“Al poeta impecable, al mago perfecto de las letras francesas, a mi muy querido y muy venerado maestro y amigo Théophile Gautier, con los sentimientos de la más profunda humildad, dedico estas fl ores enfermizas.” La dedicatoria de Las fl ores del mal, el libro que inicia la modernidad en poesía en aquel mismo 1857 en que Madame Bovary lo hace en la novela, muestra la importancia de Gautier para Baudelaire y para toda la literatura francesa que era el centro del orbe de las letras. El bicentenario de Gautier (1811-1872) es la oportunidad para releerlo o acercarse a él por primera vez. Cuando la idea misma de Europa se diría a punto de disolverse ya que el neoliberalismo logró lo que no consiguieron los ejércitos hitlerianos, pocos repararán en el autor de Esmaltes y camafeos. México, que tanto debe a sus letras, lo recuerda por la vía negativa: suprimiendo la enseñanza del francés en la secundaria, un hecho tan grave como la ofensiva contra la fi losofía. Los resultados del antihumanismo están a la vista: el nuestro es el país de los desaparecidos, de los colgados, los secuestrados, los torturados, las viudas y los huérfanos. El país del dolor, la tierra de los muertos, la inmensa fosa común que abre sus fauces sobre la nada. Sin embargo, hay que persistir y continuar hablando de libros y de poesía con la esperanza de que siempre habrá alguien que escuche, y por sí sola esa persona justifi ca todo. La importancia de Gautier El (relativo) olvido no es de hoy. Las historias literarias y las listas de grandes obras y grandes autores suelen olvidar a Gautier. Su brillo queda opacado por el resplandor de sus amigos: Victor Hugo al norte, Baudelaire al sur. Entre el Everest y el Mont Blanc no es fácil apreciar a la hermosa colina de Montmartre. A pesar de todo Gautier ha obtenido un privilegio enorme: no hemos dejado de leerlo. En España no transcurre un año sin nuevas ediciones. En el cambio de siglo mexicano Gautier atrajo la atención de las editoriales independientes: El Equilibrista publicó La novela de la momia, traducida por Tomás Segovia, y Sexto Piso rescató su Retrato de Balzac. La variedad de Gautier atenta contra su fama póstuma. Los lectores de poesía no son los mismos que aman la novela y quienes se interesan por las crónicas pueden no fi gurar en ninguno de los dos grupos anteriores. Sea como fuere, para la literatura hispanoamericana la signifi cación de Gautier es crucial: el parnasianismo que inicia en 1852 con Esmaltes y camafeos da al movimiento modernista su punto de partida. Su labor periodística es la base de una prosa que todo lo renovó en el ámbito español y desembocó en la literatura actual antes y después del llamado boom. La prosa española estaba en blanco y negro. A partir de José Martí y los otros iniciadores del modernismo se volvió prosa de colores, texturas y matices. Gautier fue uno de sus modelos esenciales. Antes de dedicarse a escribir intentó ser pintor. No llegó a serlo por causa de su miopía, enfermedad incurable que logra en los ojos de quien la padece tonalidades de pintura impresionista. Se ha vuelto famosa la anotación de los hermanos Jules y Edmond de Goncourt en su Diario del primero de mayo de 1857. Habla Gautier: “Críticas y elogios me exaltan o me hunden sin comprender una palabra de lo que soy. Todo mi valor, y nunca se habla de esto, radica en ser un hombre para quien el mundo visible existe.” Tenía 19 años cuando con chaleco rojo y pelo muy largo participó con otros indignados de París en el escándalo de Hernani. A insultos y golpes los jóvenes fanáticos de Victor Hugo hicieron triunfar el romanticismo sobre los neoclásicos conservadores y monárquicos. Folletines y folletones Al mismo tiempo se dio otra revolución: Émile de Girardin fundó La Presse, primer periódico moderno que descansaba en innovaciones tales como la prensa plana, la pluma de acero, la lámpara de gas que permitía la lectura individual, los viajes cortos en el entonces novísimo ferrocarril y los maravillosos kioscos de publicaciones en cada esquina. Para atraer a los suscriptores de que dependía como nadie antes de él De Girardin destinó la parte inferior de su diario al folletín (la novela por entregas) y al folletón (todo lo que hoy parece a punto de zozobrar bajo la expansión de la internet, los blogs y las redes sociales: el periodismo literario hecho de reseñas, crónicas, notas sobre teatro, conciertos, exposiciones). La dictadura del comentariado Gautier fue el emperador del folletón. Dejó en los periódicos material para llenar 300 volúmenes. El comentario crítico pero sobre todo informativo ya no tiene como en sus tiempos el monopolio de la palabra. Se la quitó la dictadura del comentariado al que pertenecemos todos. No hay tema sobre el que no podamos opinar y nadie nos pide credenciales ni prueba de conocimientos. El mismo horror que hoy produce apreciar en nuestros veloces comentarios no solicitados el descuartizamiento del español y el fi n de la ortografía y la sintaxis, estremeció a los poetas franceses de 1840 para quienes la defensa de la lengua martirizada por los periódicos era parte indispensable del tejido social y las aspiraciones democráticas. Walter Benjamin señala en París, capital del siglo XIX que la bohemia fue el estado intermedio entre el fi n del mecenazgo y la aparición del mercado. La bohemia duró hasta que el matrimonio y los hijos exigieron casa y comida. Como nadie iba a pagarles por sus versos los poetas ocuparon el piso de abajo, el sótano por así decirlo: el folletón. Se hicieron parte de la degradación que combatían. Trataron de exorcizarla literaturizando los periódicos y cultivaron una parcela libre de las presiones del mercado: sus poemas. El arte por el arte Torre de marfi l, arte por el arte. No la evasión imposible (nadie se salva de la historia como nadie puede nada contra el tiempo y la muerte) sino la ambición de un arte libre tanto del mercado como de la servidumbre política, de su empleo utilitario y de la moralidad institucional. Bajo el torrente de prosa de prisa, prosa veloz escrita para ser consumida y desechada al instante, Gautier y los parnasianos se empeñan en hacer versos con la calma apasionada y la furia serena del escultor. Al papel destinado a la letrina opusieron el bronce y el mármol. En “El arte”, poema que como el prólogo a Mademoiselle de Maupin es un manifi esto de combate, Gautier dice: Todo pasa. —El arte augusto Sólo alcanza eternidad Frágil busto Sobrevive a gran ciudad. (…) Los dioses mismos perecen, Mas los versos inmortales Permanecen Más fi rmes que los metales. (Traducción de Enrique Díez-Canedo) Conmueve su fe en el arte y en la poesía. Hoy sabemos que en un bombardeo aéreo el busto de mármol se hace añicos junto con la ciudad. Y los versos no permanecen: son tan efímeros como la nota en el periódico y la noticia de Yahoo que brota unos segundos en la pantalla y enseguida desaparece para siempre. De cada cien libros de poesía sólo diez se mantienen vivos al año de su publicación y nada más uno, cuando mucho, se sigue leyendo al transcurrir una década. Respecto a las estatuas, todas sin excepción están hechas para ser demolidas, pintarrajeadas, arrastradas por los suelos. Pero nuestra vanidad es tan infi nita como nuestra incurable estupidez. Ya que los funestos planes de estudio nos quitaron la posibilidad de leer en Tácito y en Suetonio cómo acabaron los emperadores romanos, nos queda a la vista el destino pavoroso de los expresidentes mexicanos. Y más visible aún el terrible fi n de Gadafi . El poder absoluto acaba siempre en el desastre absoluto. Quien ambicione el dominio y la gloria deberá tener presente siempre la imagen del exsemidiós sacado a golpes de una cloaca, martirizado, sangrante, suplicante y, última humillación intolerable, con una vara de hierro clavada en el culo. Gautier se adelantó a Wagner en el intento de hacer la síntesis de todas las artes. Si la ópera iba a unir en lazo indisoluble la música, el drama, la poesía, la danza y las artes plásticas, para el autor de Émaux et camées el texto era también un cuadro, un concierto y una representación. Las guerras púnicas y las guerras púbicas Los manuales literarios se basan en otros manuales en una sala de espejos que se repite al infi nito. “Parnasianos”, dicen, “poemas impersonales que tienen la frialdad del mármol”. No han sentido la curiosidad de hojear Esmaltes y camafeos. Gautier pensaba que el autor es un imbécil siempre pero el texto es inteligente. “Museo secreto” les responde desde ultratumba. En el límite de lo permitido que si se sobrepasaba dejaba de ser literatura para convertirse en pornografía, el poema habla en efecto de las estatuas griegas… para reprocharles a los escultores el haber omitido de su obra “el musgo leve que alfombra el monte venusino”. Y lo exalta de esta manera: Oh vellocino femenino Que segó el Arte en haz espeso: A tu raso anillado y fi no Van mis estrofas como un beso. Venguemos del heleno olvido, Del pudor de un siglo castrado, Con verso plástico y bruñido, Gran Venus, tu monte sagrado. (Traducción de Eduardo Castillo). Todos estos poemas los leían en la Isla San Louis entre dos brazos del Sena en donde Gautier, Baudelaire y otros amigos habían fundado el Club de los Hashisistas. La canabis era moneda corriente y tan bien vista que hasta el santo José Martí le consagró un gran elogio en verso en el México de 1875. Los periodistas de artículo diario como Gautier y Martí aguantaban las jornadas gracias a la hierbita y al ominipresente Vino Mariani, un tónico a base de hojas de coca (no de la cocaína que es su alcaloide). Esta bebida euforizante dio origen a la Coca-Cola. Gautier no se va de aquí. Desde su lejanía inalcanzable su obra tan vasta y tan diversa sigue lanzando sus destellos en la otra ribera del río de la muerte. (JEP)








