De Vamos México a Vámonos de México

Siempre imaginé que las oficinas de Vamos México serían como la mansión del Ciudadano Kane con todo y su letrero de No trespassing y con Vicente Fox expirando al momento de murmurar —o silbarle— amorosamente a su mujer. Me pensé entrando al baño de esas oficinas sólo para saber cómo se siente una toalla con sobreprecio o esperando en una sala con una mesa de café llena de Bubulubus, incluso, puedo confesarles que fantaseé con que la Señora se desplazara por los pasillos, no cojeando por su rodilla antiequina, sino en una silla de ruedas eléctrica adornada como la carroza de Mamá Carlota. En esta imagen mental, Marta toca el claxon de su silla y atropella a la de la limpieza: el cambio ya no lo para nadie.

Pero lo que encontré en el rojo Pasaje Santa Fe, entre restaurantes de pasta y bifes, fue un local comercial dividido en cubículos ínfimos con luces de neón y paredes cuadriculadas, y un mostrador con un cartel: “Vamos México”, las manitas agarradas del círculo y una de ellas, sólo una, separada, sin poder agarrarse del círculo, como cuando pierdes a alguien en un naufragio. Ya ni modo. Se nos fue.

—Aquí no hacemos nada —me está diciendo una secretaria cuya hija la interrumpe en su tarea de no hacer nada para mostrarle dibujos. Las pobres, entre garrafones vacíos de agua y una pared, parecen necesitadas de la ayuda de “Vamos México”.

Yo estoy abismado. No es lo que esperaba. Pregunto, casi por compasión, por cosas que sé que le interesan a esta gente: la agenda de la Señora, el reparto de patinetas a los barrios lodosos de las ciudades, la Decimoprimera Conferencia de Esposas de Presidentes de las Américas.

—Todo lo maneja la Presidencia. Nosotros no sabemos nada, no invitamos, no estamos enteradas, no hacemos nada. Lo de las Esposas va a ser en Bellas Artes, en el Auditorio Nacional y una cena en el Palacio de Iturbide. Y eso se lo digo porque lo oí.

—¿Y están invitadas? —le digo señalando tanto a la secretaria como a su hija, hastiada de convivir tan estrechamente con su familia.

Su respuesta es una mirada. La conozco. Es el rencor.

“Vamos México” es una escenografía, ¿pero de qué? En un boletín, en la entrada, una ampliación del último cobro a “Vamos México” de la Compañía de Luz despeja al menos una incógnita. Pagan 4 mil 178 pesos de luz. No sé qué hay debajo de la escenografía, pero lo cierto es que cuesta.

¿El cambio esperado?

Mientras trato de salir de ahí, pienso lo curioso que resulta que la ubicación de una Fundación que, según su propio informe de labores, lleva donadas 866 patinetas, 1 mil 304 carritos (el diminutivo incluido), mil 460 muñecas (no sabemos por qué no donan “muñecos”, para respetar la paridad-“mexicanas-mexicanos”) y 6 millones de pesos, que se repartieron entre 17 organizaciones de asistencia social, tenga su centro operativo en la ciudad interna de los ricos y famosos, Santa Fe, la provincia del salinismo que se niega a ver a los pobres.

Salir a repartir las patinetas —supongo que irán acompañadas de algún proyecto de pavimentación de las ciudades perdidas— hasta donde están los pobres debe ser costoso. ¿Y dónde estarán los pobres? Imagino que las 83 “entrevistas” a las que ha ido Marta de Fox quedan agendadas como “reunión con los pobres extremos. Ellos vienen”.

Pero quizás estoy mirando en dirección equivocada. No sé si Marta de Fox piensa que los empresarios van a ir a comer a La Pérgola y, después de la propina, van a subir a dejarle el cambio. ¿Será ese el cambio que estamos esperando? Pero no quiero ser injusto.

Lo que “Vamos México” ha hecho en tan poco tiempo, contando sólo con el apoyo de Los Pinos, las cámaras empresariales, el comité de la presidencia de la Conferencia del Episcopado, el Tec de Monterrey, Bill Gates, Cinemark, Televisa, Tupperware, la Asociación Nacional de Tiendas de Autoservicio, y las secretarías de Estado que preside su marido, no es poco: “Se enlazó a la Universidad Panamericana con la PGR, a través de la subprocuradora Dra. Ma. De la Luz Lima. La facultad de Leyes ofreció apoyo para elaborar 5 mil testamentos para los policías con el fin de proteger a sus familias”, dice su informe.

También conoció importantes figuras en el mundo de la sociedad civil a la que La Señora quiere “conectar” —el proyecto es usar Internet, una idea innovadora y sagaz, aunque sólo lleve repartidas 129 computadoras— como son: Ana Botella, la esposa de Aznar, y “Reina Sofía, España” (sic), además de Hillary Clinton.

Los proyectos a largo plazo son también relevantes. Por ejemplo, los enigmáticos del programa de salud: “Evitar 457 muertes maternas; evitar 4 mil muertes de recién nacidos; evitar 12 mil muertes de niños antes de los dos años de edad”. O las ideas del programa de educación: “En un esfuerzo conjunto entre la empresa Estrella Blanca, la Fundación Vamos México y la Secretaría de Educación Pública, se inició la entrega de Autobuses Aula para comunidades marginadas que carecen de instalaciones educativas, aprovechando los camiones que ya no pueden circular para convertirlos en aulas equipadas como salones de clase. La meta inicial es de 500 autobuses, mismos que están siendo equipados con computadoras”.

No,  si por ingenio no paramos, pero no es todo en la vida de la “conectividad” de la sociedad civil. La propia creadora lo reconoció en una conferencia en el Tec de Monterrey el 16 de julio: “El conformar una fundación no es nada fácil y no solamente por los trámites legales que se tienen qué hacer, sino realmente la concepción de la misma”.

Su objetivo más amplio es, sin duda, alcanzable: “Queremos ser una organización reconocida en el ámbito nacional e internacional por su eficiencia en la promoción de programas productivos de capacitación, profesionalización y actualización de las organizaciones sociales”. Las organizaciones sociales, sin duda, ya necesitaban eso. Una organización social se lo dijo el otro día: “Ya me hace falta una actualizada”.

Fuera de lugar

Todo lo contrario de lo contemporáneo, Marta de Fox encarna lo paródico del Mientras Me Caso Extremo (una boda bien vale una campaña electoral),  la compasión como motor del acto asistencial, su “análisis” del gesto de aventar dinero desde el balcón a “los descamisados” de Evita, su postura de piernas apretadas y saludos con los deditos como demostración de La Seriedad de las Señoritas, la idea de que las mujeres ya casadas tienen que ocuparse en algo, que incluye remodelar y visitar gente (su taller de macramé tiene como testigos obligados a los secretarios de Estado).

Si Fox representa el papel del ranchero auténtico en el que la cortedad es signo de sinceridad y la inexperiencia emblema de su falta de relación con la corrupta clase política priista, su Primera Dama viene directo de dar clases en Zamora en las escuelas de los curas y se cae del caballo. Es lo contrario del presidente: la mujer fuera de lugar, sin asideros culturales de ningún tipo, con la bastedad que confundía, hace 50 años, “la educación” con las maneras autocontenidas, y para quien existe una cosa llamada “la libertad verdadera”, que es algo entre que no le rompas en la cara el diploma al que te lo está dando y el salir de la pobreza con mucho entusiasmo. Es el tipo de persona que puede mantener este diálogo con unos niños:

—¿Pero qué hacen aquí a esta hora? Ya deberían estar en sus casas durmiendo para llegar a tiempo a la escuela.

—No tenemos casa.

La otra primera dama

Una noche por fin puedo conocer a la Señora Marta. No es la extesorera de los Legionarios de Cristo en Guanajuato, ni la pariente “lejana” del padre Marcial Maciel, ni tampoco la que mexicanizó las enseñanzas de Pam Stenzel para que las jóvenes no piensen en sexo, sino en matrimonio y se desmayen, lánguidas, al decir con las hormonas hasta las orejas: “Sí, por favor”.

Es en un camerino ínfimo pero acogedor. No es precisamente Marta Sahagún, sino “Según”, la encarnación que la actriz Raquel Pankovsky ha logrado de la Primera Dama.

—Te vengo a ver —le confieso— porque a la otra, en sus propias oficinas, ni la han visto.

Se ríe mientras se maquilla al lado de Darío T. Pie, quien representa a una Patria mugrosa, violada y abortada, pacheca, mal hablada, pero llena de la sabiduría de las calles.

—Es que andaba en Sudáfrica —improvisa Raquel Pankovsky— y ya sé por qué se llama así: cómo suda una ahí. Aunque no me quejo: me costó menos trabajo llegar de Los Pinos a Sudáfrica, que de Zamora a Los Pinos.

—¿Cómo sigues de la rodilla?

—Mal. Con eso de que me la paso hincada…

Después Raquel se sorprende junto al callado Darío T. Pie que se transforma en un saco de deseos, leperadas, y contorsiones sólo al subir al escenario:

—Años y años en las telenovelas de Televisa y mira: como un fantasma pasé por ahí. Gris, gris. Un día Darío me sugiere la idea, por mi parecido con Martita, hacemos la obra y, sin cobrar, en un canal chico como Telehit, nos presentamos. Y la cosa estalla. Viene Canal 40, ustedes. Es muy divertido lo que ha pasado.

—¿La auténtica ha venido ya? —le pregunto seguro de la proverbial falta de sentido de humor de la Señora Fox.

—No, ¿tú crees? Sé que dice que lo que le molesta de mí es que la hago pasar como una pendeja, que no tiene idea de nada. Y esa sí no es mi culpa.

Sobre el escenario, tres fotos ampliadas —una, la ya célebre de Marta Sahagún cerrándonos el ojo desde la portada de Proceso—, dos sillas, y un pizarrón en el que Marta tratará de educar a La Patria y enseñarle inglés, son toda la utilería. Echa con muy poco, lo relevante son los diálogos repletos de referencias a lo que parece molestar a muchos de la esposa del presidente: su desconocimiento del país, su moralidad de catecismo, la idea de que ocupa un lugar ilegítimamente. De hecho hay una referencia a Lady Macbeth, Lady Macdonald´s.

La Marta de Pankovsky no ama al presidente, es social y geográficamente una trepadora, carga con la ridiculez de los golpes de pecho en tiempos de la pedofilia, pero no es perversa. Es ignorante, ambiciosa, ilegítima, pero carece de malicia: “Mi proyecto no es sexenal, es de por vida/ mi proyecto no es sexual, es de Pro-Vida”, canta.

Es la primera vez que el blanco de la sátira no es el presidente sino su esposa. Por lo menos otras cuatro obras han puesto al personaje en primer plano y lo que aquí aplaude el público es cuando La Quija, esa Patria astuta que hace Darío T. Pie, pone en su lugar a la Señora: “Por ponerte unos trapos ya te sientes una reina”.

Es la artificialidad lo que está en juego en el imaginario de lo que es La Sahagún: el travestismo, como hábito sin monje debajo. A lo largo de su representación esa Primera Dama obedece a las indicaciones de una grabación para hacer ejercicios aeróbicos. Raquel Pankovsky se mueve entonces como una marioneta. ¿Es la esposa del presidente sólo una apariencia para la opinión pública? ¿Alguien que quiere llevar a cabo una labor de salvación nacional con el entendimiento de alguien educado en los manuales de higiene, moral y buenas costumbres? ¿Una Señora que ha perdido el poco piso que conocía para volar por el mundo en una actividad frenética que no tiene sentido? ¿Es alguien que quiere ser un aspa de avión y todos sabemos que no podrá pasar del aspa de una licuadora? ¿Irá a ser Carlota?

En la clave de su espectáculo, La Patria le comunica a Marta sus visiones proféticas:

—A “Vamos México” le vas a cambiar de nombre cuando termine el sexenio.

—¿Ah, sí? ¿Y qué nombre le daré?

—”Vámonos de México”.

Y el público aplaude a rabiar.