interés nacional por encima del particular. Su lucha anticorrupción y las ayudas al pueblo fueron muy bien recibidas en Chongqing debido al descontento por las desigualdades sociales”, abunda.
La fanfarria maoísta ha desaparecido de Chongqing. Los medios de comunicación que exaltaban a Bo ahora califican su cese como “un regalo”. Las conferencias de los izquierdistas han sido canceladas y sus sitios en internet que calificaron la destitución como un “golpe de Estado antirrevolucionario” sufren cortes continuos.
Parece improbable que los neomaoístas se recuperen antes del XVIII Congreso del PCCh que se realizará en otoño y que implicará la renovación de siete de sus nueve integrantes. Es más difícil adivinar si han sido aplastados definitivamente o si resurgirán con un nuevo líder. “Su presencia ha menguado desde la apertura económica. Intentaron en vano regresar al poder después de la matanza de Tiananmén de 1989. Quizá tengan su momento si el descontento social aumenta en el futuro”, apunta Wen-Cheng.
¿Es Bo un arribista o un defensor de los desfavorecidos? ¿Un corrupto y asesino o una víctima de las guerras intestinas de poder?
El precedente está en Shanghái: Chen Liangyu, líder del partido en esa ciudad, fue encarcelado en 2006 por malversar un tercio de los fondos de la seguridad social. No hubo objeciones sobre la veracidad del delito, pero los analistas se preguntaron: ¿Se le habría purgado de no haber integrado el clan del expresidente Jiang Zemin, opuesto al actual gobierno de Hu Jintao?
“Bo acumula más riqueza de la que pudo conseguir por vías legítimas, pero eso se puede decir de muchos líderes chinos. Su cese fue político”, expone De Lisle.
“La muerte de Heywood y la visita de Wang al consulado estadunidense provocaron un escándalo internacional. Beijing estaba ya enfadado con su campaña maoísta y muchos se alegraron con su caída. Pero el daño se lo hizo Bo a sí mismo”, añade Reardon.
“Bo es notoriamente corrupto, pero fue purgado porque sus ambiciones políticas amenazaron a otros líderes; era demasiado ambicioso, carecía del espíritu de equipo y desafiaba el liderazgo de Hu Jintao”, precisa Wen-Cheng.








