Siria es un mosaico a punto de romperse. En ese país habitado por minorías cristianas, beduinas, kurdas, judías y por las mayoritarias ramificaciones de la fe islámica, la guerra civil es un hecho. El periodista estadunidense Jon Lee Anderson fue al ojo del huracán: recorrió las zonas de combate (incluso estuvo en Homs días antes de que el ejército gubernamental recuperara la plaza) y recogió los testimonios de sirios que temen que su país simplemente vuele hecho pedazos si Bashar al-Assad, el presidente, no ceja en la represión y si no se llega rápidamente a una solución diplomática. Esta es una versión reducida, por razones de espacio, de la crónica también publicada por The New Yorker.
DAMASCO.- Damasco da la sensación de que la Guerra Fría no terminó. La fachada de la Unión Nacional de Estudiantes sirios es de un realismo socialista desafiante, con un logo de dos puños cruzados aferrando una antorcha flameante. En un restaurante, una noche, advertí que el cantante que se oía en el estéreo era Julio Iglesias. Es como si el tiempo se hubiera detenido en 1982, cuando Hafez al-Assad, el presidente secular del país, aplastó una rebelión liderada por la Hermandad Musulmana en la ciudad de Hama.
En esa época había retratos de Hafez por todo el país. Ahora, las imágenes de su hijo, Bashar al-Assad, quien a los 46 años es el actual presidente, están en todas partes: frente a los edificios públicos, en oficinas y tiendas, en carteles publicitarios y ventanas de autobús. Cuando era joven parecía improbable que siguiera el ejemplo de su padre. Era calmado, estudioso y apolítico; asistió a la escuela de medicina, luego se marchó a Londres para especializarse en oftalmología. Su hermano mayor, Basil, era el aparente heredero, pero murió en un accidente de automóvil en 1994.
Bashar fue traído para ser preparado como sucesor de Hafez; fue enviado a la academia militar en la ciudad de Homs, donde adquirió el rango de coronel. Mantuvo un perfil bajo hasta 2000, cuando Hafez murió. En cuestión de días fue convertido en jefe de las fuerzas armadas y del gobernante Partido Baath. Tenía 34 años, seis menos de los requeridos para ser presidente, así que el Parlamento bajó el límite de edad y fue elegido para un periodo de siete años. En 2007 fue reelegido con 98% de los votos.
Bashar se mostró como un hombre de familia sin pretensiones, un defensor de la transparencia y la democracia, y habló con vigor contra la corrupción. Pero no realizó cambios sustanciales. Envió a prisión a disidentes, periodistas y activistas de los derechos humanos y su policía secreta torturó con impunidad.
Su hermano menor Maher comanda la Guardia Republicana Presidencial y la Cuarta División Blindada de élite del ejército; muchos sirios afirman que fue visto disparando a una multitud de manifestantes la primavera pasada. Varios de los primos de Bashar, miembros de la familia Makhlouf, manejan las agencias de inteligencia. El multimillonario Rami Makhlouf, bajo los auspicios de Assad, ha desarrollado intereses lucrativos en todo, desde telecomunicaciones y construcción a bancos, petróleo y gas. Él y Maher son cada vez más detestados en Siria.
“Se ve a Bashar como un buen tipo, que todo lo malo viene de su malvado hermano o primo”, dijo recientemente un diplomático occidental con base en Damasco. “Es todo verso. Es él. Es el miembro mayor de la familia y está a cargo. Puede no tener el peso de un líder como, digamos, Mubarak, pero es extremadamente inteligente y sabe cómo mentir y ajustar el mensaje a la audiencia”.
El Partido Baath tiene el poder desde 1963, en gran parte por una agresiva vigilancia doméstica. En el hotel Sheraton, unos hombres que jamás sonríen, con largos abrigos de cuero falso son parte del mobiliario. Se sientan silenciosos y de a pares en automóviles en el estacionamiento y en sillones del vestíbulo mirando abiertamente a los extraños. Son de las Mukhabarat, las agencias de inteligencia de Siria: la militar, la de la fuerza aérea, de la seguridad del Estado y de seguridad política. Siria es uno de los más insidiosos Estados policiales del mundo, copiado de la vieja Alemania Oriental, con una omnipresente red de informantes.
En marzo de 2011, en la ciudad de Deraa, unos escolares que habían sido descubiertos pintando grafitis contra el gobierno fueron detenidos por la policía y torturados. Cuando la historia se supo, los sirios, arrastrados por el fervor de la Primavera Árabe, rompieron su silencio para exigir reformas políticas. Assad prometió una serie de concesiones graduales que, dijo, culminarían en una reforma constitucional. Mientras tanto, a lo largo del país, sus fuerzas de seguridad mataban, detenían y torturaban a cientos de manifestantes desarmados. En algunos casos los cuerpos mutilados fueron enviados de regreso a las familias como advertencia. Los refugiados se derramaron por las fronteras de Líbano y Turquía.
Durante el verano de 2011, oficiales y soldados desertaron del ejército y una rebelión armada de bajo nivel comenzó a tomar forma. Desde bases en el interior del país y en Turquía y Líbano, los rebeldes proclamaron la formación de un Ejército Sirio Libre (ESL) y comenzaron a atacar a las fuerzas del régimen. A medida que las protestas pacíficas se convirtieron en revuelta armada la gente comenzó a lanzar advertencias sobre una guerra civil, una perspectiva alarmante en un lugar tan dividido en facciones como Siria.
Assad dirige un régimen secular dominado por los alawitas, miembros de una secta desprendida de los chiitas. Tradicionalmente una subclase dentro del país, la minoría alawita llegó al poder recientemente; hace 50 años tenían derechos legales limitados y eran vistos con recelo –como paganos– por sus vecinos.
Los cristianos, la segunda minoría más grande, están alineados con ellos y juntos constituyen un cuarto de los 22 millones de habitantes de Siria. Los sunitas componen la enorme mayoría; el resto es una complicada mezcla de refugiados palestinos, drusos y tribus beduinas, kurdos, armenios, circasianos, turcomanos y unas pocas decenas de judíos. En Damasco un profesor de relaciones internacionales me dijo: “Tenemos 47 grupos étnicos y religiosos diferentes. Así que no se puede dividir este país; es como un vaso de agua. Si lo deja caer, lo pierde”.
En toda la región las naciones tomaron partido con base en su religión: los gobiernos liderados por chiitas de Irak e Irán apoyaron a Assad mientras los sunitas de Arabia Saudita, Qatar y Turquía insistieron en que renunciara. Es, por mucho, un conflicto librado a través de terceros. La minoría sunita sin poder de Irak, que pocos años atrás recibió ayuda siria para una insurrección contra los militares estadunidenses, ha reunido fondos para los rebeldes y les envía armas. La Liga Árabe, temiendo un enorme conflicto, suspendió a Siria como miembro en noviembre y más tarde llamó a que Assad renunciara.
En cambio éste aumentó sus ataques. La noche del 3 de febrero, el ejército sirio lanzó una lluvia de cohetes y proyectiles de tanques y morteros contra un vecindario rebelde en la alterada ciudad de Homs, matando a grandes cantidades de hombres, mujeres y niños. Es considerado el episodio más sangriento del conflicto sirio. Coincidencia o no, ocurrió en el 30 aniversario del ataque de Hafez al-Assad contra Hama.
Al día siguiente China y Rusia vetaron una resolución del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que condenaba el uso de la violencia por parte del gobierno sirio. La secretaria de Estado Hillary Clinton consideró el veto como “un travestismo” y Estados Unidos y Gran Bretaña retiraron a sus embajadores.
En Homs, el sangriento asalto del Ejército proseguía y para mediados de febrero habían muerto al menos 400 personas. A medida que se acerca el primer aniversario del levantamiento sirio el panorama es ominoso. Además de Homs, donde alrededor de un tercio de la ciudad está en manos rebeldes, hay combates en media docena de otras ciudades y en pequeños pueblos del interior, especialmente a lo largo de las fronteras turca y libanesa. Más de 6 mil personas murieron; decenas de miles han sido arrestadas, incluyendo niños; y casi 100 mil han huido de sus hogares.
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La pequeña ciudad de Zabadani se asienta en las montañas, 20 millas al noroeste de Damasco. Es un enclave de 40 mil personas cercano a la frontera con Líbano y en décadas recientes ha sido un destino vacacional donde ricos damasquinos construyeron villas y donde los árabes del Golfo escapan del calor.
Desde la primavera pasada, los militares sirios han golpeado allí varias veces, matando a una decena de manifestantes, y los residentes huyeron a las montañas. Los miembros del Ejército Sirio Libre resistieron y se estableció una tregua entre la Cuarta División del Ejército, que opera en el área, y los oficiales rebeldes. El gobierno local redujo su presencia a unos pocos edificios en los bordes de la ciudad y el ESL declaró a Zabadani “liberada”. Por primera vez el gobierno sirio cedió pacíficamente el control de un pedazo de territorio nacional. Nadie parecía seguro de cómo tomarlo.
La Liga Árabe recibió permiso para lanzar una modesta misión de observadores a Siria y el 21 de enero me uní a una delegación que visitaba Zabadani. Nos detuvimos frente al edificio municipal protegido por barricadas de bolsas de arena y soldados armados, y los militares hicieron entrar rápidamente a los observadores, una decena de diplomáticos argelinos, sudaneses y marroquíes.
El edificio, cuartel general del Partido Baath local, había sido ocupado por un contingente del ejército sirio, últimos representantes del régimen en Zabadani. El comandante explicó la situación en un tono de diplomática opacidad: “Hubo diferencias entre dos lados en la ciudad y, en consecuencia, en interés de la nación, se llegó a este acuerdo”, dijo. La tregua fue aparentemente negociada con la intermediación de un influyente miembro local del Partido Baath que poseía contactos en ambos lados.
Un amigo de Assad me sugirió que el régimen había permitido que el ESL tomara algún territorio para que sus miembros mostraran sus caras; luego seguiría la tarea de liquidarlos.
La ciudad es mayormente sunita y en la plaza la gente cantaba “Dios es más grande que la injusticia”. También cantaban: “El pueblo quiere internacionalizar la situación”, lo que un hombre de barba y aspecto cansado interpretó como el deseo de los habitantes de Zabadani de que haya una intervención extranjera: una zona aérea despejada por la ONU, como la que ayudó a deponer a Muamar Gadafi en Libia.
Necesitaban protección de algún tipo; los rebeldes afirman tener 40 mil soldados en el país y el ejército tiene medio millón, incluyendo reservistas y milicias. El hombre dijo en tono de ruego a uno de los observadores de la Liga Árabe: “¿Cómo podemos quedarnos parados y dejarlos entrar en nuestras casas?”.
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A finales de enero, el Ministerio de Información organizó un viaje de prensa a Homs, sumergida en combates. En un patio con muros de concreto, en un hospital militar de allí, una banda de bronces esperaba junto a un grupo de oficiales parados en posición de atención y que sostenían grandes coronas fúnebres. En tierra había tres ataúdes cubiertos con banderas. Un grupo de médicos y enfermeras se había congregado allí, con pequeñas banderas sirias en las manos. A su lado había mujeres de negro, las viudas, madres y hermanas de los hombres que se hallaban en los ataúdes.
Los oficiales habían estado esperando con impaciencia que llegáramos antes de comenzar el funeral. Los cuerpos en los ataúdes pertenecían a soldados que habían muerto cerca de Homs. Trece soldados habían muerto en total; en un pequeño y frío depósito nos mostraron bolsas negras con los restos de algunos que habían sido quemados más allá de toda posibilidad de reconocimiento.
De regreso en el autobús, nuestros guías nos dijeron que íbamos a un barrio llamado Hamidiya; podríamos salir para hablar con los vecinos pero no debíamos perdernos por ahí. Uno de ellos explicó nerviosamente que los rebeldes ahora controlaban “un montón de Homs”, zonas en las que el ejército no entraba.
Era pleno día pero las calles estaban desiertas y el aire cargado con la niebla del invierno. El autobús condujo en zigzag, sorteando barricadas de piedras y barriles, luego se detuvo en una intersección en la que soldados armados se parapetaban detrás de fortificaciones de bolsas de arena. En una tienda de la esquina el propietario, un hombre de mediana edad, dijo que la situación en Homs no era “tan buena”.
Señaló al barrio sunita Khalidiya, a unas pocas cuadras, que estaba bajo control de los rebeldes. “Los hombres atacan y se van; son invisibles”, dijo. Ha habido secuestros y muertes de alawitas y cristianos. Antes de la violencia él mantenía abierta su tienda hasta las tres de la mañana, pero ahora cerraba a las cinco de la tarde. Advertí que la tienda vendía vino, y me explicó que era cristiano, como la mayoría de los vecinos del barrio.
Los cristianos, 10% de la población de Siria, están ampliamente a favor del gobierno y temen lo que podría ocurrir si los sunitas ganaran poder. Un hombre de civil llegó a la tienda y se paró detrás de mí, escuchando sin disimulo y el tendero siguió hablando como si no estuviera.
–¿Debería renunciar Bashar? –pregunté.
–No –respondió.
En la calle se habían juntado algunos hombres y uno de ellos, delgado y de estilo directo, en sus cuarenta, dijo que su nombre era Maher. Como el tendero, era cristiano. Había trabajado en el exterior durante años en plataformas petroleras de una compañía estadunidense, pero decidió unos meses atrás regresar para proteger a su familia; los rebeldes, explicó, estaban ocupando casas para usarlas como bases desde las cuales atacar al gobierno. Pocos días antes, sin embargo, el ejército había tomado el control de unas pocas calles y algunas tiendas habían vuelto a abrir; la gente podía ir a trabajar y sus hijos a la escuela.
A veces los viajes de inspección devenían un obvio teatro político. Enfrente de un edificio oficial en Damasco una mañana, algunos miembros de la milicia progobierno –la Shabiha– se reunieron para cantar un himno con el estribillo “Larga vida a los matones”. Una mujer sin dientes deambuló hasta allí, señaló a unos personajes de aspecto duro con armas automáticas que estaban sentados en un jeep, y me gritó: “¿Te parecen asesinos? ¿Podrían matar a mujeres y niños, como los acusan?”. Respondí: “Sí pueden”, pero me ignoró y se fue a gritarle a alguien más.
Pero otras veces era evidente que el régimen no podía controlar enteramente lo que veíamos. La plaza de la Torre del Reloj, en el centro de Homs, es donde las primeras manifestaciones fueron suprimidas en forma sangrienta; según los reportes, muchos manifestantes murieron allí en abril de 2011, cuando el ejército atacó una protesta.
Cuando la visitamos, la gran plaza estaba casi desierta. El autobús nos dejó a tres calles, enfrente de un viejo café, pero antes de que camináramos una cuadra los guías llamaron a todo el mundo de vuelta con nerviosismo. Un hombre alto, de barba, aulló en inglés: “¿Por qué están aquí? No es aquí donde deben estar”. Hizo un gesto hacia los barrios ocupados por los rebeldes. “¡Vayan a Baba Amr, vayan a Khalidiya, ahí es adonde deberían ir!”.
Los guías trataron de conducirnos de regreso al autobús, pero el hombre de la barba, que más tarde descubrí era un abogado prominente, había captado la atención de todos. Gritó que cosas terribles ocurrían en su ciudad. Cuando le pregunté quién era responsable, sugirió que el régimen estaba utilizando matones para intimidar a la gente. “¡El ejército o la seguridad o los militares, no lo sé!”, gritó. “¡Usan tenis! ¿Conocen a algún militar que use tenis?” Añadió: “Confío en los hombres de uniforme con cascos y botas. No confío en estos hombres con tenis”.
Hombres con largos sacos de cuero negro aparecieron en las márgenes de la multitud: Mukhabarat o Shabiha. Se pararon juntos, muy cerca, y susurraron y algunos se dirigieron hacia el hombre de la barba. Unos pocos ancianos emergieron del café y trataron de llevárselo adentro, pero él los apartó.
Los hombres se juntaron a su alrededor, gritando enojados para tapar su voz. Uno de ellos se dirigió a nosotros: “¡Pueden ir a donde gusten en Homs! Todo está bien”. Otro lo desafío: “¿Quieres que la OTAN venga a Siria? ¿Eso es lo que quieres?”. Hubo gritos y empujones; la policía secreta apareció por todas partes. El hombre de barba se dirigió a los periodistas: “¡Anoten mi nombre! Mañana mi nombre estará en la pizarra”, una referencia a la lista diaria de muertos en Homs. Luego la multitud se convirtió en un caos y al hombre se lo llevaron.
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Cuando me encontré con Bassam Abu Abdullah, un miembro del Partido Baath, usaba un reloj decorado con la cara de Bashar al-Assad. Abdullah es profesor de relaciones internacionales en la Universidad de Damasco y un lobista del gobierno. Tomando un café argumentó que a pesar de errores pasados, las intenciones del régimen eran buenas y las anunciadas reformas más que meras concesiones tácticas.
La violencia en Homs era alarmante, reconoció; había habido abusos de las fuerzas de seguridad y tales cosas tenían que ser corregidas. Bashar sólo necesitaba tiempo para aplicar las reformas. “Siria cambiará”, me aseguró. “Pero es el manejo del cambio lo que es importante. Hemos visto ya varios escenarios –Irak, Libia y Yemen– y ninguno es bueno”.
Abdullah fue a la universidad en Tash- kent antes de la caída de la Unión Soviética y recuerda que también Gorbachov intentó introducir el cambio y perdió el control. “Sé lo que significa el colapso de un Estado”, dijo. Concordó en que las reformas de Assad deberían haber llegado antes, pero sostuvo que había buenas razones para las demoras: la guerra de Irak, el asesinato con un coche bomba, en 2005, del primer ministro libanés Rafik Hariri –Siria fue acusada de haberlo ideado– y el levantamiento actual. Todo ello había tomado “mucha de la atención de Siria”. Había también “personas corruptas en el país” que habían trabajado para “impedir el cambio”. Ante mi mirada de sorpresa Abdullah agregó: “Sí tenemos corruptos y no tengo miedo de decirlo. Quiero un futuro mejor para mi país”.
De acuerdo con un reciente informe de las Naciones Unidas, cientos de niños han muerto en los ataques en Homs y otras partes, pero preguntando por qué el régimen estaba matando niños, Abdullah dijo: “¿Por qué no preguntar a aquellos que envían a sus hijos a las calles? Son gente sucia”. Desde su óptica la violencia estaba siendo orquestada por extranjeros: agentes de inteligencia jordanos, islamistas.
El escepticismo respecto de los rebeldes era común entre los simpatizantes de Assad. Un influyente hombre de negocios, Nabil Toumeh, me informó que lo que estaba teniendo lugar en Siria era el resultado de un plan –imaginado años antes por Zbigniew Brzezinski y apoyado por Israel– para ayudar a la Hermandad Musulmana a tomar control del Medio Oriente.
“Después de 50 años de persecución les están dando poder y esto llevará al mundo árabe a un estado de retraso”, apuntó. El amigo de Assad me dijo: “Esto no es la Primavera Árabe. Es el despertar de los extremos del Islam”. La Hermandad estaba tratando de tomar el poder en Egipto, Túnez y Libia pero no ocurriría en Siria. “No hay modo de razonar con esta gente; con ellos se trata sólo de Dios”.
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Pocas cosas son claras respecto de los rebeldes. Un veterano disidente llamado Salim Kheirbek me dijo: “No más de 30% de la gente está en la resistencia. El otro 70% si no está con el régimen está en silencio, porque lo otro no los convence, y especialmente después de lo que ha ocurrido en Irak y Libia. Esa gente quiere reformas pero no a cualquier precio”. El amigo de Assad me contó que el ESL tenía sólo mil desertores y que el resto era una chusma fanática; un hombre de negocios de Homs estimó que dos tercios de sus miembros eran exsoldados.
Aquellos que encontré contaron historias de haber sido forzados por oficiales superiores a disparar contra civiles y entonces, después de una crisis de conciencia, habían huido con camaradas que pensaban igual. Hay una coherencia convincente en este relato. La mayoría también decía que su mandato es proteger a los civiles e insistía en que dejarían de combatir cuando Assad y su círculo íntimo dejaran el poder. Afirman que sus objetivos no son sectarios –que son antialawitas sólo en su oposición a los que manejan el país–, pero reconocen que su ruptura con el gobierno coincide con las líneas de división sectarias. La mayoría de las tropas del ejército es sunita, mientras que la mayoría de los oficiales superiores, como los líderes del país, son alawitas.
Sea lo que fuera que digan los rebeldes ahora, los islamistas indudablemente buscarán tener voz en la oposición. El líder de Al Qaeda, Ayman al-Zawahiri, emitió recientemente un llamado a la jihad en Siria y ha habido atentados suicidas en Damasco y Aleppo que son llamativamente similares a los ataques de Al Qaeda.
Pero en su mayoría la oposición parece reflejar una sección cruzada de ciudadanos que se siente víctima de 42 años de un Estado policial. Algunos han sufrido abusos de la policía secreta y buscan venganza; otros están inspirados por un odio sectario y algunos son genuinos patriotas que simplemente no podían seguir sirviendo a un régimen represivo. No hay forma de decir qué facción se impondrá, pero es probable que sea la más dispuesta a utilizar la violencia extrema. Siria está en guerra consigo misma e inevitablemente todos los bandos difamarán a sus enemigos y ocultarán aspectos de sus propias agendas. Ni el propio ESL sabe todavía qué es.
Los primeros rebeldes que encontré en Damasco estaban nerviosos y suspicaces. Fue en la mañana del pasado 25 de enero en el suburbio oriental de Saqba, donde se hacen muebles. En una esquina una decena de combatientes armados con kalashnikovs detenían el tráfico para controlar documentos. Yo estaba con un traductor sirio de nombre Abdullah.
Los rebeldes nos dijeron que saliéramos del automóvil y pidieron ver nuestros papeles. Abdullah parecía preocupado. Había otros combatientes al otro lado del camino; un hombre caminaba cargando un lanzador de granadas sobre el hombro. Los combatientes inspeccionaron el documento de identidad de Abdullah. Satisfechos de que no fuera un agente de seguridad del Estado, acordaron hablarnos y fuimos a un garage cercano.
Ante la pregunta de por qué peleaban uno dijo: “Lo que queremos es detener la matanza de niños, la violación de mujeres”. Otro dijo: “Lo que queremos es un país libre, sin racismo, con iguales oportunidades para todos”. Varios sacaron tarjetas azules plastificadas que los identificaban como desertores del Ejército. Eran muy jóvenes, adolescentes o de poco más de 20 años. Uno dijo que había trabajado para la seguridad del Estado en Deraa, donde el levantamiento había comenzado; otro era de la provincia norteña de Idlib; un tercero era de Homs. “Somos soldados que recibieron la orden de matar a la gente”, dijo uno.
Otro combatiente, unos años mayor, se presentó como Mohammed Nur; era el tercero al mando de los rebeldes de Saqba. El ESL representaba a “todos los sirios”, dijo, expansivamente. “Somos cristianos, alawitas, drusos y sunitas”. El régimen había explotado las tensiones comunitarias, concedió, persuadiendo a los alawitas de que estaban en riesgo y en algunos casos armándolos. Pero la rebelión no era “contra una secta. Se trata del deseo de democracia”, dijo. “Si Bashar y los que están a su alrededor dejan el país, ya está”. Tras eso, un hombre entró corriendo y dijo algo a Nur, que comenzó a ladrar órdenes a los otros rebeldes. Todos se fueron con rapidez. El ejército venía; habría combates pronto.
Condujimos a través de territorio controlado por los rebeldes más de una milla, pasando hombres armados en barricadas, otros patrullando en automóviles y adolescentes de civil que actuaban como centinelas. La atmósfera estaba erizada de peligro. Casi todos los negocios estaban cerrados, pero una exhibición de muebles seguía abierta y el propietario nos invitó a sentarnos en su confortable oficina. Tenía un hogar con leños ardiendo. Un empleado nos trajo té.
La situación, nos dijo cautelosamente, era “incómoda”. Nunca había esperado ver combatientes rebeldes en las calles de su barrio. El ejército sirio no había entrado en Saqba en un mes, dijo. No desde que llegaron los observadores de la Liga Árabe. “El gobierno está tratando de evitar problemas”, explicó. Pero lo que había llevado a esta situación en primer lugar, dijo, era “el maltrato de la gente por las fuerzas de seguridad”. Eso había creado una falta de confianza. “Si un pequeño porcentaje de esa confianza puede ser restaurado, el problema terminará”.
* * *
En la mañana del 28 de enero, los observadores de la Liga Árabe fueron a Rankus, un pueblo montañés en poder de los rebeldes 20 millas al noreste de Damasco, y junto con un par de otros periodistas los seguí. En una meseta cubierta de nieve, pocas millas pasando la antigua ciudad cristiana de Sednaya, había un puesto del ejército; de allí en más el camino se desviaba hacia un alto barranco. Los observadores salieron de sus vehículos y caminaron, disfrutando del aire fresco de la montaña.
Después de unos minutos comenzaron a caminar de regreso a sus automóviles; habían decidido no ir a Rankus. El líder de la delegación me contó que el comandante del puesto había dicho que había francotiradores rebeldes en Rankus y que podrían ser atacados. Señalé que si los observadores iban sólo donde el régimen sirio quería, bien podían irse a casa, y el diplomático asintió. Si las cosas continuaban así, predijo, la misión podría ser suspendida.
Los otros periodistas y yo resolvimos seguir y al dar vuelta una curva, dimos con un puesto de control del ejército en el que los soldados vinieron corriendo y nos preguntaron a dónde íbamos. Señalamos a Rankus. “Es peligroso ahí”, nos advirtieron pero nos dejaron seguir. Pocos minutos más adelante, cuatro camionetas que llevaban familias se detuvieron. Nos dijeron que estaban huyendo después de una noche de bombardeo de tanques del ejército estacionados en lo alto de las colinas que rodean el pueblo. Uno de los hombres señaló una serie de huellas de tanques en el barro que terminaban en campos cubiertos de nieve y desaparecían en una cumbre. El pueblo, que tiene una población de 20 mil personas, se había reducido a 50 familias, dijeron.
En las afueras de Rankus había una barricada, una pila de tierra y piedras sostenidas con unos pocos barriles de petróleo. Nos detuvimos en una pequeña plaza y una camioneta llena de combatientes llegó y nos guió a través de las calles desiertas hasta una casa cercana a una mezquita. Adentro, en un cuarto superior con una antigua cocina de leña, un joven de pelo corto en uniforme nos invitó a sentarnos.
Era Abu Khaled, comandante del contingente del ESL en Rankus. Tenía 33 años y apenas unos meses antes había sido oficial del ejército sirio asignado a un puesto de control en uno de los distritos más combativos de Homs. Había habido muchos abusos, dijo: en un punto, un camarada oficial disparó a una mujer y su hijo sin provocación, diciendo que quería dar “una lección” a la gente de ese barrio. Eventualmente Abu Khaled había desertado llevándose con él a los 30 hombres a sus órdenes. Eran de toda Siria, pero habían acordado venir con él a defender Rankus, donde él había crecido.
Afuera hubo un tiroteo y un par de golpes pesados que sonaron como si vinieran de tanques. Abu Khaled envió a algunos de sus hombres a averiguar qué pasaba. El ESL había controlado Rankus varias semanas, me contó, y en los cinco últimos días el ejército había hecho un esfuerzo concertado para rodear el pueblo. Había atacado con tanques y artillería antiaérea y francotiradores habían disparado desde lo alto. Los hombres de Abu Khaled tenían sólo un mortero, un rifle de precisión y los kalashnikovs con las que habían desertado.
Hubo más fuego y algo pasó silbando sobre la casa. Abu Khaled dio órdenes de desalojar y mientras sus hombres se apresuraban nos pidió que apagáramos nuestros celulares y removiéramos las tarjetas SIM, por si éramos rastreados. En la puerta Abdul Karim se colocó frente a mí, me agarró los brazos y me hizo abrazarme a su cintura para que pudiera cubrirme mientras bajábamos las escaleras.
En una casa vecina fuimos conducidos a un cuarto trasero, donde encontramos a una pareja joven, su bebé y una anciana. Nos hicieron sentar y trajeron té, mientras afuera el tiroteo continuaba. La anciana, llorando, cortaba manzanas e insistía en que las comiéramos. Le pregunté por qué no se había marchado y dijo que su familia era pobre y no tenían parientes a los que recurrir. Abu Khaled dijo, con calma: “Estamos preparados para morir defendiendo al pueblo”.
Los rebeldes me contaron que pocos días antes de que comenzara el sitio un representante de los servicios de inteligencia había buscado a Abdul Karim para decirle que el ejército estaba dispuesto a acordar una tregua, como en Zabadani. “El mensaje fue: ‘No se nos acerquen y nosotros no nos acercaremos a ustedes’”, dijo. “Pregunté sobre la posibilidad de recuperar los cuerpos de nuestros mártires que se habían llevado. Dijeron: ‘Entréguennos sus armas y les devolveremos sus cuerpos’”. Se rehusó: “No somos terroristas. Somos gente con historia. Sabemos lo que ocurre”.
Abu Khaled dijo enfáticamente que él y sus camaradas no estaban motivados por el odio a los alawitas. Era un tema delicado. Al principio se refirió a ellos sólo como “las personas de cierta secta”. En Homs el sectarismo había sido alimentado por el régimen. Había 46 puestos de control del ejército en y alrededor de la ciudad, dijo, y en cada uno había representantes de la Mukhabarat.
Para el fin de la tarde, la casa contigua había sido alcanzada y uno de los rebeldes herido en la pierna, pero el tiroteo continuaba. Irnos parecía fuera de cuestión. Los soldados del régimen sabían que estábamos allí y sin embargo habían comenzado a atacar el pueblo; no podíamos confiar en que se contuvieran. Llamé al más alto funcionario del gobierno sirio que conocía –Jihad Makdissi, el vocero de la cancillería– y le pedí que persuadiera al ejército de que detuviera su ataque de modo que pudiéramos irnos. Me soltó un discurso –¿por qué habíamos ido a Rankus sin permiso?– pero acordó interceder. Eventualmente llegó un llamado y nos dijeron que nos fuéramos de Rankus inmediatamente. El fuego se había detenido.
* * *
El 30 de enero tomé la autopista oriental que sale de Damasco hacia el hospital militar Tishreen para ver las últimas bajas del ejército; había habido más de 50 por día durante los últimos tres, adentro y afuera de la ciudad. En el camino pasé vehículos de transportes de tropas atestados de soldados vestidos para el combate y en el borde de Saqba los soldados bloqueaban los caminos de acceso. Sobre los techos vi columnas de humo negro que se alzaban de donde la lucha había tenido lugar.
El mismo día el diplomático de Damasco me dijo que era demasiado tarde para evitar que Siria se deslizara hacia una guerra civil. “Estamos viendo cómo un país se cae al precipicio”, dijo. “Va a ser feo”. Había esperado que pudiera haber un arreglo negociado, similar al reciente en Yemen. Pero Rusia se oponía tercamente; nadie sabía cómo negociar con los rebeldes en medio de la violencia y hasta que la oposición convenciera a los alawitas que no eran el blanco del levantamiento, una distensión con el ejército parecía improbable.
Pero el gobierno no podía resistir siempre. Con los disturbios en todo el país el ejército se estaba estirando demasiado y faltaban comida y combustible en el frente. Las tropas se cansaban y estaban cada vez más desmoralizadas. Aun si el régimen había cortado la electricidad, la comida y la atención médica de las áreas rebeldes, la oposición estaba ganando confianza.
Otro diplomático de Damasco observó: “Se ha ido el miedo de la gente y no ha vuelto. La gente ha salido a las calles y se ha quedado afuera”. Añadió: “Nunca tuve ninguna duda sobre la capacidad del régimen para la violencia, pero no comprendí cuán estúpidos son sus líderes. Les advertimos que, una vez que comenzaran a disparar a la gente, más temprano o más tarde la gente comenzaría a devolver los tiros. Aun si estuvieran tratando de iniciar un proceso de reformas, ya no arreglaría las cosas. Ahora están obligados a continuar con la represión”.
El editor del diario de Damasco, por el contrario, sugirió que el país estaba atado a Assad. “El colapso del régimen llevará a atrocidades, comunidades atacando a comunidades, como en Ruanda”, dijo. “Puede culpar a quien quiera, pero es un hecho. El Estado tiene que seguir funcionando, porque si no lo hace, como en Homs ahora, habrá violencia sectaria. Por eso se tomó la decisión de marchar estrictamente, pesadamente, contra los suburbios, con todas las pérdidas de vidas que estamos viendo. Así que esta idea de la renuncia de Assad no ocurrirá, porque él es el ejército.
“El único modo de salvar al país es apoyar al régimen para que se cambie a sí mismo. Todos los otros escenarios llevan a la guerra civil, la violencia sectaria y un Estado fallido”. La mejor esperanza de Assad, sugirió, era una combinación de violencia despiadada hacia los rebeldes activos y más grandes reformas para persuadir a los moderados.
En Damasco encontré a Aimad al-Khatib, un hombre de negocios sunita de unos 50 años que encarnaba el caótico juego de las facciones de Siria. Había sido secuestrado recientemente en Homs por tres hombres que subieron a su auto a punta de pistola. Después de hacerle entregar su dinero, su documento de identidad y su celular tomaron su automóvil y se fueron . Khatib se dirigió a las autoridades rebeldes locales y una hora después habían capturado a los culpables.
“Me dieron las llaves de mi auto, el dinero, todo excepto el celular, pero me dieron dinero para compensármelo”, contó. “Me mostraron a los hombres que habían capturado y después de que los identifiqué comenzaron a golpearlos frente a mí. La gente que me robó era la misma que los que matan gente con documentos de identidad que muestran que son alawitas”.
Khatib es el líder del Partido de Solidaridad Nacional Siria, uno de los cuatro nuevos que obtuvieron estatus legal en diciembre. Me contó que había participado en un intento por organizar un diálogo entre el gobierno y la oposición, pero había renunciado cuando se hizo obvio que el régimen estaba decidido a utilizar la fuerza. Expresaba una suerte de resignación cínica. Los rusos apoyaban a Bashar a fin de preservar su prestigio internacional; Arabia Saudita estaba en su contra para debilitar a Irán; Turquía quería llevar a la Hermandad Musulmana al poder. Khatib deseaba “un gobierno de auténtica unidad nacional, en el que ni siquiera los alawitas serán excluidos”. Pero, con la violencia esparciéndose por todo el país, parecía demasiado tarde.
–¿Qué ocurrirá? –pregunté.
–Habrá una guerra civil.
–¿Cuándo comenzará?
–Ya comenzó.
(Traducción tomada del sitio de internet www.elpuercoespin.com.ar)








