Veintiún meses después de haber entregado el poder, Ernesto Zedillo regresó sigilosamente a Los Pinos, en forma de estatua de bronce. Es una obra del escultor Ricardo Ponzanelli, quien ganó el concurso al que convocó el año pasado la Presidencia, ya ocupada por el hombre que terminó con la época de los mandatarios cuyas efigies, cada una sobre su pedestal, flanquean el Paseo de los Presidentes, en los jardines de la residencia oficial.
La idea nunca le gustó cuando todavía era presidente de la República, y cuando el Estado Mayor Presidencial le presentó la maqueta de su estatua, de inmediato la rechazó: “¡No, me parece de mal gusto!”, exclamó molesto Ernesto Zedillo.
Hoy, después de 21 meses de haber entregado el poder al primer presidente ajeno a su partido, Zedillo retornó a Los Pinos en una estatua que costó 400 mil pesos.
Fue instalada el 28 de junio pasado en el Paseo de los Presidentes, en los jardines de la residencia oficial, un día en que Vicente Fox no estaba en ella, recuerda el autor de la estatua, Ricardo Ponzanelli.
Ese viernes no hubo ceremonia ni festejo. Las grúas levantaron la escultura de bronce de 300 kilos y la subieron al pedestal. Todo en privado, sin más público que los trabajadores y el escultor.
En sus últimos días como presidente, Zedillo rechazó la idea de que una estatua con su imagen estuviera en Los Pinos o en Palacio Nacional.
Tampoco aceptó que su nombre estuviera en alguna plaza, calle o avenida del país. Era su estilo: suprimió el recorrido en auto descubierto luego de los informes presidenciales, canceló las recepciones del gabinete en el hangar presidencial cada vez que se iba o llegaba de viaje y se negó a recibir premios al mérito.
Pero ahora la imagen de Zedillo hecha bronce mira hacia la casa del poder. Y la noticia no cae muy bien a uno de los hombres más cercanos al expresidente, Liébano Sáenz:
“¡No! ¿De veras?”, prorrumpe el exsecretario particular de Zedillo cuando se entera de la noticia.
Una vez recuperado de la sorpresa, Liébano cuenta: “En su momento, el Estado Mayor Presidencial le presentó al presidente Zedillo una maqueta de la estatua y la rechazó. La idea le pareció de mal gusto. Dijo que no podía quitar las que estaban ahí, pero que no quería la suya en el Paseo”.
A Zedillo no le gustaba la idea de posar: “A lo que más accedió fue que le hicieran un retrato para el Salón Presidentes en Palacio Nacional, pero con base en fotografías, no quiso posar para el pintor (Santiago) Carbonell”, recuerda.
Y sí, ahí está Zedillo, con la mano en el mentón y una leve sonrisa que escasamente alteraba su inseparable gesto adusto; con la mirada alegre detrás de las gafas, otro gesto extraño en el último presidente priista del siglo XX, que Ponzanelli, explica, recuperó de fotos y videos.
Zedillo se encuentra, en el Paseo de los Presidentes, a un lado de la estatua de Gustavo Díaz Ordaz, frente a la de Adolfo Ruiz Cortines, pero lejos, muy lejos, de la escultura de Carlos Salinas de Gortari, quien lo eligió candidato y presidente, pero que al final terminó detestando.
De todas esas estatuas, la que menos le gustaba a Zedillo era la de Salinas. Liébano recuerda: “Cuando fue Clinton a Los Pinos, el acto se realizó en la hondonada, y como desde ahí se veía la estatua de Carlos Salinas, el presidente Zedillo la mandó a voltear”.
Se trató de una conferencia de prensa realizada el 6 de mayo de 1997, en la que Zedillo y Clinton hablaron del Tratado de Libre Comercio.
“En el acto –escribió el reportero Gerardo Galarza (Proceso 1071)– el mandatario estadunidense manifestó pleno apoyo al programa económico de su ‘amigo’ Zedillo y lo felicitó por la reforma política y por impulsar el Tratado de Libre Comercio, una de las mayores tareas gubernamentales de su antecesor, a quien ninguno de los dos mandatarios quiso mencionar.”
El Paseo de los Presidentes
Zedillo es la estatua número 11 en el Paseo de los Presidentes, proyecto inaugurado el 18 de marzo de 1981 (Proceso 244) por José López Portillo, con la idea de perpetuar “a quienes han ocupado y ocuparán –cuando menos hasta el 2000—Los Pinos”.
Y el proyecto en verdad está contemplado precisamente para 11 efigies presidenciales del mismo tamaño –2.20 metros de altura–, del período de 1934 al 2000, instaladas en una bella avenida arbolada que une la glorieta interna de Los Pinos con la Gran Avenida o circuito interno, con la Calzada del Rey.
Las primeras están en orden cronológico: Lázaro Cárdenas, Manuel Avila Camacho, Miguel Alemán, Adolfo Ruiz Cortines y Adolfo López Mateos. La colocación de esta hilera se interrumpe y la efigie de Gustavo Díaz Ordaz está del otro lado del camino, con la de Zedillo, y siguen José López Portillo y Miguel de la Madrid. Las de Luis Echeverría y Carlos Salinas de Gortari, se encuentran exactamente en la esquina contraria a la de Zedillo.
La maqueta perdida
Ricardo Ponzanelli es también autor del monumento de Manuel J. Clouthier en San Angel, y de la del guitarrista Carlos Santana, en Jalisco.
En mayo último, Ponzanelli se presentó en Proceso y preguntó por el archivo de fotos; traía entre sus manos un ejemplar de la revista con Zedillo en la portada. Vio varias imágenes y eligió un par de ellas, tomadas por Ulises Castellanos: Zedillo pensativo, recargado sobre una mesa en Los Pinos, pero con el gesto adusto de siempre, sin ninguna sonrisa. Al salir confió: “Voy a hacer una estatua del presidente”, dijo mirando otras portadas de la revista con la imagen de Zedillo.
Ricardo Ponzanelli, de 52 años, dice que hubo un concurso para construir la imagen de Zedillo y l ganó:
“Me llegó una notificación el año pasado de la Presidencia para concursar´, como ahora se hace con el gobierno panista. Antes había intentado hacer la escultura de Miguel de la Madrid, pero me mandaron a hacer soldaditos. Hice la maqueta, pero Humberto Peraza ya había hecho las anteriores y se la otorgaron. Me dijeron que no me habían elegido porque cobraba caro, pero no es cierto.”
Ponzanelli dice que ganó el concurso de dos maneras: cobrando barato y con una muestra amplia de sus obras. Esta vez le ganó a Peraza, que con el hijo de Tamaris, llegaron a la final.
“Me escogieron y cobre 400 mil pesos. Cuando me otorgaron el trabajo hice una maqueta de 35 centímetros, tome imágenes de fotos de Proceso y de videos, y me lo aprobó directamente el coronel Bonilla, asesor directo de la administración”, recuerda el escultor.
Precisa que tardó tres meses en hacer la imagen porque lo apuraron varios generales de Los Pinos, que tenían que revisar la maqueta.
“Todas las maquetas las conservan en Guardias Presidenciales, pero curiosamente no estaba la de Salinas. Me pidieron que hiciera una y con fotografías de la escultura original hice una copia casi fiel. No puse mi firma por respeto al autor.”
Al final de junio concluyó el monumento a Zedillo, hecho de bronce y un peso de 300 kilos y una altura de 2.25 metros.
“Se instaló el 28 de junio, no estaba el presidente, se escogió ese día porque se podían ocupar las grúas. No, no hubo ninguna ceremonia”, recuerda el escultor.
–¿Por qué lo puso sonriente y pensativo?
–La actitud fue tomada de un gesto muy peculiar que se repetía en las fotos y videos, era carismático y para humanizarlo más le puse una actitud que no era muy oficial, pensando, como es su trabajo.
Así, en el sigilo oficial, en una acción calificada como “administrativa” por la propia Presidencia de la República, y después de 21 meses, llegó la imagen de Zedillo al Paseo de los Presidentes. Pero no ocupó la pequeña excavación que durante este tiempo permaneció vacía y donde todos pensaban que se pondría la efigie del último presidente priista.
La pequeña excavación ubicada a un costado de la efigie de López Portillo sigue ahí. Tal vez sea destinada para Vicente Fox, siguiendo la tradición del régimen priista de inmortalizar en bronce a sus caudillos.








