El papel de los médicos personales*

¿Qué pueden hacer las sociedades democráticas para obtener información que necesitan sobre la salud de sus dirigentes políticos? Antes, el público tenía muchas veces que fiarse únicamente de las declaraciones efectuadas por los médicos personales de los jefes de Estado o de Gobierno. Pero la responsabilidad primaria de un médico personal para con su paciente significa que no se puede esperar a que sopese el mayor interés de su paciente y el mayor interés del país. No debemos esperar que los médicos personales intenten combinar los dos papeles. Cuando lo hacen, lo habitual es que fracasen. Veamos el ejemplo de lord Moran, el médico personal de Churchill, eminente galeno y presidente del Real Colegio de Médicos. Su intento de combinar ambos papeles acabó en fracaso. Se le ha criticado, con razón, por sus engañosas declaraciones públicas sobre la salud de Winston Churchill, sobre todo en 1953. Tampoco en el caso del médico de François Mitterrand, el doctor Gubler, tuvo éxito la experiencia de tratar de conjugar su función como tal y la de un asesor independiente…
Puede que exigir a un médico personal que combine los dos papeles ni siquiera vaya en el mayor interés del paciente, y no digamos de la democracia. A menudo, una combinación del secretismo y los límites políticos impuestos a los médicos personales tiene como consecuencia que los tratamientos aplicados a dirigentes no lleguen a la calidad óptima…
Los puristas argumentan que toda declaración pública de los médicos sobre sus pacientes constituye una infracción del juramento hipocrático. Su opinión es que los médicos tienen que llevarse a la tumba los secretos de sus pacientes y no dejar ni siquiera constancia escrita para la posteridad. Pero hay otra manera de verlo, y es la que yo comparto: que la historia, en ocasiones, puede salir beneficiada de la perspicacia de un médico personal, y que la publicación desprovista de detalles personales, pero abordando abiertamente los datos clínicos, puede ser muy valiosa pasado un tiempo, quizá aplazándola hasta que los miembros de su familia hayan dado su permiso o hayan fallecido. Los médicos más próximos al Sha de Persia, el doctor Abbas Safavian, el profesor Jean Bernard y el doctor Georges Flandrin, revelaron alguna información pero no cruzaron esta línea de discreción y buen gusto y conservaron la confianza de la familia del Sha…
Se puede decir también en defensa de Gubler que tenía que hacer ver de una manera gráfica hasta qué punto era intolerable la posición en la que se había encontrado y que se había dejado ir a más, dadas las exigencias que le había impuesto Mitterrand. Probablemente el error de Gubler no fue publicar en una revista profesional en un principio y entrar en tantos detalles privados de la reacción personal de Mitterrand con su enfermedad. En contraste, las revelaciones de Moran sobre Churchill tuvieron escasa relevancia inmediata para las políticas públicas aunque a medio plazo fueron de utilidad para los historiadores.
En Gran Bretaña existe una norma por la cual algunos documentos ministeriales tienen que aguardar por un periodo de 30 años para hacerse públicos, aunque esto ha quedado en buena medida superado, por lo que respecta a las políticas gubernamentales, por la legislación sobre libertad de información. La reducción a 20 años tendría el mérito de no dejar que pasara tanto tiempo que el testimonio histórico pudiera verse distorsionado de manera permanente. Después de ese periodo legal de espera y fallecido ya el paciente, la revelación de todos los detalles sobre su salud es compatible, a mi juicio, con el juramento hipocrático. El médico personal de un jefe de Estado o de Gobierno, si opta por la revelación, debe pecar de discreto en lo referente a la información no médica y elegir las palabras con cuidado. Es además preferible publicar en una revista profesional, donde se siguen criterios de objetividad con la revisión por colegas y no hay ninguna posibilidad de que el médico obtenga provecho de la revelación.
En cuanto a lo que debemos esperar de los médicos personales de los jefes de Estado o de Gobierno mientras sus pacientes aún viven, una directriz debe ser que los médicos personales no mientan o engañen conscientemente si hacen declaraciones públicas sobre la salud de sus pacientes. Hacerlo debilita la confianza pública en la integridad e independencia de la profesión médica. Un médico personal no tiene una autorización para descubrir que su paciente se niega a sancionar, pero el poder que sí tiene –un poder del que muchos médicos han hecho uso en el pasado– es el derecho a guardar silencio cuando su paciente quiere que engañe. Sería prudente que la orientación de la profesión reconociera esto y recomendara a los médicos personales no firmar ningún boletín médico sobre el estado de sus pacientes. Que lo haga el paciente o su gabinete privado, o que se busque otro médico. l

* Fragmento del libro En el poder y en la enfermedad. Enfermedades de jefes de Estado y de Gobierno en los últimos cien años.