A la memoria de los asesinados el 11 de septiembre; a la memoria de Adina, asesinada por otros imbéciles en Cuernavaca
Siempre me ha impresionado que en plena euforia industrial y moderna de siglo XIX haya aparecido escritores profetas, incomprendidos en su época, que anunciaban tiempos de catástrofes. Joseph de Maistre y sus teorías sobre la guerra; Ernest Hello, Huysman y León Bloy (“ese hombre –escribía Charles Moeller- que no podemos amar, pero que es imposible no encontrar en todas las encrucijadas de los caminos espirituales de nuestro tiempo”) anunciaron una renovación espiritual que saldría de una serie de catástrofes mundiales y nacionales.
La renovación. Después de los horrores de la primera y segunda guerras mundiales, de l Shoa, de Hiroshima y Nagasaki, de los gulags soviéticos y de Vietnam- se dio en la conciencia de los hombres y en lo mejor de sus sociedades. Sin embargo, al igual que sucedió con la época que va de Augusto a Alejandro Severo (235 d.C.), en la que el mayor desarrollo de la ciencia del derecho coincidió también con la más implacable tiranía, en la nuestra, la conciencia espiritual alcanzada por la humanidad, en relación con la dignidad del hombre, coincide también con la de los más espantosos crímenes. En este sentido, de todos los escritores que he nombrado es quizá Rimbaud, un poeta,, el que definió mejor la época que nos aguardaba: “el tiempo de los asesinos”.
Hoy en día, las formas del crimen se han refinado. Ya no se mata en nombre de las abstracciones de la historia, como sucedió con las ideologías históricas que nacieron de la revolución de 1789; hoy se mata en nombre del mercado, de la justicia o de la gratuidad. La época de los derechos humanos, de la unidad de los pueblos, del respeto a la diferencia, de las democracias, es la misma en la que las políticas económicas están matando de hambre a tres cuartas partes de la humanidad y de agotamiento a los ecosistemas de la naturaleza, la misma que, en nombre del mercado, arrasa con la diversidad de las culturas y de sus memorias históricas; es la misma que consintió las dictaduras militaras de Chile y Argentina y cerró los ojos a años de persecución, tortura y asesinatos sistemáticos; es la misma que produjo la limpieza étnica en Bosnia y las guerras fraticidas en la destruida Unión Soviética y en Palestina; la misma que justificó los bombardeos a Bagdad durante la guerra del Golfo Pérsico y el uso de armas biológicas sobre el ejército iraquí; la misma en la que el terrorismo islámico, en un afán imbécil de venganza, lanzó aviones civiles como misiles sobre edificios donde laboraban hombres y mujeres inocentes; la misma en la que seres anónimos y destruidos en sus raíces humanas por la civilización del confort, del valor económico y de la exaltación de la violencia televisiva secuestran o entran embozados en las casa para violar, humillar y asesinar; la misma en la que fanáticos extremistas profanando el nombre de Alá, corrompen en campos militares el alma de sus niños para convertirlos en asesinos y guerreros; es la época de las polarizaciones, en a que quienes odian a Estados Unidos aplauden eufóricos lo que en nombre de lo humano –es decir, de todos los inocentes que fueron asesinados por los ataques terroristas del 11 de septiembre- debe producir indignación y repudio; y en la que el presidente Bush, en un gesto digno de los peores comics y de las peores películas de violencia que produce Hollywood, pudo decir que a partir de ese momento empezó la primera guerra del siglo XXI de los buenos contra los malos; en síntesis, es, como bien lo definió Rimbaud, “el tiempo de los asesinos” y de la justicia bárbara del crimen gratuito y del “ojo por ojo”.
Cada día, en medio de un mundo de hermosas ideas sobre lo humano, también nos vamos haciendo a la idea de que una mañana aparecerá alguien que en nombre de una justicia abstracta irrumpirá en nuestras vidas para privarnos de la libertad, de nuestra existencia o de nuestras familias.
Frente a esos sucesos nadie parece ser responsable y si alguien lo es, es siempre el vecino. Si se bombardeó Bagdad, es por culpa, dice la derecha, de la política tiránica de Sadam Husseim; si se destruyeron las torres gemelas y junto con ellas a cientos de inocentes, es por culpa, dice la izquierda, de la política internacional norteamericana, del Banco Mundial y de la globalización; si Israel se expande sobre territorio palestino, es, dicen las buenas conciencias del mundo liberal, por una medida de defensa frente al acoso árabe; si los palestinos contestan con actos terroristas, es, dicen la izquierda y los grupos islámicos, consecuencia de la política de dominio judío y de los intereses de las grandes potencias en el Medio Oriente. Así que no es culpa de nadie y es culpa de todos.
Sin embargo, a las mujeres que han sido violadas en Bosnia o que les fueron arranados sus hijos de los brazos mientras eran asesinadas, a los soldados que sobrevivieron ala guerra del Golfo Pérsico y que padecen hoy los efectos de las armas biológicas que se usaron sobre ellos, a los hombres, a las mujeres, a los niños que fueron llevados a la muerte durante los actos terroristas del 11 de septiembre; a los que han logrado escapar de las depuraciones étnicas y viven como perros en los países que los han asilado; a los que viven en la miseria a causa de los ajustes económicos de la globalización; a las familias que ven morir a sus hijos porque no pueden adquirir un antibiótico que los salvaría, a quienes tienen que soportar temblando de dentro de nuestras pacificas ciudades (como la de México y Cuernavaca) seres anónimos entren en sus casa y violen y asesinen a sus hijas y a sus mujeres; a quienes se les ha hablado de una tierra digna y fraterna donde nadie los humillará, a todos esos, en realidad se les golpea, porque los asuntos de sus genios políticos, religiosos y financieros han arreglado sus intereses de tal forma que no ha habido más remedio que golpearlos. Porque los que imperan no es el prójimo, sino las abstracciones, que dicen los expertos, salvarán un día lo humano y que producen a los asesinos.
Mi razonamiento es pesimista. No lo niego. Un mundo que es incapaz de dar a los hombres concretos una esperanza humana, es un mundo demoniaco. Sin embargo, si soy pesimista en cuanto a quines llevan los destinos de las naciones, soy optimista en cuanto a Dios. Junto al tiempo y a la raza de los asesinos, existe otra raza de hombres, la de aquellos que, en medio de las peores tinieblas, contra la desesperanza humana y las abstracciones de los poderosos, salen día con día, iluminados por la sola esperanza teologal, a trabajar por el hombre concreto, por el pan de cada día y a conquistar un espacio para el amor y la amistad.
Son ellos, esos hombres anónimos, que a veces son alcanzados por los asesinos, quienes mantiene viva la luz de la inteligencia, de la justicia, de la renovación espiritual, que anunciaron los escritores del XIX y de los límites; ellos, cuya tradición ha sobrevivido a las guerras, a los campos de exterminio, a los actos terroristas y al imperio de los imbéciles.
“Su honor –como alguna vez escribió Albert Camus- siempre ha consistido en no calcular nada, en distribuir todo en la vida presente y entre sus hermanos”. Es así, como esta raza se prodiga para los hombres de hoy y para los que van a venir; es así como día tras día desafiando a los asesinos, dan todo el presente y luchan por mantener los límites en donde lo humano tiene su morada.
Además, opino que hay que respetar los acuerdos de San Andrés y liberar a todos los zapatistas presos.








