En Estados Unidos consideran a México un lugar ilimitado que, por inabarcable, a veces los asusta, sostiene el cronista Fabrizio Mejía en un texto que leyó el miércoles 26 en la Universidad de Princeton y del que a continuación publicamos fragmentos. En él recupera un trozo de historia que va de finales del siglo XIX a la década de los cincuenta del siglo XX; y lo hace a través de tres connotados estadunidenses que atisbaron las entrañas de nuestro país: Albert K. Owen, Ambrose Bierce y William Burroughs. Tres estampas las suyas que, describe el autor, no sólo los definen sino que también nos describen a nosotros; tres visiones desde la utopía, la violencia y el éxtasis.
Fue un presidente mexicano, Sebastián Lerdo de Tejada, quien definió la vecindad entre los dos países así: “Entre los Estados Unidos y México, mejor el desierto”. Era 1873 y todavía las heridas morales de la guerra entre ambos países afectaban el orgullo patrio de don Sebastián. Pero, para completar la experiencia de lo estadunidense en México, hay que decir algo más sobre quien acuñó esa terrible frase: Sebastián Lerdo de Tejada, tras dejar la presidencia de México, vivió durante 13 años, y hasta su muerte en 1889, en Nueva York. Para los mexicanos, Estados Unidos es lo mismo el enemigo que asecha y el sitio del refugio. Los términos que usamos en México para los vecinos del norte dan cuenta de esa relación conflictiva: los estadunidenses son los que defienden una mejor forma de vida, el confort; los gringos, por el contrario, son los que declaran guerras unilaterales. El cobijo y la fuerza, términos opuestos, son los rostros de EU en México.
(…) El territorio mexicano, siempre entre el desierto asfixiante y la jungla soporífera, ha contenido para Estados Unidos una fuerza que es el azar. En México, diría un estadunidense común, todo es posible: encontrar la fiesta o la muerte. México es lo que no está reglamentado, en donde todo es potencial y nunca definitivo: la evanescencia de lo contingente. Tres personajes muy significativos del ánimo estadunidense así lo metaforizan: Albert K. Owen, Ambrose Bierce y William Burroughs (…).
Owen: México como paraíso terrenal
El ingeniero Albert Kimsey Owen tenía 25 años en marzo de 1872. (…) Estaba en México como parte de una expedición de la compañía ferroviaria Rio Grande Railroad. (…) La expedición de ingenieros había subido por la sierra Tarahumara en la frontera y había bajado lentamente hacia una bahía que no aparecía en los mapas. Los indios mayos la llamaban Topolobampo. A pesar de ser usada por los contrabandistas y habitada por alacranes, Owen vio en esa bahía una salida: imaginó una ciudad cosmopolita que enlazara a América con China, Japón y Australia; imaginó un puerto con un intenso tráfico de trenes, barcos, mercancías; imaginó, en medio de la nada, en una bahía donde sólo crecían cactus en las rocas, una comunidad en la que los intercambios fueran entre iguales. Una ciudad sin ricos ni pobres, sin distinciones de sexo, religión o raza. Dos años después de ese encuentro con un México imaginario, Albert K. Owen conoce al matrimonio Howland, Marie y Edward, que habían participado en una comunidad igualitaria, la de André Godin en Francia, el llamado Familisterio. Los Howland habían estudiado prácticamente todas las teorías del socialismo y el comunitarismo: era posible racionalizar una comunidad de hombres y mujeres libres, socios entre sí, y prescindir de los abusivos capitalistas. Owen pensó que ese sitio existía ya, aunque no estuviera en los mapas: la bahía de Topolobampo, en Sinaloa, México.
Tan sólo tres años después, Albert K. Owen ya ha lanzado una empresa de publicidad de una ciudad que todavía no existe en un país que no conoce: “México” –escribe en los anuncios propagandísticos– “es un terreno virgen, con grandes recursos y buen clima, alejado de las influencias malignas del comercio controlado por los centros políticos mundiales. México todavía permite que las propiedades públicas estén bajo el control de los intereses ciudadanos”. Era un México más imaginado que real pues estaba en proceso de convertirse en una dictadura, la de Porfirio Díaz, que oprimiría al país durante 30 años. (…) Pero el México de Owen no era ni violento, ni autoritario, sino simplemente el paraíso en la tierra. Escribe Owen: “México no es extremoso ni en frío ni calor y está libre de enfermedades. Ahí nunca se ha conocido la fiebre amarilla, ni existen serpientes, ni mosquitos. La tierra del sur, es la tierra del sol, es la eterna fuente de calor, luz, color, crecimiento y vida. México es la tierra de la acción cooperativa y la distribución equitativa”. Nada sabía Owen de ese país al sur de la frontera en el que el 80% de sus habitantes era pobre, hambriento, y analfabeta. Esos mismos hambrientos que se levantarían en armas contra la dictadura de Díaz en 1910.
(…) Y, entonces imaginó una ciudad basada en la equidad que valorara a la comunidad por encima de la avaricia del dinero: “Los colonos serán socios dentro de la compañía con el mismo método que usaron los venecianos en 1797. La ciudad se llamará Pacific Colony que sería, según Owen, “un paraíso en cinco años, a sólo cinco horas de Nueva York, en la misma latitud que Hawaii, Calcuta, La Meca y Tebas”. Los anuncios de esta Pacific Colony comienzan a imprimirse en un periódico que dirige el matrimonio de socialistas utópicos, los Howland, con dibujos de la bahía atestada de barcos de vapor, de los colonos llevando frutas a caballo, de playas y palmeras en el paraíso. Es tan convincente la propaganda de Owen que sucede el primer desaguisado de la larga historia de la colonia estadunidense en México: sin saber que la ciudad no existe más que en dibujos, comienzan a llegar los pobladores en vapores alquilados en San Francisco. Y, así, para diciembre de 1886 ya habían acampando en la playa de Sinaloa 327 personas procedentes de California, Colorado y Wyoming. Un mes después, a inicios de 1887, llega un contingente de Nueva Inglaterra, algunos de cuyos miembros mueren por una epidemia de viruela. Comienza a hablarse del “fraude de Topolobampo” y Owen se defiende argumentando que los colonos se adelantaron a sus indicaciones, es decir, llegaron a habitar un lugar que no existía.
(…) En 1887, Owen visita su ciudad ideal y se le recibe con cantos de los niños, pero le preocupan los mosquitos. Su madre había muerto de fiebre amarilla. Marie Howland en el periódico de los comuneros explicará: “Son tan nobles los mosquitos de México que, a pesar de que zumban al oído, jamás pican, y cuando lo hacen no llevan ponzoña”. Owen no soporta ni cuatro meses en la colonia y, pretextando conseguir recursos, no volverá sino hasta cuatro años después. En ese largo intermedio, en 1890, desembarca un contingente de colonos que provienen de Kansas, liderados por Christian Hoffman, un empresario de molinos de harina y Michel Flurscheim. Los 166 colonos de Kansas no son socialistas: quieren tierras privadas para sus familias y excavan ayudados por los indios mayos con caparazones de tortugas, un canal de riego. Estos nuevos colonos no se integran a la comuna y son llamados The Kickers, los que patean el pesebre del igualitarismo de Owen. En burla, The Kickers llaman a los seguidores de Owen, The Saints. Kickers y Saints, cuyos nombres se asemejan a equipos de beisbol, se enfrentarán por el control de algo que ya no es Pacific Colony, sino la pesadilla de su sueño. Owen le plantea a su oposición: “Si no les gusta el socialismo cooperativista, váyanse de México”. Flurscheim criticará, a distancia, a un Owen ocupado en Nueva York consiguiendo fondos para instalar una vía del tren que una a esa bahía mexicana con los Estados Unidos. Lo que Flurscheim escribirá en el periódico de la disidencia, el Integral Cooperator, se dirá de todos los líderes socialistas: “Owen sólo admite la opción de retirarse a los que no están de acuerdo con su sistema autocrático”. El líder de la igualdad manda cerrar el periódico de sus críticos. Después, volverá sólo para cerrarles a sus adversarios de Kansas el acceso al agua de riego cuyo canal ellos mismos construyeron. Los mata de sed. Es en 1893 que los enemigos de Owen abandonan la ciudad ideal. Lo extraño es que también lo hacen el propio Owen y Marie Howland, cuyo marido había muerto en Sinaloa. El paraíso se termina cuando los colonos pierden la concesión de la dictadura de Porfirio Díaz sobre las tierras de la bahía de Topolobampo. Díaz, enterado de los pleitos entre los estadunidenses, les cede la propiedad a los grandes terratenientes azucareros de la región. El último episodio de Pacific Colony, la ciudad cosmopolita y justa, la fantasía de una salida del capitalismo competitivo y corporativo, es el desalojo de las familias estadunidenses por la policía mexicana. (…) De los estadunidenses desalojados, poco se sabe: algunos regresaron a los Estados Unidos, otros, se quedaron en los pueblos vecinos a Pacific Colony, aprendieron español, se enamoraron de indios mayos, se vieron envueltos en la Revolución Mexicana. Albert K. Owen nunca regresó a México. Los mosquitos, lo sabía, eran igual a los del resto del mundo.
Bierce: México como suicidio
Entre 1883 y 1910 una debacle mayor ocurre en la vida del escritor Ambrose Bierce. Ese año se separa de su esposa, Molly, después de haberle encontrado una carta de amor de un actor danés. En 1889, tan sólo seis años después, el hijo mayor de Bierce encuentra a su amante, la voluptuosa Eva Atkins, en la cama con su mejor amigo, Neil Hubbs, les dispara a los dos y, luego, se suicida. (…) En esos años, Bierce trabaja para William Randolph Hearst, el magnate de los periódicos, y le ayuda en su campaña para que el presidente McKinley desate la guerra contra España. (…) En la Navidad de 1901, el segundo hijo de Bierce muere de neumonía por quedarse dormido de borracho en las calles de Nueva York todavía con un costal de juguetes por repartir a los niños. Seis meses después, el presidente McKinley es asesinado. Bierce y Hearst son acusados por la opinión pública de instigar el odio con sus textos en los periódicos. La carrera de Hearst hacia la senaduría por Nueva York queda truncada. (…) Sin trabajo y sin casa, el escritor deambula entre San Francisco, Nueva York y Los Ángeles. En 1905 su exmujer, Molly, muere de un infarto. Ambrose Bierce se ha quedado solo en la tierra. La única de sus hijas sobrevivientes, Helen, está casada y no se han visto en 10 años.
(…) Es ese abandono crucial el que señala sus actividades entre 1906 y 1910: recopila sus aforismos en El diccionario del diablo, que se publica bajo el título de The Cinic Word Book y publica 12 volúmenes con sus cuentos, memorias de la Guerra Civil, fábulas, historias de fantasmas y poemas. Toda su literatura es una reflexión esférica sobre la muerte violenta: las batallas –verdaderas masacres– entre el sur y el norte, su distanciada ironía sobre la pequeña vida de los hombres, el regreso de los muertos en forma de espíritus burlones, su melancolía socarrona. (…) En ese estado de ánimo, lo toma el terremoto de San Francisco el 19 de mayo de 1910 del que sale huyendo para irse al bosque, donde conoce a Jack London. El autor de White Fang le recomienda visitar el Cañón del Colorado para que apacigüe su escepticismo frente al cosmos. Bierce le toma una foto al lugar y escribe que le resultó un lugar perfecto para suicidarse. Tras una última visita al cementerio, a ver a las criptas de su exesposa Molly, y a sus dos hijos, la decisión de Bierce parece tomada: irá a México a que lo mate Pancho Villa.
(…) El 13 de noviembre de 1913, el viejo escritor, asmático, de bastón, solo, cínico, melancólico en la carcajada, llega a Ciudad Juárez y el 26 de diciembre ha alcanzado a las tropas de Pancho Villa en Chihuahua. En el último telegrama que le envía a su mecanógrafa, dice que acompañará a los revolucionarios mexicanos a la toma de Ojinaga. Sabemos que esa toma armada del villismo sucedió el 11 de enero de 1914. Pero, entre el telegrama y esa fecha, también sabemos que Ambrose Bierce ya está muerto. Desaparece sin dejar cadáver en el desierto mexicano.
(…) Hasta la fecha no sabemos cómo murió Ambrose Bierce. (…) Tenemos tan sólo, como en toda narración, un dato, una especulación y un acto de magia. El dato es que, en 1919, el periodista texano George Weeks publicó en el diario mexicano Excélsior que Bierce había muerto fusilado en el verano de 1915 por el general Tomás G. Urbina en Icamole, un punto del desierto cerca de Torreón, Coahuila. Según esa versión, Bierce había traicionado a Pancho Villa y desviado un cargamento de armas para su enemigo, Venustiano Carranza. La especulación es que, en las tropas de Pancho Villa, se habla con frecuencia de un tal Jack Robinson, un gringo viejo y asmático, al que el lugarteniente Rodolfo Fierro mató en Guadalajara en 1914. Se dice que ese Jack Robinson era, en realidad, el escritor Ambrose Bierce. Y, por último, el acto de magia. En 1940, Helen Bierce, la anciana hija de Ambrose, organiza una sesión espiritista para que su padre le cuente, mediante una ouija, cómo realmente murió. El fantasma de Ambrose Bierce sólo le respondió:
–La muerte, querida mía, siempre será un misterio.
Burroughs: el encuentro con tu otro
Como Albert K. Owen, William Burroughs fue a buscar a México una tierra que cultivar para vivir con lo mínimo indispensable. Se topó con lo que Ambrose Bierce imaginó: la muerte violenta. (…) México es la única salida para Burroughs. Antes de México, el chamán de la novela beat no es un escritor, sino un simple adicto a la heroína, un hombre que cree que puede cultivar mariguana para venderla en las calles de Nueva York y que tiene 12 pistolas. En abril de 1949 la policía lo detiene en Nueva Orleáns y su abogado le recomienda huir de los Estados Unidos. Cinco meses después y uno antes del juicio por posesión de sustancias ilegales, Burroughs llega a la Ciudad de México con su esposa, Joan. (…) Invitará a México a Jack Kerouac, a Allen Ginsberg, y al personaje de toda narración beat, Neal Cassady, el protagonista de On the road. Kerouac le escribirá desde la frontera mexicana a Burroughs en 1950: “En México, Neal y yo hemos encontrado la tierra mágica al final de la carretera”.
(…) Antes del mediodía del jueves 6 de septiembre de 1951, casi todas las expectativas de William Burroughs en México se han venido abajo: no logra la nacionalidad mexicana que busca afanosamente para poder comprar tierras y establecerse con su esposa Joan Vollmer y sus dos hijos; el objeto de su deseo, el joven Lewis Marker, no le corresponde sexualmente; su ida –juntos– a buscar la planta del yagé en Perú no sólo no fue un viaje de la conciencia, sino que se enfermó de malaria; su libro escrito en México, Junky, no convence a los editores estadunidenses a pesar de los elogios que de él hace Allen Ginsberg. Lo único que Burroughs ha logrado en México es conseguir mariguana barata, heroína de baja calidad y algunas buenas noticias: los médicos mexicanos recetan con ligereza fármacos con opiáceos como la codeína. Portar pistolas en México es mucho más fácil que en los Estados Unidos y eso lo complace.
(…) Todo se concentra esa tarde del 6 de septiembre de 1951: Bebiendo ginebra Oso Negro, en la calle de Monterrey 122, en el departamento 10, de la Ciudad de México, Burroughs dice que le gustaría vivir en una isla donde sólo se pudiera sobrevivir matando animales para comer. Joan, su esposa, le responde:
–Pues contigo nos moriríamos de hambre. Cuando hay que disparar, dudas demasiado.
Entonces sigue una escena de borrachos, de locos, de autodestructivos, de desesperados: William Burroughs toma su pistola. Su esposa, Joan, pone sobre su cabeza un vaso de ginebra y lo reta:
(…) Burroughs se pone a tres metros de su esposa y dispara. En un principio, los invitados a la fiesta creen que todo es una actuación: le piden a Joan que se levante. Segundos después, un hilo de sangre comienza a salir de la cabeza de la esposa de Burroughs, del agujero que la bala ha hecho en su sien. Él, desesperado, la toma en sus brazos y grita: Joan, speak to me, speak to me. Joan muere una hora después en un hospital de urgencias.
Y si Burroughs, Kerouac y Ginsberg pensaban que en México todo era posible, lo comprueban tras la detención del asesino confeso de su esposa: Burroughs pasa tan sólo 13 días en la cárcel de Lecumberri. Su abogado mexicano, Bernabé Jurado, reparte sobornos, amenaza testigos, compra al juez. Pero a William Burroughs le ha cambiado para siempre la vida. Es la muerte de su esposa lo que lo convierte en un escritor. Sin el asesinato de su Joan, Burroughs jamás habría escrito Naked Lunch, una de las cumbres, junto con Howl de Ginsberg y On the road de Kerouac, de la generación beat. Sobre el homicidio Burroughs guardará silencio durante 35 años. Sólo hasta que decide publicar su libro sobre su vida en México, Queer, escribe esta explicación: “Me veo obligado a aceptar la aterradora conclusión de que nunca habría llegado a ser escritor si no hubiera sido por la muerte de Joan, y por la conciencia de cómo este acontecimiento ha motivado y conformado mi escritura. Vivo con la amenaza de ser poseído, y con la obstinada necesidad de escapar de ello, de su control. La muerte de Joan me puso en contacto con el invasor, con el espíritu maligno, y me condujo a una eterna lucha, en la que no tengo otra alternativa que la de escribir mi propio escape”.
Con el asesinato accidental de Joan, William Burroughs se da cuenta de que su huida de los Estados Unidos a México no era la ansiada libertad. La ruta de escape, la salida de emergencia, era la escritura misma. Burroughs llama a lo siniestro que todos llevamos dentro, “el espíritu maligno”. No cree en las explicaciones psicoanalíticas que señalan al pasado como culpable de lo vil, sino a un espíritu que quiere controlarlo y cuyo conjuro es la escritura. Para Burroughs, México será ese éxtasis, esa revelación casi mística. Escribe: “Mi concepto de posesión es más cercano a la mentalidad medieval que a las explicaciones psicológicas modernas. En México encontré algo en mi ser que no era yo y que no estaba bajo mi control”.








