“El conspirador”

John Wilkes Booth asesinó al presidente Abraham Lincoln y fue abatido durante su captura, pocos días después; pronto se supo que un grupo de confederados había conspirado durante meses en la casa de huéspedes de la viuda Mary Surrat. El juicio, impuesto por un tribunal militar con ánimo de declararla culpable de antemano, y la defensa, primer caso del joven abogado yanqui Frederick Aiken, héroe de guerra, son hechos poco conocidos de la historia estadunidense, dentro y fuera del país.

Este episodio, justo al final de la Guerra de Secesión, lleva la marca de la arbitrariedad y el abuso de la ley justificado con la razón de Estado: consolidar la paz y sostener a un gobierno en el poder. El material era irresistible para Robert Redford, actor y director bien conocido por su posición anti conservadora; El conspirador (The Conspirator; E.U. 2010) no resiste la tentación de brindarse como lección histórica frente a los excesos de la última década; Guantánamo y Abu Ghraib resuenan en la mente del espectador mientras la cámara recorre la prisión de alta seguridad. Pero, aun más irresistible, es el dato del epílogo: Aiken (James McAvoy) terminó como editor del recién fundado Washington Post, el diario que un siglo más tarde contribuiría a la caída del presidente Nixon.

El contenido histórico político era enorme, las secuencias del asesinato de Lincoln a la manera de D. W. Griffith, planos como el detalle del arma son idénticos a El nacimiento de una nación, pero Redford opta por la verdad del corazón, el dolor de la derrota de los sureños y el sacrifico de una madre frente  al pragmatismo político. El problema es que la dimensión psicológica no logra enraizarse debido a una supuesta fidelidad histórica: la duda y la ambigüedad acerca del grado de culpabilidad de Mary Surrat (Robin Wright). Frederick Aiken rechaza desde el principio defender a una mujer que de antemano considera criminal y mentirosa, pero termina defendiéndola cuando constata las trampas y la corrupción del tribunal militar. Su conversión proviene más de la defensa de los principios constitucionales que de un descubrimiento de la cualidad humana y auténtica de la viuda desamparada dispuesta a todo por defender a su hijo.

James D. Solomon, guionista de la cinta, llevaba 18 años investigando el tema, la montaña de información aplasta a un drama que no tuvo tiempo suficiente de madurar, de ir más allá de una premisa moral con la que cualquiera está de acuerdo: el derecho debe prevalecer incluso en la defensa del peor criminal.

No hay duda que Robert Redford es un buen director de actores como lo mostró en sus primeros trabajos, Gente como uno (1980) o Quiz Show (1994), el reparto de El conspirador (que debería traducirse, obviamente, como ‘la conspiradora’) es estupendo, lástima que la franja de conflicto sea tan estrecha para cada personaje. Abnegación y estoicismo para Mary Surrat; fidelidad al principio del derecho y heroísmo patriótico en el defensor. El único que se salva es el senador Reverdy Johnson, el británico Tom Wilkinson hace milagros con su papel de un pragmático defensor del derecho, en los peores tiempos. Pese a sus fallas dramáticas y a su fotografía preciosista, esta cinta ofrece mucho que ver, aprender y discutir.