El actor Pedro Armendáriz falleció de cáncer en Nueva York el pasado 26 de diciembre, a los 71 años, y aquí se le recuerda con el prólogo que el dramaturgo, novelista, periodista y guionista Vicente Leñero escribió para el libro Pedro hijo de Pedro, de Gerardo de la Torre, presentado en el Festival Internacional de Cine de Guadalajara en 2006, donde se le rindió un homenaje por su trayectoria y recibió el Mayahuel de Plata.
Pedro, hijo de Pedro; compañero de sus compañeros y amigo entrañable de sus amigos. Estas son las características esenciales de un actor cuyos éxitos no han interrumpido jamás su bonhomía. Los gremios de la comunidad cinematográfica, televisiva, teatral, lo saben porque han experimentado de cerca su generosidad, su gana de que el mundo del espectáculo y del arte se desarrolle y progrese, se amalgame y se desprenda de la amenazante mediocridad. La influencia social que se ganó como mérito propio a punta de trabajo, ese poder de convencimiento y esa simpatía instantánea que le permiten codearse lo mismo con políticos que con empresarios, con líderes de opinión o con hacedores y colegas de la actividad artística, ha sido puesta siempre al servicio de quienes carburan un proyecto, de quienes inician una aventura, de quienes meten su inteligencia o su talento dentro de la olla hirviente de una causa cultural. Se dice pronto, y de muchos, pero pocas veces con la exactitud de esta vez: Pedro es un hombre lo que se dice bueno, y de ley. Y tiene una virtud que la lámpara de Diógenes no alumbraría fácilmente en esta comunidad repleta de víboras y tiburones: no tiene envidia de nadie. En el chismorreo de las conversaciones que con tanta frecuencia practica, el amigo Pedro, el tío Pedro, Petrovich, nunca zahiere a sus colegas, jamás codicia los éxitos ajenos, ni en broma desmerece al que ha triunfado bien. Comparte, reparte, ayuda. Tiende la mano, a veces hasta la generosa billetera, y levanta al tumbado y hace sonreír al deprimido. Con su lealtad y su eficacia consigue lo que otros no alcanzan con la jactancia o la zancadilla, métodos habituales para encaramarse en los capiteles de la fama. Y es que la fama no le vino a Pedro de gratis. De su padre famosísimo heredó más bien el desafío de hacerse actor –si aceptaba ser actor, él iba para arquitecto– a fuerza de enfrentarse a una cámara, a un público expectante, y meterse en eso que llaman la piel de los personajes. En el compartir con los compañeros de reparto y con los miembros del staff el espíritu que exige toda aventura, este actor de veras nato, desenvuelto e hiperactivo porque nunca nadie le amarró las manos ni le tapó la boca, acertó a develar para sí mismo las claves de la actuación. Todo entonces le resultó cómodo, alcanzable, como si de aquella herencia paterna asumida sin retobos patricidas le llegara una sabiduría esencial necesitada solamente del sí que tiene que pronunciar todo actor –todo ser humano al fin de cuentas– cuando lo impulsa la pasión por ser, en la vida y en la profesión, lo que se necesita ser.
En el marco del homenaje con que lo aplaude hoy el Festival de Guadalajara, este libro representa un testimonio franco de Pedro Armendáriz. El macizo escritor que es Gerardo de la Torre trama en sus páginas un intenso perfil biográfico, y una copiosa colección de fotografías describe en disolvencias y cortes directos la carrera de Pedro por la vida y por la rica talacha profesional.
Se felicita al actor. Se abraza al amigo. Se ovaciona al hombre.








