En 1994, en la región de l’Ardèche (sur de Francia) fueron descubiertas unas grutas con pinturas rupestres de la época del Paleolítico Superior (hace unos 32 mil años); por fortuna, el gobierno francés prohibió el acceso al público con el fin de evitar que hordas de turistas arruinaran el hallazgo. El año pasado, el Ministerio de Cultura de Francia permitió que Werner Herzog entrase a la Cueva de Chauvet, con un equipo muy limitado, para filmar un documental.
Herzog, romántico de corazón, bautizó su trabajo con el evocador título de La cueva de los sueños olvidados (Cave of Forgotten Dreams; Francia-Alemania-Reino Unido, 2010); ahí, el germano descubre resonancias wagnerianas, visiones dignas de la pintura de Caspar Friedrich articuladas en las alucinantes formaciones rocosas del bosque de estalactitas que vibran con la magia de las pinturas. En suma, un escenario digno del imaginario del director de Fitzcarraldo (1982), aunadas a condiciones de filmación extremas, limitadas a unas cuantas horas debido a las emanaciones de dióxido de carbono, un mínimo permitido de iluminación eléctrica, y un estrechísimo sendero para maniobrar; el Aguirre de siempre navegando por el Amazonas.
El espectador tiene la oportunidad dorada de descubrir esta magnífica obra del Cromagnon; Herzog, siempre escéptico al empleo del cine en 3D, cosa que equipara al mero efecto de los fuegos de artificio, se vale ahora de esta técnica para provocar la sensación de caminar al interior de las grutas. El cine en tercera dimensión se impone porque los artistas de Chauvet aprovecharon las protuberancias de la roca para animar sus imágenes; emergen de los salientes bisontes con ocho piernas, cabezas de equinos que se repiten y producen un efecto de movimiento, el de caballos en tropel. Herzog, consciente de su deformación profesional, habla de una especie de protocine (sic), efectos cinéticos que terminarían de completarse con la luz de las antorchas empleadas por esos primeros homo sapiens deambulando por las cavernas.
Una serie de entrevistas con especialistas de la prehistoria apoyan diferentes tesis del origen y propósito de estas pinturas; quizá rituales religiosos, fines didácticos, o mero placer lúdico (a decir de este columnista); al final todo se reduce a mera especulación, las imágenes hablan por sí mismas sin revelar su misterio. Herzog advierte al espectador, sobre todo en entrevistas, que deben evitarse interpretaciones fantasiosas; pero se permite soñar con esta especie de alborada del alma humana; el artista Herzog gana la partida del científico y alaba la fuerza mística que las cuevas de Chauvet encapsularon en el tiempo.
El puente que el director descubre entre esos hombres del Paleolítico y los de hoy en día es la profunda necesidad de representar el mundo, a través de cualquier medio. La sorpresa del final del documental es digna del Herzog más desquiciado.








