Evocaciones sobre Guillermo Fernández, poeta y traductor

Un íntimo círculo de compañeros de pluma, discípulos y familiares despidió la mañana del martes 3 al poeta, traductor y tallerista jalisciense Guillermo Fernández García, cuya existencia le fuera arrancada violentamente el sábado 31 de marzo en su casa de la capital mexiquense.
Fernández había nacido en Guadalajara el 2 de octubre de 1932, si bien el Diccionario de Escritores Mexicanos Siglo XX (UNAM, 1992) registra el año de 1934. Durante su funeral en la Casa de Cultura de Toluca donde Fernández impartía el taller poético “Joel Piedra”, el director del Instituto Mexiquense de Cultura, Edgar Alonso Hernández Muñoz, exigió “a las autoridades competentes emprender todas las investigaciones correspondientes” para aclarar su asesinato.
El poeta y periodista Rafael Vargas Escalante, colaborador de Proceso, recordó su amistad con Guillermo Fernández a partir del Taller de Poesía Sintética, en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM, que dirigía el narrador Gustavo Sainz de 1975 a 1980:
“Sainz nos lo presentó en 1975 a los doce cuates que hacíamos el taller con Arturo Trejo Villafuerte en C.U. Guillermo Fernández nos llevaba veintitantos años y era muy generoso con la juventud porque no todo mundo tiene simpatía por los poetas jóvenes, se necesita un gran sentido de la generosidad. Yo tenía la confianza de llegar a su casa en la colonia Roma, en la calle de Chiapas, y decirle: ‘Mira, acabo de escribir estos poemas, échale una leída a ver qué opinas’. O simplemente compraba un libro y te lo obsequiaba.”
Menciona su selección de poemas Antología Poética de Carlos Pellicer que en 1969 publicó el Fondo de Cultura Económica (“que desgraciadamente ya no circula”), con su prólogo “Todo será posible menos llamarse Carlos”:
“Era un puente, te acercaba a poetas como Pellicer o José Carlos Becerra, nos contaba anécdotas de Luis Cernuda, quien puede haber sido al que él más admiró, él fue una de las pocas personas presente en el velorio tan solitario de Cernuda, recuerdo que nos decía.”
Destaca sus traducciones del italiano para los cuadernos de Difusión Cultural de la UNAM, a mediados de los años setentas (“siendo uno de los traductores señeros de Pier Paolo Pasolini”, o de Cesare Pavese, “otro de los poetas de quien estuvo absolutamente enamorado”, y “el primer traductor al español de Valerio Magrelli en 4 poetas jóvenes italianos”, en Material de lectura núm. 72). Mariano Flores Castro le presentó una Antología de Guillermo Fernández como autor que “todo lo dice, todo lo recoge como si se tratara de joyas ardientes” (Material de Lectura 89).
“Se convirtió en un adalid de la poesía italiana para mi generación. Su trabajo como traductor le apasionaba tanto como su obra creativa, hombre muy modesto en el mejor sentido, discreto, y de gran vocación magisterial. Nadie merece morir así, menos una persona de paz y de bien como Guillermo Fernández.”
La revista Luvina le dedicará en junio un número especial, anunció Silvia Eugenia Castillero, directora de dicha publicación en la Universidad de Guadalajara.

Pasión por Italia

Entre los que acompañaron en su adiós a Fernández estuvo el poeta Vicente Quirarte, quien a solicitud de Proceso envió la siguiente evocación sobre el creador de Exutorio. Poesía reunida 1964-2003 (Fondo de Cultura Económica):
“Interrogado por unos diputados sobre el motivo que lo había llevado a instalarse en Toluca, el poeta Guillermo Fernández, siempre mordaz, tajante y provocador, respondió: ‘Porque me recuerda a Florencia’. ‘¿En verdad?”, respondieron, halagados. ‘Sí, porque Florencia es uniformemente bella y Toluca, uniformemente horrible”.
Lo mejor de una ciudad es su gente, y Guillermo supo encontrar a su familia por elección en tierra mexiquense. Tal vez por eso el dolor de su entierro en el panteón municipal de esa ciudad fue aliviado por la enorme cantidad de gente que allí estuvo, por los espontáneos que leyeron poemas para despedirlo en su velorio previo, que tuvo lugar en el espacio donde impartía su taller.
Él, que se decía misógino pero que una vez aceptada una mujer en sus afectos la amaba sin condiciones, tuvo en poetas y periodistas a sus más auténticas lloradoras. Sus huérfanos, los integrantes del taller de poesía, se organizaron para pagar su funeral. Ante su tumba le prometieron que dentro de siete años, cuando sea posible exhumarlo, se cumplirá su voluntad: ser cremado y que sus cenizas sean dispersadas en el Nevado de Toluca, su espacio predilecto de peregrinación, el cual mostraba con orgullo a los visitantes como si fuera de su propiedad, porque era de su propiedad. Callado, blanco y flotante, el volcán fue testigo, al fondo del cementerio, del compromiso que la poeta Blanca Ocampo formuló en voz alta: “Ya falta poco, Guillermo”.
El lugar común dice que cuando un escritor desaparece quedan sus palabras para siempre. Nadie como él trajo a nuestra lengua el genio de Italia en todos los tiempos y géneros literarios. El propio Guillermo sabía, con Luis Cernuda, que “para el poeta la muerte es la victoria”. Sin embargo, quienes tanto recibimos de él extrañaremos sus regaños, su intransigencia, su implacable sentido del humor, sus pastas que en algunas ocasiones parecían preparadas por los dioses; su temible y amable “vamos a casa, gordo”, lo cual preludiaba conversaciones hasta el alba donde sin proponérselo, Guillermo Fernández daba su magisterio de amor, vida y poesía, y la necesidad de serles fiel, aunque esa lealtad nos costara la existencia.