De la calle

Esta semana se estrenó De la calle (México, 2001), ópera prima de Gerardo Tort, una cinta esperada  aun antes de que fuera premiada  en el pasado Festival de Guadalajara.

En un momento de propuestas de cambio y reivindicaciones sociales, el tema sobre los niños de la calle que el dramaturgo Jesús González Dávila exploró en una obra convertida en un magno espectáculo teatral por Julio Castillo, representaba un verdadero reto.

¿Cómo enfrentarlo sin recurrir al chantaje melodramático, ni al insufrible regodeo en el tremendismo?

Gerardo Tort, entrenado en la dirección de comerciales al igual que Alejandro González Iñárritu (Amores perros), decidió hacer la película desde el primer contacto que tuvo con el texto original. El guión, adaptación de Mariana Stavehagen, busca traducir a imágenes la propuesta demasiado negra –y teatral- de González Dávila. A diferencia de Crónica de un desayuno, adaptada también de otra de sus obras, De la Calle logra escapar de la teatralidad, lo cual permite un juego mayor de imágenes y situaciones puramente cinematográficas que apuntan a la tragedia como la rueda de la fortuna de un parque de diversiones al principio y al final de la película.

Rufino (Luis Fernando Peña) es un adolescente, hijo de la calle, que vive en las alcantarillas y trabaja como cargador en las carnicerías del barrio de La Merced, además de tenérselas que ver con traficantes de drogas y judiciales. Cuando se entera, por boca de un viejo teporocho que hace las veces de coro trágico, de que su padre vive aún, decide encontrarlo a pesar de la advertencia de todos cuantos saben vagamente de su paradero. Una constelación de personajes marginados, ángeles y demonios, tintinea en el universo de Rufino, como el tuvo judicial (Mario Zaragoza) que lo persigue para vengarse, o Xóchitl (Maya Zapata), la encantadora novia con la que sueña escapar a Veracruz, sublime y maternal personaje de Dostoiesvki.

Al abordar el tema de esta película dirigida por Gerardo Tort, parece inevitable referirse a Los olvidados de Buñuel y a La vendedora de rosas del colombiano Héctor Gavira, dos hitos latinoamericanos, en escala diferente por supuesto. Uno por que se atrevió a acercarse a una realidad social hasta entonces idealizada en el melodrama mexicano, y otro por su enfoque documental que se vale de personajes realidades de la calle. Referencias obvias e inevitables, pero puntos de partida solamente, pues De la calle sobrevive la tentación de formular la moral frente a una dimensión urbana que logra, en la película existir por sí misma, como la fatalidad, y deja en la conciencia del espectador el trabajo de sacar sus propias conclusiones.

Sólo en un momento, cuando un tragafuegos le pide dinero a una elegante y guapa mujer a bordo de un lujoso automóvil, se vislumbra el reclamo a una sociedad indiferente; curva engañosa, porque la escena se desliza al morbo erótico. El escenario de esas vecindades y alcantarillas hacen pensar en un universo impenetrable, cuyas leyes internas subsisten más allá de cualquier discurso social; se admira el uso de la cámara que rehúye el voyeurismo y la crítica se coloca como testigo, participando de lo mejor en la cinta: la intensa carga afectiva, casi maternal, que se deja sentir aún en lo más hondo de la miseria.

La cámara entra al túnel de la alcantarilla, no como a un sitio infestado de ratas, sino con respeto, porque ahí hay seres humanos que duermen.

El guión de Marina Staehagen, que enfatiza la historia amorosa y atenúa la sordidez de la propuesta original del dramaturgo, agrega una mirada maternal que si bien no puede rescatar a los personajes del padre como destino, o como falta de destino, por lo menos intenta consolarlos.