La noticia de que la toma de posesión del nuevo arzobispo de Guadalajara, José Francisco Robles Ortega, se celebrará en el estadio 3 de Marzo, propiedad de los Tecos de la Universidad Autónoma de Guadalajara (UAG), tiene un inocultable significado político. Por lo demás, si alguien va a salir beneficiado con ello serán precisamente los dueños de la esa universidad privada; no así la curia católica tapatía. Y ello porque mientras los anfitriones del cambio eclesiástico saldrían legitimados ante la grey católica, el cardenal Robles Ortega se vería asociado desde un principio –aun cuando dicha asociación sólo se dé en el plano de lo simbólico– con una agrupación política identificada tradicionalmente con la derecha más recalcitrante de Jalisco.
¿Por qué para el cambio de mando en la cúpula católica de Guadalajara, las autoridades eclesiásticas que aún encabeza el arzobispo Juan Sandoval Íñiguez, no eligieron, por ejemplo, el estadio Jalisco, el cual no sólo dobla en capacidad al 3 de Marzo, sino que en repetidas ocasiones ha servido ya de escenario para ceremonias y actos masivos organizados por la propia arquidiócesis de la comarca? Éste con otra ventaja: el también llamado “Coloso de la Calzada Independencia” está enclavado cerca de las colonias populares. El actual vocero de la mitra tapatía, el presbítero Antonio Gutiérrez Montaño, no dice nada al respecto, pues se ha limitado a decir que el relevo arzobispal tendrá verificativo en el estadio de los Tecos “el próximo martes 7 de febrero, a las 17:00 horas, en un acto abierto a toda la comunidad católica y a la sociedad en general” (El Informador, 2 de enero).
La respuesta a la elección del lugar tal vez haya que buscarla en el hecho de que ha sido en tiempos muy recientes cuando, luego de más de medio siglo de una particular guerra fría entre el arzobispado de Guadalajara y los Tecos, se pudieron restablecer las relaciones de entendimiento entre esos singulares adversarios, merced al homenaje que los primeros hicieran a Sandoval Íñiguez al entregarle, el 28 de octubre de 2008, la medalla Ciencia y Libertad en el Orden Eclesial (Proceso Jalisco 208). Desde ese momento el prelado comenzó a participar en actos y ceremonias organizados por los dueños de dicha universidad.
Aun cuando este ha sido un grupo ultraconservador que durante varios decenios (particularmente en los años más álgidos de la Guerra Fría) prosperó enarbolando las redituables banderas del anticomunismo, el antisemitismo, el fascismo y el ideario católico anterior al concilio Vaticano II, sus principales cabecillas tuvieron una agria serie de desencuentros hacia mediados de los años cincuenta del siglo pasado, con el entonces arzobispo de Guadalajara, José Garibi Rivera. El desafecto llegó a tal extremo que los Tecos hicieron correr una grosera habladuría: que el prelado, a quien majaderamente motejaron con el apodo de Pepe Dinamita, habría maquinado el avionazo del 2 de junio de 1958 en el cerro de Las Latillas, cerca de Tlajomulco, en el que perdieron la vida los 46 ocupantes del tetramotor Constellation XA-MEV, entre ellos dos personas estrechamente relacionadas con la cúpula directiva UAG: José María Sainz Aldrete y Dionisio Fernández.
La infamante acusación era completamente falsa, pues tal infundio respondía al conflicto y a las malas relaciones que para la fecha del accidente existían ya entre los dueños de “la primera universidad privada de México” y quien pocos meses después (para ser precisos, el 27 de diciembre de ese mismo año) sería distinguido por el Papa Juan XXIII como el primer cardenal mexicano.
Esas malas relaciones surgieron por el radicalismo del grupo directivo de la UAG y, sobre todo, por las formas violentas que con frecuencia utilizaba para intentar hacer prevalecer sus intereses. Un ejemplo de tal conducta, reprobada públicamente en su momento por el arzobispo Garibi Rivera, había tenido lugar seis días antes del mencionado percance aéreo, la noche del 27 de mayo, cuando un grupo de personeros de la UAG irrumpió violentamente en las instalaciones del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO), que por entonces comenzaba a hacer sus pininos. Dichas instalaciones se ubicaban en una finca céntrica, contigua a la plaza de la Rotonda, donde el grupo de maleantes destruyó equipo, papeles y mobiliarios de la naciente institución educativa, pues para nadie eran un secreto que los Tecos veían con muy malos ojos a sus recientes colegas, a los que consideraban una competencia inaceptable, particularmente porque tenían la convicción de que la mitra de Guadalajara había favorecido la apertura del ITESO con algo más que oraciones.
Desde ese momento fue evidente la falta de entendimiento entre la cúpula directiva de la UAG –que al amparo de autoridades de los distintos órdenes de gobierno había empezado a hacer negocios a gran escala y no siempre de la manera más ejemplar– y el alto clero católico tapatío, incluida la autoridad papal. Ello explicaría también por qué, en los años setenta y ochenta, los Tecos simpatizaron abiertamente con el movimiento cismático que encabezó el obispo francés Marcel Lefebvre. Ya para entonces, los dueños de la UAG –a quienes les dio por entregar el doctorado honoris causa a personajes tan impresentables como Anastasio Somoza y otros dictadores de Centro y Sudamérica– habían tenido que apechugar con la apertura, en 1960, de un centro de educación superior ligado directamente con la arquidiócesis tapatía: el Instituto Pío XII, que una década después devino Universidad del Valle de Atemajac (Univa).
Las cosas no mejoraron con la jubilación de Garibi Rivera, en 1969, ni con el gobierno arzobispal de sus dos sucesores siguientes: el jalisciense José Salazar López y el guanajuatense Juan Jesús Posadas Ocampo. Fue hace unos pocos años cuando el ahora saliente arzobispo Sandoval Íñiguez decidió (¿espontáneamente o por instrucciones de las nuevas autoridades del Vaticano?) acercarse a los Tecos y llegar a un entendimiento con ellos. Por esas mismas fechas, los entonces diputados locales discurrieron que el Congreso de Jalisco rindiera un homenaje a la UAG con motivo de su septuagésimo aniversario y por tratarse de la universidad privada más antigua del país.
A esta cargada a favor de los Tecos no fueron ajenas las actuales autoridades de la universidad pública de Jalisco, la otrora “socialista” Universidad de Guadalajara, cuyas autoridades formales y fácticas (léase el rector general sustituto Marco Antonio Cortés Guardado y el exrector Raúl Padilla López, cacique y mandamás de la UdeG) hicieron publicar en los diarios de la localidad, dando con ello una vuelta ideológica de 180 grados, una esquela para hacer explícitas sus “condolencias” por el deceso, el 4 de julio de 2010, de Antonio Leaño Álvarez del Castillo, quien como pionero y rector vitalicio de la UAG fue considerado durante muchos años como la antípoda de la UdeG y de todo lo que ésta representaba. Vale decir que durante los funerales del susodicho, la persona encargada de oficiar la misa de cuerpo presente en la basílica de Zapopan fue el arzobispo Juan Sandoval Íñiguez, quien llamó al finado “buen cristiano y un luchador (sic) en el campo de la educación” (El Occidental, 5 de julio de 2010).
Tal vez sea en este reacomodo de las fuerzas vivas de Guadalajara donde se deba ver la toma de posesión del nuevo jerarca católico tapatío, anunciada para llevarse a cabo en el coliseo mayor de la UAG: el estadio 3 de Marzo, un sitio pagano que el próximo 7 de febrero habrá de convertirse en catedral por obra y gracia del arzobispo que se va (el cardenal Juan Sandoval Íñiguez) y con el consentimiento tácito del que llega (el ídem José Francisco Robles Ortega).