La Venus martirizada

PARÍS.- Saartje Baartman es la figura clave de Exhibiciones. Los curadores de la muestra le dedican una sala entera: retratos, fotos, documentos, pinturas, carteles, recortes de prensa y caricaturas cuentan su vida trágica.
El destino de esa jovencita negra de Sudáfrica, que muy a su pesar se dio a conocer en toda Europa bajo el nombre de Venus Hotentote, es representativo del trato despótico e inhumano que el occidental prepotente del siglo XIX infligió a quienes consideraba seres inferiores, “vestigios de razas en vía de desaparición” y “eslabones perdidos entre los hombres y los primates”.
Saartje nació en 1789. Pertenecía a la etnia khoikhoi y se llamaba Sawtche. Según sus biógrafos sobrevivió de milagro al aniquilamiento de su familia y de su comunidad realizado por los boers, colonos holandeses. Se casó a los 14 años y tuvo un hijo. Su marido murió a manos de los blancos; su hijo, de hambre y enfermedad. Sawtche huyó de la tierra de los khoikhoi y empezó a trabajar como sirvienta, pero su amo no tardó en venderla a un hermano suyo, Hendrick Caezar.
A éste le fascinaba la anatomía de Sawtche. Al igual que muchas mujeres de su comunidad, la joven presentaba una hipertrofia bastante pronunciada de los músculos glúteos. Por si eso fuera poco, siguiendo la costumbre de su pueblo, desde muy temprana edad había alargado los labios de su órgano genital que alcanzaban un tamaño insólito.
Su destino cambio una vez más cuando Hendrick conoció a Alexander Dunlop, un aventurero que había renunciado a su profesión de cirujano en la marina británica.
Dunlop convenció a Caezar de que exhibir a la Venus Hotentote en Europa era un negocio redondo. Éste le prometió a Sawtche que se casaría con ella después de que regresara de Europa y cambió su nombre por Saartje. La joven tenía 16 años y no tenía la menor idea de lo que le esperaba. Los tres llegaron a Inglaterra a principios de 1800.
Entonces Sawtche-Saartje empezó un nuevo vía crucis. Fue de inmediato bautizada y se convirtió en Sarah. Caezar y Dunlop la presentaron casi desnuda ante un público a la vez espantado y excitado por su físico. Las salas de espectáculo eran sórdidas. La asistencia la insultaba o se mofaba de ella. Hendrick la obligaba a cantar, gruñir y bailar. A veces la exhibía en una jaula. La fama de Sarah creció en todo el país; también su sufrimiento, que se prolongó durante seis años.
Una asociación de lucha contra la explotación de la gente de color tomó su defensa y lanzó una acción judicial contra Caezar y Dunlop. Fue en vano. La joven estaba sujeta al yugo de sus amos. Dunlop optó por casarse con ella. Así, con ese escudo legal, pudo explotarla a sus anchas.
Siguieron otros cuatro años de giras agotadoras por toda Inglaterra. Finalmente, después de una noche loca de juegos en la que lo perdió todo, Dunlop pagó su deuda al concederle el “contrato de explotación” de Sarah a un francés apodado Réau.
Los biógrafos de la desdichada venus negra aseguran que el tal Réau era un aristócrata arruinado por la Revolución Francesa que se ganaba la vida exhibiendo osos amaestrados.
Sarah y su nuevo amo llegaron a París en 1814. La joven prosiguió en su descenso al infierno: presentaciones en ferias ante una plebe despiadada, exhibiciones en salones elegantes en medio de carcajadas y gritos de falsa indignación, así como larguísimas sesiones con científicos que la “alquilaron” para poder observarla de más cerca. A pesar de sus esfuerzos y de su insistencia, los honorables académicos nunca lograron que destapara su sexo. Fue la única victoria de la venus martirizada.
Extenuada, desesperada, más solitaria que nunca, Sarah buscó alivio en el alcohol y la morfina. Acabó ganándose la vida como prostituta. Falleció de neumonía el 29 de diciembre de 1815. Tenía solamente 26 años.

Un símbolo

La epopeya atroz de Sarah Baartman distó de terminar con su muerte. Réau vendió su cadáver al famoso naturalista francés Georges Cuvier, quien sacó amplio provecho de su adquisición. Después de mandar a hacer un molde del cuerpo de la mujer para realizar una escultura de tamaño natural, el científico realizó una disección exhaustiva del cadáver.
Se concentró particularmente en su trasero, cuya “masa gelatinosa” (sic) no logró identificar del todo. Extrajo su cerebro y su sexo, los cuales conservó en frascos de formol. Hasta 1976 el esqueleto de Sarah fue expuesto junto con su escultura; primero en el Museo de Historia Natural, y luego en el Museo del Hombre. Después quedó guardado en un oscuro sótano.
El destino a veces depara sorpresas. En 1832, después de la muerte de Cuvier, la comunidad científica francesa decidió conservar el cerebro del eminente naturalista. Éste se guardó en un frasco de formol que se colocó al lado del de Sarah.
Gracias al fin del apartheid y a la lucha del pueblo khoikhoi finalmente se le pudo hacer justicia a Sawtche. En 1994 Nelson Mandela pidió al entonces presidente francés François Mitterrand la repatriación de los restos de su “compatriota”. No fue nada fácil. Los trámites duraron ocho años.
Finalmente en 2002 llegó a Sudáfrica un féretro que contenía el esqueleto, el cerebro y los órganos genitales de mama Sarah, convertida en símbolo del trágico destino de los negros sudafricanos y también de su dignidad recobrada.
El 9 de agosto de 2002 Sawtche-Saartje-Sarah fue incinerada en la tierra de sus ancestros durante una ceremonia oficial presidida por el entonces presidente sudafricano Thabo Mbeki.
En 2010 el cineasta franco-tunecino Abdellatif Kechiche inmortalizó la historia de Swatche en la película Venus Negra, cuyo papel estelar fue interpretado por la actriz cubana Yahima Torres.