Ximena Ortúzar
BUENOS AIRES.- Un empresario petrolero argentino decidido a hacer la América en Asia Central inició en los años noventa las negociaciones respectivas para construir un gasoducto que pasaría a lo largo de Afganistán, con un costo de 2 mil a 500 millones de dólares.
El empresario: Carlos Bulgheroni. Sus interlocutores: autoridades de Turkmenistán, Pakistán y Afganistán. Entre estos últimos, los talibanes.
El proyecto estaba en marcha y con muchas posibilidades de éxito, pero se atravesó un competidor: la empresa estadunidense Unocal.
Ese escollo resultó superable, mediante la vía judicial y el apoyo talibán. Sin embargo, la irrupción en el escenario afgano de un nuevo y omnipresente personaje hizo inviable el sueño de Bulgheroni.
Ese personaje fue Osama Bin Laden.
Carlos Bulgheroni, presidente de la empresa petrolera argentina Bridas, supo por el jefe de exploraciones de su compañía, Glen Nell, que existía una gigantesca reserva de gas y petróleo en Afganistán.
Sus expertos le aseguraron que invertir allí sería un negocio redondo. Se requería la construcción de un gasoducto que uniera Turkmenistán, que limita por el norte con Afganistán.
Sus expertos le aseguraron que invertir allí sería un negocio redondo. Se requería la construcción de un gasoducto que uniera Turkmenistán con Pakistán, donde se comercializaría el petróleo. El gasoducto debía atravesar necesariamente la zona montañosa afgana: mediría 492 kilómetros.
Bulgheroni inició sus contactos. Habló primero con el presidente Niazov, de Turkmenistán. Y lo convención para que autorizara la empresa. Hizo lo propio, viajó a Afganistán, donde no tenía otro contacto que el cónsul paquistaní.
Las negociaciones en este país resultaron complicadas, porque eran múltiples. Había que hablar con representantes de diversos sectores –algunos en conflicto entre sí-: el entonces presidente Rabbani y el comandante Massud del gobierno central, de una parte, y los talibanes en el sur, de otra.
Teniendo como interlocutor al gobernador de Kandahar –antigua capital afgana convertida en centro comercial-, Bulgheroni entró en contacto con representantes de todas las tribus, con la sola excepción de los grupos más radicales.
La periodista María Laura Avignolo, corresponsal en Londres del diario argentino Clarín, afirma que durante las negociaciones Bulgheroni “se encontró una sola vez con el mulláh Omar, líder máximo de los talibanes, protector y suegro de Osama Bin Laden”.
La opinión de Omar resultó decisiva para los planes de Bridas.
Como fruto de las negociaciones del empresario argentino, Bridas se convirtió en la primera empresa occidental instalada en Kabul, capital afgana, con un equipo de empleados argentinos, afganos y turcomanos.
“En 1995, Bulgheroni ya había enterrado 220 millones de dólares en sus campamentos de Turkmenistán” señala Norma Nethe, periodista especializa en energía, colaboradora de Clarín.
Bulgheroni estableció su primer asentamiento en Yashlar, yacimiento de gas ubicado en la frontera con Afganistán. Siguieron otros. La cabecera de operaciones era Keimir, sobre el mar Caspio, lugar al que Bridas llegaba en un avión monomotor Antonov-2 de la Segunda Guerra, alquilado al gobierno turcomano.
Formaban el equipo del empresario petrolero en ese país 35 directivos argentinos y 20 de otras nacionalidades, además de ocho arquitectos.
“En media docena de años, los campamentos dieron trabajo a 900 personas, incluyendo a 200 argentinos. Éstos como mínimo duplicaban el sueldo, pero duraban muy poco. Aunque no gastaban nada (Bridas tenía un hotel y un chef para las cuatro comidas diarias) el problema, decían, era el humor impredecible de su jefe”, indica Nethe.
Bulgheroni no dejó nada al azar. Parte de su plan fue reforzar vínculos personales y crear confianza entre su empresa y sus virtuales socios. Así, en 1977 invitó a Argentina al ministro de Minas talibán Ahmad Jan.
El invitado había sido un exitoso vendedor de alfombras orientales en Kabul. Con los cambios políticos, tras 40 años de guerra, agregó a su vocación religiosa la vocación política.
Bulgheroni no sólo agasajó a Ahmad Jan y a su delegación en Buenos Aires, también los llevó a conocer las instalaciones de la empresa en el sur argentino. Posteriormente, Bulgheroni fue anfitrión de los mismos huéspedes en Texas, donde funcionaba una filial de su empresa.
El resultado fue óptimo: logró el apoyo talibán para un contrato de derechos de tránsito por territorio afgano, que Bridas pagaría al gobierno central y luego a las municipalidades afganas y sus respectivas tribus.
Todo parecía resulto. Sin embargo…
Fin de la quimera
La empresa petrolera texana Unocal decidió salir al paso de los proyectos de Bulgheroni y competir con él.
Unocal tenía el respaldo del gobierno estadunidense. Y ése era un elementote peso en Afganistán, porque Estados Unidos apoyó generosamente a los mujadines islámicos que resistieron a la invasión soviética: los entrenaron, los financiaron y los armaron.
Bridas reaccionó de inmediato y demandó judicialmente a Unocal por “obstrucción de negocios”.
Entre tanto, Bulgheroni logró el mayor de sus triunfos en la lucha por su empresa petrolera en la zona: el mulláh Omar dijo la palabra decisiva y el contrato por derechos de tránsito fue exclusivo para Bridas.
El proyecto siguió adelante. Pero a finales de 1998, las negociaciones con el nuevo gobierno de Turkmenistán y con autoridades de Arabia Saudita se estancaron.
“Con diplomacia, el empresario argentino sostiene hoy que un ‘cóctel de tráfico de drogas y terrorismo ‘frustró el gasoducto”, señala María Laura Avignolo, quien lo entrevistó en Europa.
En 1999, Osama Bin Laden estaba ya instalado en Afganistán y el entrenamiento de internacionalistas islámicos en las zonas rurales amentaba notablemente.
Carlos Bulgheroni nunca vio a Bin Laden, pero asegura que la influencia de éste era evidente en muchos aspectos de la vida de Afganistán. El empresario dice que no sintió que su seguridad estuviera en riesgo. Pero el nuevo escenario político de Afganistán hacía inviable su permanencia del país.
Bulgheroni cerró sus oficinas en Kabul y trasladó a todos sus empleados a Turkmenistán. Él, en tanto, tomó otro rumbo.
La quimera en Asia Central se desvanecía. Pero Bulgheroni había tomado sus providencias: en 1997, aceptó la fusión de Bridas con la empresa estadunidense Amoco. Hoy pertenece a la British Petroleum.
La transacción le redituó a Bulgheroni 400 millones de dólares.
Cuando la construcción del gasoducto estuvo definitivamente cancelada, Bulgheroni inició acciones judiciales en contra de Turkmenistán.








