HUAXI, CHINA.- Mansiones de tres pisos estilo europeo, Mercedes Benz y Audis en la cochera, educación y servicios médico gratuitos, dinero público para comida y vacaciones pagadas en California y París.
De aquel “socialismo de características chinas” que acuñara Deng Xiaoping, en Huaxi no queda ya el socialismo, sólo las características chinas…
Es la aldea más rica de China. Pertenece a la provincia de Jiansu y se ubica a 100 kilómetros al sur de Shanghái. Los ingresos de sus habitantes septuplican a los del resto del país. Además, el gobierno local les ofrece servicios sociales gratuitos y prestaciones similares a las que las grandes corporaciones otorgan a sus altos ejecutivos: vivienda, autos, vacaciones.
Aquí prolifera la desmesura. Puede verse una réplica de la Gran Muralla a la que se llega en teleférico; otras de la Torre Eiffel o del Arco del Triunfo parisinos y de la Casa Blanca de Washington. También hay una flota de 20 aviones privados; hoteles y tiendas de superlujo, un búfalo de oro de una tonelada y un rascacielos de 328 metros –como el más alto de Beijing–, inaugurado el pasado 10 de octubre para celebrar el 50 aniversario de la fundación del pueblo.
No siempre fue así. Hubo tiempos duros. A mediados del siglo pasado sus 600 habitantes tenían el bolsillo tan vacío como el estómago. En 1961 Wu Renbao fue electo secretario local del Partido Comunista. El hambre mató a dos de sus hermanos y lo convenció de que la ideología no alimenta. Su desapego a la ortodoxia le causó problemas en la etapa más difícil de la Revolución Cultural (1966-1976). En 1968 desobedeció las órdenes de Beijing y abrió una fábrica privada de aperos de labranza.
“Teníamos vigías que nos avisaban cuando llegaban los inspectores y corríamos al campo. Trabajábamos el doble que los demás: en la fábrica y en la labranza. Ese es el espíritu de Huaxi. El trabajo duro. Por eso muchos pueblos de China han intentado copiarnos, pero no han podido. No tenemos tiempo libre porque el trabajo nos hace felices”, dice Wu en entrevista.
A principios de los noventa, este emprendedor invirtió en materias primas como aluminio o cobre días antes de que cuatriplicaran sus precios. Después convirtió el centro de la aldea en un lago para vender la tierra extraída a los constructores de autopistas. Durante la reciente crisis financiera compró barcos usados a una tercera parte de su precio. Su audacia y el espíritu de la aldea apuntalaron el éxito.
Wu, quien nunca asistió a una escuela de economía pero ha hecho millonarios a sus vecinos, se ríe de los rumores de burbuja inmobiliaria que llegan desde Wall Street. La torre inaugurada sirve a su interés de potenciar el turismo, que ya atrae a 2 millones de visitantes anuales.
A sus 83 años vive en su vieja casa. Los sillones acumulan agujeros y las paredes alternan manchas de humedad con fotografías de todos los presidentes del país que han acudido a rendirle pleitesía, a pesar de que durante años quebrantó las leyes nacionales. Es, quizá, la peor casa de todo Huaxi. “Me alegra que todos se hayan enriquecido más que yo”, dice él sonriendo.
Empresa comunista
Deng Xiaoping, arquitecto de las reformas económicas y máximo líder del país desde 1978 hasta finales de los noventa, barrió con décadas de ideología cuando dijo que el gato, negro o blanco, debía cazar ratones. El pueblo de Xiaogang, en la provincia de Anhui, así como numerosos pueblos de Zhejiang y de todas partes de China se dedicaron a trastocar los rígidos postulados económicos. Eran tiempos de prueba y error, en los que China buscaba a tientas su camino sin referente en qué apoyarse. Si las cosas marchaban bien, las autoridades miraban a otro lado.
Ningún esquema funcionó mejor que el de Huaxi, que aderezó la comuna socialista con el libre mercado. Aquella fábrica de aperos de labranza se convirtió en 1994 en el Grupo Jiangsi Huaxi. Hoy factura 6 mil millones de euros anuales, tiene 30 mil trabajadores y controla 58 empresas en sectores como la siderurgia, el textil, la fibra química, el turismo, el aluminio y otras industrias pesadas.
En 1998 Huaxi fue la primera aldea en tener una empresa que cotizaba en la Bolsa de Valores china. Opera como el primer día: los beneficios se reparten entre los habitantes del pueblo, tal como hace una compañía con sus accionistas. Los sueldos van acompañados de un bono anual que cada aldeano reinvierte en 80% en su comunidad.
Yan Chen, vicesecretario del Partido Comunista, tiene 36 años y diamantes en sus mancuernillas. Reconoce que no sabe cuántos televisores de plasma tiene en casa, la cual cuenta con cuatro salones, dos jacuzzis y un gimnasio. Malvivía en 1992 en el interior rural cuando leyó en la prensa sobre Huaxi y subió a un tren. Empezó reparando autos a cambio de 200 yuanes (420 pesos) mensuales y compartiendo un cuartucho de 10 metros cuadrados. En 1997 fue admitido en el registro de población de la aldea y su destino cambió. “Venir fue la mejor decisión de mi vida. Tengo poco dinero en el banco pero me da igual, porque el pueblo me da todo lo que necesito”, afirma.
La aldea tiene censadas a 2 mil personas. Son muchos los que pretenden ingresar al registro oficial de pobladores, pero el grifo se cerró con los 300 empadronamientos de 2002. Desde entonces sólo un puñado de familias lo ha conseguido. Antes bastaba con trabajar duro y tener paciencia. Ahora se requiere aportar algo especial: un profesor universitario debe estar especializado en áreas sensibles y un millonario debe tener capital para invertir…
Lo único que falta en la comunidad es ocio. Su espíritu calvinista obliga a trabajar siete días a la semana y los restaurantes cierran a las nueve de la noche. Los más reacios al espíritu de la población reciben un curso gratuito de motivación con un porcentaje de éxito de 100%.
“No es aburrido. Podemos ir a las ciudades cercanas. Todos tenemos coche. Hace un par de años, el gobierno de Huaxi compró un centenar y los repartió. Cuando voy a las discotecas de Shanghái y digo que soy de Huaxi no me faltan pretendientes”, revela Feng, una joven pizpireta y algo regordeta.
Li Yuhong, de 64 años, enjuto y venido de la provincia interior de Henan, representa en la cola del teleférico la imagen del campesinado chino: corte de pelo a cepillo, dentadura arruinada y zapatos de fieltro. “Me gustaría vivir aquí. No sé por qué ellos tienen Mercedes y yo una carreta. Bueno, sí. Ellos tuvieron a Wu”, dice.
Un oficial comenta sobre el constante peregrinar de funcionarios del Partido Comunista de todo el país para desentrañar y calcar el patrón de esa aldea. “No lo conseguirán. Huaxi sólo hay uno”, vaticina.








