Grandes cardillos

Las disputas y controversias entre Diego Fernández de Cevallos y Vicente Fox, lo propio con Porfirio Muñoz Ledo y Cuauhtémoc Cárdenas, no menos entre Esteban Moctezuma contra el guanajuatense o las alusiones entre Roberto Madrazo y Manuel Bartlett y Francisco Labastida y sus cohortes, todos contra todos, denostando o denigrando al adversario o enemigo o adulándole a medias y menoscabándole más.
Porfirio Muñoz Ledo, agudo ironista, inventor pronto de gracejos y motes o relator de sucedidos con anotaciones de malicia y de picardía, pidió que se estableciese una tregua entre estos combatientes por la propia gloria o por la ruina ajena. Carlos Fuentes, escritor de alas y garras, dice aquí en Proceso que supone que el vástago –otro– de un mexicano notable, Jesús Silva Herzog, puede ser sujeto de preferencias o de coaliciones para la fantaseada sucesión presidencial del no menos mítico año 2000, y también califica a los demás.
Para deteriorar la personalidad, para indicar que los adversarios son personas de mala ley, despilfarradores o saqueadores de erarios o fondos públicos, en estas horas se están achacando abusos en gastos de propaganda directa o subliminal, para que los ciudadanos crean que son promotores de ingresos turísticos o simplemente para “venderse” como mexicanos que sí saben y sí pueden gobernar a los demás, por presuntas superioridades o habilidades políticas.
Moctezuma Barragán expresa indignación porque Fox gasta “recursos multimillonarios” al tiempo que en Guanajuato, a pesar de lo que sostiene el gobernador itinerante, no se han erigido escuelas en el último año, el estado padece hacinamientos y analfabetismo más allá de 41% y del promedio nacional. Fox dice que la pobreza es responsabilidad de Moctezuma. Y por allí.
Muñoz Ledo publicitó su candidatura, la formalizó, entre miembros de otros partidos de oposición y expresó, otra vez, que no se trata de aniquilar enemigos, sino de superarlos. Por supuesto, insistió en alianzas y acuerdos para fiscalizar gastos de campaña, o evitar el uso de dineros públicos para inversiones electorales, equidad en información, segunda vuelta presidencial y para imponer el derecho de coalición.
Estas personas mexicanas, de tiempo atrás o recientemente, como el creído Fox (ya piensa en su apariencia para la toma de posesión, con botas o sin botas o sin botas rotas, y eso que él tiene fábrica), padecen hambruna de poder total. Sufren capitellumitis, o sea, inflación de gana de ser cabecillas, que en español se llaman caudillos.
Se hacen creer, se creen, les hacen creer, que en ellos encarnan capacidades, virtudes, sapiencias, arrojos, talentos, carismas, que nadie posee o que nadie como ellos los tendrá en el año próximo o en los cinco siguientes. “Tú eres el bueno o el mejor”, “Nadie como usted”, “El más dotado”, o el “non-pelustra” como dijo aquél.
Pero la propuesta de alianzas, de otros juegos políticos, el cambio de relaciones sustantivas en México, el desalojo fundamental del priato de la Presidencia o de las legislaturas, alborota hoy. Aunque temen que si se hacen esos cambios entre diputados de oposición, el Consejo de Ancianos, Senado de la República, impida o altere esta jugada democratizante.
Fox pide condiciones valederas en aquel presunto caso; declara a esta revista: debe ser fruto de un proceso maduro; establecer plataforma común y garantizar limpieza en la logística para obtener resultados creíbles y admisibles. Las metas son claras: sacar a una dictadura que sigue aferrada al poder y formar consenso, según dijo.
En el acontecimiento de que el PRI no fenezca por pleitos internos o por votaciones en su contra en estos tiempos o en el acontecimiento de que sola o aliada la oposición se meta a Los Pinos, el gobierno renovado o el nuevo de oposición encarará situaciones prohijadoras de desgobierno, crisis y violencias dolorosas y beligerantes. Ninguno es caudillo de nada o de nadie.
Son cardillos, destellos de agudeza, osadías, delirios de ricos o de pobres. Eso sí, grandes cardillos, por ahora. A fin de siglo se necesita una gran dosis de egolatría y de miles de ilusos o de mensos para buscar caudillo o jefe. Para ser cardillo, bastan publicistas y mentiras o delirios de consumo.