Nuevo orden mundial o barbarie

La estrategia que Bush ha adoptado para responder al horrendo atentado del día 11, está condenada irremediablemente al fracaso. Y lo grave es que ese fracaso puede nulificar, por muchos años, los esfuerzos que está haciendo la humanidad para encarar creativamente los grandes problemas del siglo XXI.

El ejército de Estados Unidos puede matar a Osama Bin Laden, borrar del mapa a los talibanes y reducir a cenizas a Afganistán. Sin embargo, esto no asegura el aniquilamiento del terrorismo. Puede incluso bombardear las ciudades de los países que se resistan a someterse al imperativo “con nosotros o con los terroristas” sin afectar sustancialmente la eficacia de éstos.

Pese a la peregrinación apresurada de decenas de presidentes a Washington, es imposible que Bush logre el apoyo incondicional de todos o incluso los más poderosos países del mundo para la guerra o las guerras que está preparando. Será una alianza tan inestables y efímera como la que surgió a raíz de la guerra contra Irak y después, cada quien seguirá su camino para enfrentarse a sus propios terrorismos. Por eso una guerra en el Cercano Oriente sería la continuación del terrorismo. Una repetición impotente y estéril de la tragedia de Nueva York, al otro extremo del planeta.

Y sea cual sea el resultado, el daño será irreparable. Vivimos en un mundo disgregado por globalización. Los poderes económicos se imponen a los políticos y los flujos financieros se distancian de las realidades económicas. Las naciones se enfrentan a la americanización de la cultura  y los fundamentalismos religiosos y nacionalistas se yerguen contra el pensamiento único.

Cuando el procurador general de Estados Unidos dijo que Washington era el centro del mundo, estaba soñando. Nada había entendido del atentado que cortó la vida a miles de sus compatriotas. El mundo hoy no tiene centralidad. En él, el poder militar de Estados Unidos es un dato, un factor más, pero fuera de su esfera, es impotente. La fuerza que puede desencadenar es capaz de aniquilar físicamente a la humanidad pero no puede resolver sus problemas sociales, económicos y políticos.

El terrorismo, como ha dicho Carlos Montemayor, no es un fenómeno exclusivamente militar. Tiene muchas caras y raíces profundas en el proceso de globalización. Por eso no puede ser enfrentado con una guerra local encabezada por Estados Unidos. ¿Además, cuál es el terrorismo que se pretende vencer con una guerra en Afganistán? ¿El de Irlanda, España o Argelia, o bien el de la antigua Yugoslavia, Colombia o Chechenia? Es claro que ninguno de ellos. Se trata de un solo particular terrorismo, el anclado en los países islámicos que dirige sus golpes contra la presencia de Estados Unidos en el Cercano Oriente. Es el terrorismo que se alimenta de un sentimiento de impotencia frente al inmenso poder de la última gran potencia militar-económica-política que insiste en imponer sus intereses en esa parte del mundo.

En términos genéricos, el terrorismo forma parte de eminente peligro de un regreso de la barbarie. En el creciente caos que marca al mundo actual, las leyes de la economía se imponen a los intereses de la sociedad y la posibilidad de la acción milita de gran envergadura existe en todos lados y está al alcance de pequeños grupos. Si no se les hace frente, vencerán las fuerzas que apuntan hacia una especie de feudalización incontrolable. Para contrarrestar esas tendencias, necesitamos dar pasos firmes en la gobernabilidad de la globalización. Los tiempos de la ONU está llegando a su fin. Su diseño responde a un mundo de posguerra que está en proceso de desaparición. Es necesario crear nuevas formas de gobierno capaces de hacer frente a todos los grandes problemas de nuestra era, incluyendo el del terrorismo.

El gobierno de Estados Unidos está en su pleno derecho de tomar todas las medidas necesarias para castigar a los culpables e impedir la repetición de ese tipo de delitos. Pero para contribuir al surgimiento de un nuevo orden, esas medidas deben estar enmarcadas en el derecho internacional. Hay que aportar pruebas de la culpabilidad de los acusados y llevarlos ante un tribunal imparcial; hay que abstenerse de represalias contra poblaciones civiles y olvidarse de la vieja ley del Oeste “dead or alive”. En la lucha contra el terrorismo, la ayuda a los refugiados de Afganistan será más efectiva que el aniquilamiento militar de su población.

Y luego, hay que crear un Consejo Mundial de Seguridad que enfrente todas las causas que producen y reproducen el terrorismo: económicas, sociales, políticas y militares. Y actuar contra todas ellas, con prontitud y eficiencia. Una actitud de ese tipo sería una aportación decisiva a la consolidación del Estado de derecho a nivel mundial. Sería también un ejemplo de madurez y liderazgo por parte de la más poderosa nación del mundo. No se puede avanzar en la gobernabilidad de la globalización sin consolidar normas de derecho internacionales, aplicables a todas las naciones, ricas y pobres, débiles y poderosas.