El largo brazo de Assad

Miles de sirios se refugian en Líbano. Huyen de la represión desatada por el régimen de Bashar al-Assad. Sin embargo, en este país son perseguidos por los aliados del dictador sirio, como Hezbolá. Activistas en el exilio coinciden en que la revuelta en Siria derivó ya en una guerra civil y que, pese a que el régimen de Damasco está herido, aún tiene la fuerza para resistir.

TRÍPOLI.- “Yo corría, tratando de escapar de los tanques que nos atacaban. Cuando llegué a un crucero recibí dos tiros en la pierna izquierda y caí. Un amigo se detuvo para ayudarme. Los francotiradores le dispararon tres veces y una bala le dio en la cabeza. Murió en mis brazos. Su nombre era Hassan Matar.”

Abu Hamsa, un activista de 25 años (cuyo nombre real se mantiene en el anonimato por razones de seguridad, al igual que los de las personas entrevistadas en este texto), se afana en hacer un vívido recuento de los acontecimientos del pasado 17 de diciembre, cuando fue herido durante los choques entre las fuerzas sirias de seguridad y los manifestantes en la ciudad de Qusayr, ubicada en la frontera de Siria con el norte de Líbano.

Junto a Abu Hamsa dos de sus compatriotas guardan un respetuoso silencio mientras escuchan la historia: “Sucedió alrededor de las tres de la tarde. Yo permanecí tirado en la calle durante cuatro horas, con mi ropa empapada en sangre y haciéndome pasar por muerto, para evitar que los francotiradores siguieran disparándome”.

Al oscurecer, su hermano tuvo la posibilidad de lanzarle una cuerda desde la esquina de la calle y arrastrarlo hasta sacarlo del crucero. El hospital de la ciudad estaba ocupado por los shabbiha, las milicias sirias leales al régimen de Bashar al-Assad, por lo que la familia de Abu Hamsa decidió enviarlo a Líbano.

Luego de cambiar seis veces de automóvil y nueve horas después de que fue herido, llegó a la ciudad libanesa de Halba, donde fue sometido a cirugía. Hoy es uno de los 30 sirios atendidos en Dar el Zahra, un hospital privado de Trípoli cuyo último piso es manejado por la Comisión Superior de Apoyo a los Sirios (HCFSR, por sus siglas en inglés), una organización caritativa vinculada con el Consejo Nacional Sirio (CNS), principal órgano político en el exilio que se opone al régimen de Damasco.

Los pacientes ahí son civiles, activistas y soldados del Ejército Sirio Libre (ESL), todos heridos durante los 11 meses del levantamiento popular que intenta derrocar al presidente Bashar al-Assad y que ha causado ya la muerte de más de 5 mil civiles.

 

Trabajo sucio

 

De acuerdo con la HCFSR, desde mediados de diciembre el hospital ha atendido a más de 142 sirios, todos heridos de bala. Uno de ellos es Abu Suleiman, un joven de 27 años originario de Bab Amr, el principal reducto de la oposición en Homs. Este decorador de interiores se unió al ESL en abril pasado, luego de que su barrio fue sometido a un intenso ataque por parte de fuerzas combinadas de los shabbiha, el ejército y el Mukhabarat, el servicio secreto sirio.

Tan pronto como se enroló en el movimiento armado, Suleiman abandonó su hogar para proteger a su familia y fue a dormir con otros combatientes en casas de seguridad ubicadas en Bab Amr.

“Había algunos desertores del ejército que nos entrenaban y nos enseñaban a usar armas”, explica. “Operábamos en pequeñas unidades de 30 personas, casi siempre manteniendo posiciones defensivas y emboscando algunos puestos militares aislados”.

Herido en diciembre pasado, Suleiman fue operado en Bab Amr antes de ser transferido a Trípoli por razones de seguridad.

Con una población mayoritariamente sunita, hostil al régimen de Damasco, esta ciudad se ha convertido en el reducto de la oposición siria en Líbano, pero sus activistas y combatientes siguen preocupados por la fuerte influencia que el gobierno de Assad mantiene sobre las autoridades locales.

Hezbolá, un viejo aliado del régimen sirio, es parte de la coalición gobernante 8 de Marzo, y los disidentes se quejan de que ésta es la principal razón de que las autoridades libanesas no se muestren muy entusiastas de recibir a quienes han escapado de Siria.

Más aún, los disidentes sostienen que en los últimos meses activistas sirios han sido secuestrados en Líbano y enviados de regreso a Siria, y acusan a Hezbolá y al Partido Social Nacionalista Sirio local de hacer el trabajo sucio para el régimen de Damasco.

Suleiman está muy consciente de esta situación. “Siempre trato de ser cuidadoso y evito salir del hospital”, explica. “Sí, esto nos preocupa. ¿Pero qué podemos hacer?”.

“A la gente que ha escapado de la represión del régimen sirio el gobierno libanés no le ha dado asistencia ni concedido el estatuto de refugiado. No hay comida, ni ropa, ni nada”, lamenta Abu Omar, un veterinario sirio que dejó su trabajo en Arabia Saudita para ayudar a sus compatriotas. “La HCFSR está sosteniendo todos los gastos a través de donaciones privadas y con la ayuda de algunas ONG extranjeras”, agrega.

Hasta ahora, la organización ha registrado en Líbano a poco más de mil 500 familias, pero Abu Omar cree que el país alberga actualmente a unos 20 mil refugiados. “Muchos de ellos temen mostrarse en público. Temen por su seguridad. No quieren dar sus nombres, por miedo a acabar en manos del gobierno”, dice y añade que su familia, originaria de la localidad de Baniyas, se encuentra ahora escondida en Siria. “Me gustaría traerla aquí, pero temo que la puedan matar al intentar cruzar la frontera”.

Om Salim, una joven de 27 años proveniente de Homs y que ahora trabaja como voluntaria en el hospital, no tuvo este problema. Se mudó a Líbano el 10 de octubre, después de que su marido fuera muerto durante las protestas y su hermano, el famoso activista Abu Jaffar, entrara en la clandestinidad. “La situación –dice– se había vuelto insostenible. El Mukhabarat nos acosaba constantemente, llegando a la casa en busca de mi hermano”.

Junto con su hijo de dos años, su madre y la familia de su hermana, ella vive ahora en una casa de los suburbios de Trípoli donde batalla para adaptarse a una vida nueva.

“Nuestros vecinos dicen que los precios han subido debido al flujo de refugiados, y que nos regresemos a Siria. A mí me gustaría regresar pronto, pero me temo que tendremos que quedarnos aquí por algún tiempo”, lamenta.

 

“Carta sectaria”

 

Otro sirio que está tratando de acoplarse a una nueva vida es Mohammed Ismail, un exsoldado de 23 años que desertó de las Fuerzas Armadas Sirias el 12 de octubre, a unas semanas de concluir su servicio militar. En los meses previos, participó cuatro veces como francotirador en las protestas de Homs.

“Éramos seis, y nuestra tarea era proteger a las fuerzas de seguridad que operaban sobre el terreno y aplicar el toque de queda impuesto a la ciudad. Estoy prácticamente seguro de que herimos y matamos a algunas personas, al disparar de manera indiscriminada en la oscuridad”, admite.

Ismail asegura que les dijeron que quienes protestaban eran agentes extranjeros provenientes de Arabia Saudita e Israel, y que sólo se dio cuenta de lo que realmente estaba pasando en la ciudad fronteriza de Tel Kalah, donde tuvo la posibilidad de entrar en contacto con la gente.

“Durante las manifestaciones yo oía consignas de libertad normales, y escuchaba que la gente nos preguntaba: ‘¿Por qué nos disparan? ¿Qué hemos hecho para merecer este trato?’”, explica Ismail. “Hablé con tres amigos míos del ejército, de plena confianza, y ellos compartieron conmigo la misma preocupación”.

Convencido finalmente de que estaba disparando contra manifestantes inermes, trató de incorporarse al ESL, al tiempo que ayudaba a algunos civiles a escabullirse de Siria, desviando a las patrullas militares fronterizas que él mismo conducía. Atrapado in fraganti cuando ayudaba a dos sirios a atravesar el río que delimita la frontera entre Siria y Líbano, recibió un tiro en el hombro izquierdo por parte de los soldados y tuvo que cruzar hasta la otra orilla para salvar su vida. Ahora se recupera en Trípoli, donde vive junto con otros 12 sirios en una casa de cinco habitaciones proporcionada por una organización humanitaria.

En cuanto a su experiencia en el ejército, de lo único que se arrepiente es de no haberlo abandonado antes. “Pero no podía entender lo que estaba pasando. Tras el inicio del levantamiento, en los cuarteles se prohibieron los teléfonos celulares, y las únicas noticias que podíamos escuchar eran las que transmitía la agencia nacional de prensa”, se justifica.

En Trípoli, Ismail estableció contacto con el ESL y ahora espera a que su hombro sane totalmente para incorporarse a las filas de los rebeldes. Como a muchos disidentes sirios, a este exsoldado también le gustaría que la comunidad internacional estableciera una zona de restricción aérea, que permitiera al ESL crear áreas de seguridad para albergar y entrenar a combatientes como él. “La OTAN intervino en Libia al principio de la rebelión. Nosotros estamos ahora en el undécimo mes del levantamiento y, después de miles de muertes siguen contemplándonos”, apunta.

Muchos aquí comparten la urgencia de Ismail: en privado, los disidentes sirios reconocen que la lucha contra el régimen de Assad va a ser larga. Además, en varias ocasiones durante la revuelta, el gobierno ha jugado la “carta sectaria” advirtiendo que su caída podría conducir a una guerra civil entre las diferentes comunidades que habitan Siria. Siempre influido por los acontecimientos que ocurren del otro lado de la frontera, Trípoli ya está sintiendo sus efectos.

El levantamiento sirio ha revivido viejas tensiones entre los sunitas y alauitas libaneses, comunidad esta última de la que proviene la familia de Assad y que, por lo tanto, teme represalias de la mayoría sunita en caso de que caiga el régimen sirio.

Si bien los activistas intentan minimizar este riesgo atribuyéndolo a la propaganda gubernamental, en Siria hechos inquietantes como los secuestros sectarios entre los sunitas y alauitas de Homs empiezan a crear preocupación.

“Si el régimen dimite rápidamente, no tendremos ninguna guerra civil”, replica Om Salim, tratando de conjurar sus propios miedos. “Yo soy sunita y tengo amigos alauitas que se han sumado a las protestas y han ayudado a los heridos”.

No obstante estas historias individuales, la mayoría de los alauitas y sunitas sirios se ha alineado respectivamente con los bandos en pro y contra de Assad, lo que ha incrementado la posibilidad de que se desaten actos de venganza. Los disidentes sunitas dicen con amargura que los mejores puestos gubernamentales en Siria están reservados a los alauitas, lo que agrega una dimensión económica y social a la brecha ya existente entre las dos comunidades.

Sin embargo, por ahora este problema ha sido hecho a un lado ante el apremio de derribar al régimen, el objetivo explícito de todos los disidentes que se encuentran aquí. Conformarse con menos que la captura y el juicio de Assad no parece una opción para nadie. “Perdonaremos a Assad si devuelve los 6 mil mártires que ha matado”, dice Abu Hamsa con ironía.

Pero ganar lo que rápidamente se está convirtiendo en una guerra real puede constituir una enorme tarea para un ejército rebelde, cuyas acciones militares todavía se circunscriben a proteger civiles y mantener posiciones defensivas.

“Derrocar a Assad tomará tiempo”, concede Suleiman desde su cama de hospital. “El régimen es fuerte y todavía tiene apoyo. Pero al final habremos de imponernos, inshallah”. (Traducción: Lucía Luna)