El futuro del pasado

A la ministra Olga Sánchez Cordero,
promotora incansable de los derechos de equidad de género.

En este interregno de guerra y de conflagración, las reflexiones de paz sobre Cercano y Medio Oriente se hacen cada vez más frecuentes y necesarias; lo son desde diferentes perspectivas y una de las más sensibles es sin duda la de la preservación de su patrimonio cultural.
La zozobra por la conservación de este patrimonio en la región dista mucho de ser un problema actual y tuvo en su inicio motivaciones esencialmente religiosas, que aún se observan en gran medida en esa parte del mundo. Los primeros registros apuntan al último rey neobabilónico Nabódino (556-539 a. C.), quien organizó el primer rescate del pasado al realizar exploraciones arqueológicas para reconstruir el templo dedicado al dios Shamash, en la antigua ciudad de Larsa, erigido por el rey Hamurabi. Con esta restauración minuciosa, Nabódino trató de asociar su imagen a la grandeza de Hamurabi.
Siglos más tarde, en el inicio de la arqueología bíblica, Fluvia Iulia Elena, Santa Elena (Drépano hacia 250-Roma 329 d.c.), venerada en las religiones ortodoxa y católica, emperatriz romana y madre del emperador Constantino, organizó las primeras exploraciones de los sitios bíblicos, singularmente en donde tuvieron lugar la Natividad y la Crucifixión. La consecuencia fue clara: la emergencia de la cultura católica de los vestigios sacros. En esa forma apareció parte de la verdadera cruz, fragmentos de la corona de espinas de Cristo y ornamentos de personalidades bíblicas, entre otros muchos. Santa Elena se convirtió en la santa patrona de los arqueólogos.

El escenario

A la caída del Imperio Otomano después de la Primera Guerra Mundial, los países árabes de la región transitaron del vasallaje otomano (Siria, Líbano, Jordania, Palestina e Irak) al control francés o británico, a través de la figura del mandato por parte de la Sociedad de Naciones, con fuertes connotaciones coloniales, lo que resultó fundamental en la formación de la memoria colectiva en el Cercano y Medio Oriente. Las prospecciones arqueológicas fueron una consecuencia natural.
Es clara la diferencia entre los países con tradición colonial y los que tienen un pasado imperial (Turquía e Irán). En las ediciones 1842 y 1846 de Proceso ya se analizaron las catástrofes culturales de Irak y de Afganistán. Es el caso ahora de trazar el balance y destacar la trascendencia del legado cultural, expuesto como nunca a la amenaza de conflagraciones.

Del pasado colonial…

En Siria, concomitantemente a sus trabajos arqueológicos, los franceses Paul Perdrizet y Henri Seyrig lograron organizar un servicio civil de antigüedades, a cargo de éste último, que precede en mucho a los europeos. La creación de museos en ese país fue correlativa a la exploración de sitios y nuevos descubrimientos, como los del Palacio Real de la ciudad porteña de Ugarit (actualmente Ras Shamra) y del templo de Isthar en la antigua Mari (actualmente Tell Hariri,), destruida en su época por Hamurabi. En el mismo territorio interactuaron culturas que serían el sedimento de la tradición judeo-cristiana. En esa forma, en Dura Europos, Siria, alternaron la sinagoga más antigua fuera de Israel (256 d. C.) y una capilla paleo-cristiana.
Otros museos de antigüedades se multiplicaron en Alepo, ciudad donde se encuentra la Mezquita Omeya y su castillo, y en Damasco, que sobresale por la Gran Mezquita Ummayad y la Capilla cristiana de Ananías. Una acción más para proteger el patrimonio cultural sirio fue el desalojo de la antigua ciudad romana de Palmira. Ahora el Crack de los Caballeros se ha visto en peligro por la guerra civil.
En Líbano las exploraciones arqueológicas de la antigua ciudad fenicia de Biblos, renombrada por su castillo de cruzados y de Heliópolis (actualmente Baalbek), conocida por sus templos de los siglos I al III d. C., resultaron fundamentales en los estudios de la arqueología.
Levante bien puede ser considerada una de las regiones de mayor riqueza de bienes culturales y una referencia obligada para la comprensión de la cultura judeo-cristiana. Por ello no es de extrañar que los descubrimientos arqueológicos en la zona hayan suscitado toda clase de controversias. La llamada “arqueología bíblica” ha originado intensos debates cuando se ha empleado con propósitos religiosos y políticos.
Particularmente el caso de Palestina presenta una gran complejidad porque ahí convergen diferentes religiones que la consideran Tierra Santa, a diferencia de otras partes de Levante. En esta región la “arqueología bíblica”, donde se han involucrado las tres religiones –judía, islámica y cristiana– ha cobrado gran vigor y ha contribuido en mucho a una lectura apologética o fundamentalista de la Biblia. Pero es la interculturalidad la que puede explicar cómo la sinagoga Beit Alfam, en el Valle Beit Shean, contiene magníficos mosaicos que reflejan la cultura prevaleciente en la época.
La “arqueología bíblica” cobró en el Levante una importancia capital, ya que se ha empleado, entre otros, como un vehículo natural para construir la identidad nacional de Israel. Son múltiples los sitios bíblicos: el parque nacional de Beth She’an, donde se localiza la ciudad clásica de Escitópolis; el puerto de Cesárea, fundado por Herodes El Grande; Beit Guvrin, renombrada por los mosaicos de Séforis, y Qumrán, vinculada con los rollos del Mar Muerto, entre otros.
Algunos descubrimientos de finales del siglo XX han aportado nuevos elementos de análisis que modifican o alteran las interpretaciones bíblicas, como la famosa estela de Tel Dan, que menciona la Casa de David, en referencia específica al reino de Judea, y que confirma el hecho de que desde fines del siglo IX a. C. el Rey David estuvo vinculado al Reino del Sur. Uno de los descubrimientos que reviste particular importancia es el de Masada, que representa simultáneamente un símbolo del heroico sacrificio del pueblo judío y su determinación frente a la adversidad, expresado en forma excelsa en el poema del ucraniano Yitzhak Lamdan, a inicios de los años veinte del siglo pasado y que inspiró el levantamiento en contra del pogromo del Gueto de Varsovia.
El punto relevante en Transjordania, actualmente el Reino Hachemita de Jordania, se inicia con el descubrimiento que hiciera por azar la tribu Bani Hamideh de la piedra Moabita del siglo IX a. C. (Estela de Mesha), que resulta ser, al margen de los textos bíblicos, la inscripción más extensa en existencia y que corresponde a la narrativa del Reino de Moab (la Casa de Omri) de la antigua Israel y del Rey Mesha. Dicha estela, situada en Dibón (actualmente Dhiban), se agrega a otros sitios arqueológicos islámicos de relevancia: Petra, asiento de la civilización nabatea; Jerash, llamada “la Pompeya asiática”, y Amman. Estos lugares emblemáticos están vinculados con el tribalismo existente en Jordania (los nabateos) o con el periodo hegemónico islámico (Kayak Ayyubid y el castillo mameluco de Kerak o con las asociaciones bíblicas cristianas como es el lugar del bautizo de Cristo.

…al pasado imperial

Las culturas turca e iraní están dominadas por su pasado imperial. Se ha querido sostener que el Islam ha permanecido indiferente frente al legado histórico preislámico, lo que resulta ser toda una impropiedad. Este aserto encuentra su fundamento en el yahiliya, que el Islam considera como una época de apostasía y que se significa por ser un periodo oscuro antes de la revelación del Corán al profeta Mahoma. Existen abundantes muestras que evidencian este equívoco. En este orden, al arqueólogo otomano Osman Hamdi Bey se le debe el acopio de los sarcófagos que fueron hallados por azar al noreste del puerto de Sidón, en tumbas rupestres rebosadas de ellos. Estos sarcófagos, entre los que se encontraban el del rey fenicio Tabnit II, el atribuido a Alejandro Magno y el de las Plañideras, fueron trasladados por los otomanos a Estambul. La ironía es que esta necrópolis fue transformada en una construcción rudimentaria, que terminó siendo destruida por un jardinero de Saida, Líbano.
Turquía reivindica como su estirpe a Troya y al reino hitita. Al margen de cualquier controversia sobre el particular, esto ha fomentado las exploraciones de la antigua Hattusa (actualmente Bogazköy, Turquía), capital de imperio hitita. Sitios romanos de la importancia de Zeugma, situada al margen del río Éufrates y famosa por sus mosaicos, han merecido un énfasis particular del estado turco. El claroscuro lo constituye la virtual marginalización de ciudades como Ani, antigua capital medieval del reino de Armenia, hoy totalmente abandonada.
El legado cultural de Irán no ha estado exento de vicisitudes en su protección. Las exploraciones arqueológicas en Susa aportaron a Occidente piezas de enorme valía. La estela que conmemora la victoria de Naram-Sin, rey de los semitas en el imperio acadio, sobre el pueblo de la montaña Lullubi, es uno de los puntos culminantes de la cultura acadia (2350 a. C.); descubierta a inicios del siglo pasado por el francés Jacques de Morgan, forma parte ahora de la colección del Museo del Louvre. El pillaje ha sido incesante: las antigüedades provenientes de Lorestán, al sur de los Montes Zagros, altamente cotizadas, circulan con absoluta impunidad en el mercado negro y forman parte ahora de colecciones privadas.
Occidente no ha reparado sólo en el pillaje, sino que ha mostrado poco escrúpulo en cuanto al respeto de la cultura islámica. Baste con recordar los bombardeos franceses en el siglo pasado contra el centro histórico de Damasco y de Alepo, Siria, en donde el palacio Adhem sufrió severos daños.

El teatro de los significados múltiples

El teatro moderno superó la dicotomía tradicional entre el escenario y la audiencia. El lector de un texto de arqueología es un espectador en un teatro que contempla la escena; se le invita a constituirse en parte del significado del texto a través de la adopción de un nuevo estilo narrativo. El sitio arqueológico se convierte en un foro teatral de significados múltiples sin fronteras, o bien provisto de otras más, que están abiertas a la discusión y al debate.
Resulta singular que en las exploraciones arqueológicas en Israel se hayan privilegiado las tumbas de rabinos venerables, como vehículos de identidad nacional, por sobre otras exploraciones, lo que no deja de resultar extraño para Occidente. No debería serlo si se atiende al hecho de que la sacralidad de las tumbas es una expresión de los valores de una comunidad específica. De forma más general, resulta comprensible que en la región la creación de la memoria colectiva encuentre su eje en el legado de los hasmoneos y no en la cultura helénica. Visto así, la arqueología resulta ser un instrumento de acción social que puede galvanizar mejor los intereses comunitarios y de identidad.
No debe soslayarse, empero, que en el Cercano y el Medio Oriente convergen diferentes comunidades caracterizadas por un marcado sentimiento religioso, lo que debería obligar al desarrollo de una perspectiva multivocal que, a su vez, condujera a un significado plural e incluyente del pasado. El análisis interpretativo en la arqueología bíblica revela el vínculo íntimo entre las instituciones religiosas tradicionales y las identidades nacionales en conflicto perenne.

Un canon de voces múltiples

Uno de los proyectos de mayor aliento es la prospección de los sitios Akko, AlJib/Gibeon y Beitin/Bethel, que lleva a cabo la Universidad de Haifa y la Asociación Palestina de Intercambio Cultural y mediante el cual se pretende destacar el legado cultural común de Israel y Palestina. Gibeon y Bethel son comunidades palestinas y en ambas se encuentran sitios bíblicos de la mayor importancia para judíos, cristianos y musulmanes. La antigua ciudad de Akko se remonta a periodos bíblicos que comprenden los últimos tres milenios anteriores a Cristo, y es uno de los sitios de las Cruzadas mejor preservados.
Resulta a toda luz evidente que el multivocalismo de la memoria colectiva y la tolerancia no han sido culturalmente aceptados en la región. Sin embargo, se ha sostenido con razón que ninguna reconciliación entre Palestina e Israel será viable si no es a través de las experiencias compartidas desde cada una de sus perspectivas. Por más incauto que pudiera parecer, la única opción es suprimir la narrativa monolítica, exclusiva y nacionalista, a fin de sustantivar otra narrativa metanacional.
Todo análisis arqueológico devela y revela las tensiones, no en pocas ocasiones turbulentas, entre el texto, el artefacto y la memoria. La arqueología es una investigación interpretativa que vertebra diferentes narrativas. Toda declaración arqueológica resulta ser una declaración de identidad. Pero todo análisis tiene que tener igualmente como premisa el respeto a las tradiciones culturales y debe desarrollarse en términos de la especificidad histórica de las circunstancias de cada comunidad, en donde la construcción de su pasado nacional no se haga a expensas de otra comunidad.
La gran interrogante es si en caso de una conflagración los Estados nacionales de la región ajustarán sus conductas al ius belli y enfrentarán el desafío de preservar este legado trascendente para el conocimiento universal.

* Doctor en derecho por la Universidad de Panthéon Assas.