La ceremonia del adiós y el no me olviden Fue el mensaje que necesitaba oír un mexicano excepcional: Ernesto Zedillo Ponce de León

Emotividad, ninguna. Se decepcionará aquel que espere el primero de septiembre del año 2000 algo parecido a una despedida sentimental, con dosis implacables de llanto, palabras de encomio al México que se nos va, o más bien, que se lo llevan, rostros compungidos y frases caballerosas de los vencedores. Nada de esto ocurre, sí hay aplausos a modo de celebraciones catárticas del pasado (el dedicado a la intervención de Beatriz Paredes) y hay generosidad panista en la despedida del inquilino de Los Pinos, pero emotividad -si por esto se entiende el compromiso con la causa y no con el destino personal y de grupo- para nada. Frialdad, tedio, distanciamiento incluso de la crítica, todo anticlimático, nada parecido a las marchas triunfales que he atestiguado -el último informe de Adolfo López Mateos, con el Congreso vuelto un solo grito de autocomplacencia; el quinto informe de Gustavo Díaz Ordaz, con el Congreso decidido a convertir la complicidad con el 2 de octubre en sociedad en comandita; el último informe de José López Portillo, con el Congreso renacionalizado con la expropiación bancaria; el último informe de Carlos Salinas de Gortari, con el Congreso vuelto suspiro de alivio al ver que ni Chiapas ni Colosio desvían el rumbo del culto a la personalidad. El último informe de Ernesto Zedillo se dirige a un grupo selecto de mexicanos: los convencidos de la grandeza del sexenio, y, sobre todo, es el mensaje que necesita oír un mexicano excepcional: Ernesto Zedillo Ponce de León.
No acuso ni mucho menos de egolatría a un presidente tan consciente de su sitio único en la historia, en todo caso, celebro un discurso del doctor Zedillo en el que no pierde el tiempo en regaños a globalifóbicos y populistas, y se ocupa primordialmente en la empresa filantrópica: ahorrarle tiempo a quienes redactarán su ficha en el Museo de la Historia Nacional. Y entiendo o quiero entender la estrategia: leer un texto que, lo menos metafóricamente que se pueda, canjee el epitafio por el hemiciclo. Y muy probablemente el presidente tiene razón. No sólo lo obvio (“Si no lo digo yo, ya no lo van a decir los priistas”), si no lo inocultable visual y acústicamente aquí en San Lázaro: éste es el primer informe presidencial desde 1921 que carece de un centro, de un protagonista primordial. No disminuyo los méritos de don Ernesto, pero un centro en la vida política mexicana no es la persona a la que atienden los reflectores, sino -más precisamente- el Dispensador de Bienes, aquel que irradia la vida consistente en nombramientos y confirmaciones, que asume displicente las confianzas y los enconos, que, en suma, impide la dispersión. He tocado el punto neurálgico: sin Aquel que impulsará las carreras y los prestigios (para ya no mencionar a las fortunas), todo se dispersa y cada uno se desbalaga en su propio ser, por eso los aplausos tienden a crear, todo lo efímeramente que se quiera, un Centro, aquello que ya no es el que declara en este instante: “Felizmente seré un expresidente que deberá trabajar para apoyar el sustento de mi familia”.
Ojalá consiga empleo, algo tan difícil en estas fechas. Pero don Ernesto tiene a su favor el curriculum vitae ya conocido por todos los head- hunters y el no ser como sus antecesores tan derrochadores de lo ajeno que es lo nuestro. El doctor Zedillo amonesta a los otros presidentes y muy especialmente al licenciado Salinas:
He gobernado consciente de que a lo largo de nuestra historia, el patrimonialismo -esa idea terriblemente equívoca de que la investidura del cargo y hasta los bienes de la nación son patrimonio de quien gobierna- ha sido causa de graves desviaciones y abusos. De ahí la decisión de cumplir con mi obligación y ejercer una Presidencia ajena al patrimonialismo.
He actuado bajo el principio de que en el ejercicio de su función, el presidente de la República no tiene y no reconoce amigos ni familiares. Éstos pertenecen al ámbito de las relaciones personales y afectivas que de ningún modo debe vincularse con el ejercicio del mandato presidencial.
¿Cómo les quedó el ojo, ilustre pléyade? El que esté libre de culpa, que devuelva su patrimonio y reconozca que, a diferencia de don Ernesto, no renunció “a utilizar todo poder extraconstitucional antes asociado con la Presidencia”. El doctor Zedillo, el primer presiente fuera de serie. ¡Avergüéncense, abusivos y nepotistas, corruptores y corruptos! Sin ningún vínculo con ustedes, sus prácticas y su partido político, ya llegó, ya está aquí, el que va a enmendar al PRI.

“Nada me extrañó tanto como que me informaran de la existencia de otros mexicanos”

El informe presidencial está lleno de apotegmas y definiciones inapelables y suntuosas: “A pesar de que reconozco que la suspicacia es la conducta política por excelencia, he preferido asumir el riesgo de equivocarme por un exceso de confianza y no por un exceso de sospecha”. ¿Qué quiere decir? ¿Que está rodeado de suspicaces que recelan de la naturaleza humana y su género próximo, la naturaleza mexicana? ¿Que no desconfió de sus colaboradores o que no sospechó de las intenciones del pueblo de México? Vaya usted a saber, el enigma es también la conducta política por excelencia, ¿o qué significa esta frase presidencial: “Creo que el gobernante, antes que notable y notado, debe ser útil”? ¿Qué el gobernante debe hacer su talacha en la sombra? ¿Qué debe ir de incógnito a las inauguraciones? En principio, lo notable y lo notado (¿será lo notorio?) no se contraponen con lo útil, a menos que se refiera de nuevo a sus antecesores y sus carnavales de oropel. Pero si me propongo descifrar pierdo el hilo.
El sexto informe de Zedillo es un capítulo de sus memorias, del sexenio en el que, cada mañana, una persona se despertaba convertida en una gran nación. De allí el esclarecimiento continuo de su trayectoria. Yo soy yo y mi gabinete:
Con palabras y con actos he mostrado mi ideología. Muchas de mis convicciones están fuertemente influidas por el liberalismo que floreció en México con la generación de la Reforma. Sin ambigüedades, soy liberal en lo político y en lo económico.
Aquí viene la primera gran reflexión del informe, el elogio a “la libertad irrestricta de los ciudadanos”. Muy bien: que cada quien piense lo que quiera, elija por mutuo consenso a su pareja y se exprese como juzgue conveniente. Pero el nuevo autor de La riqueza de las naciones no se detiene en minucias como la libertad de expresión:
Así mismo concibo la libertad económica como el medio más poderoso para acrecentar los empleos, los ingresos, el bienestar y la riqueza de los pueblos. Veo en la economía de mercado un medio muy poderoso para alcanzar el progreso de cualquier nación.
¿Tiene sentido controvertir con un doctor en economía por la Universidad de Yale? ¿Recordarle lo que significa la libertad irrestricta del mercado en cualquier país? ¿Precisarle lo que han sido las economías imperialistas? Me temo que el doctor Zedillo despreciaría mis tímidos argumentos, como populistas, lo más bajo en su escala valorativa. Si se crea la riqueza no importa que se acumule en unas cuantas manos, en algún lugar debe estar. Don Ernesto, y ésta es la parte medular de su filosófica intervención, insiste:
Pienso que la libertad de participar en los intercambios económicos es una libertad esencial, de gran valor intrínseco para cada ciudadano. Ello le confiere a esa libertad un alto valor social, independientemente de su significado material.
México, territorio utópico de los magnates. Por supuesto, de los casi 50 o 60 millones de empresarios que componen la sociedad, no todos cotizan en la Bolsa, pero los que no lo hacen, se limitan a ejercer su libertad. “Hoy no quiero expanderme, soy un mexicano contraído, reduzco por indolente mi libertad económica al pinche salario mínimo”. O algo así. El presidente continúa:
En eso, precisamente, consiste la tarea del desarrollo nacional. De ninguna manera el desarrollo se limita al progreso material, sino que abarca el disfrute de todas las libertades esenciales del ser humano.
Libertad para educarse, libertad para alimentarse, libertad para cuidar la salud, libertad para trabajar, libertad para emprender, libertad para participar en los intercambios económicos, libertad para opinar, libertad para intervenir en las decisiones y los asuntos públicos.
Entendida así la tarea del desarrollo, desde el inicio de mi mandato convoqué a todos los mexicanos a reconocer su magnitud y su complejidad y, al mismo tiempo, a emprenderla con confianza, humildad y realismo.
Me extiendo en la cita presidencial para asegurarme de su literalidad. En efecto, asegura que desde el 1 de diciembre de 1994 convocó a todos los compatriotas a ejercer a pasto y con responsabilidad las libertades. Así, por ejemplo, libertad para trabajar, y el que no lo haga que con su falta de pan ayune; libertad para alimentarse, la misma que ejercen todos los aquejados de avitaminosis por frivolidad; libertad para educarse, de que dan noticia las estadísticas de las deserciones escolares por urgencia laboral; libertad para cuidar la salud, por ejemplo en las zonas indígenas y en las colonias populares; libertad para emprender, y óigame compadre, usted no me regresa a Chimalhuacán o a Chalco de Salinas sin inaugurar su Casa de Bolsa o su macroempresa… Me doy, el sueño liberal genera pesadillas que nos persiguen en forma de polémicas irreales o metafísicas. El presidente del sistema político y económico más determinista que hayamos conocido, se jacta de habernos puesto en el camino del desarrollo y su libertad -a la disposición de todos- para participar en los intercambios económicos.

De todo lo que ignorábamos viviendo en el mismo país

Don Ernesto maneja su retórica: no es que diga verdades a medias, lanza apotegmas que no se relacionan con su argumentación, es decir que ilumina lo que no está siendo examinado. Afirma: “El de-sarrollo es un concepto muy amplio e integral, pero pasa necesariamente por el desarrollo económico”. Ni quién lo dude. El bienestar para tu familia pasa por tu abundancia presupuestal, ¿pero cómo desprender de allí las vivencias del éxito convenientemente repartido? Y entonces, ¿ya alcanzamos todos el desarrollo económico, o el de unos cuantos debe satisfacernos? El presidente se encarama sobre las cifras victoriosas.
Hemos alcanzado el mayor gasto social federal de nuestra historia, tanto en términos absolutos, como por habitante, y como proporción del gasto federal y del Producto Interno Bruto.
Siendo grandes y antiguos los problemas de pobreza y de de-sigualdad de oportunidades; siendo inevitablemente progresiva y gradual su solución, es claro que el camino por recorrer es todavía muy largo…
¿Quién me entiende? (conste que me echo la culpa). Para empezar resulta que los problema de pobreza son grandes y antiguos, y el presidente en repetidas ocasiones ha dicho que la pobreza de México la han causado los regímenes populistas, que no son tan antiguos. Pero dejemos esta contradicción volátil y vayamos a la contradicción pétrea: nunca se ha invertido tanto en gasto social, y el camino por recorrer es todavía largo. Entonces, ¿cómo se concilia la libertad para emprender con la desigualdad de oportunidades? ¿Y cómo se ejercen las libertades a fondo si la solución de los problemas sociales es progresiva y gradual? El presidente-filósofo no ata bien los silogismos a su resumen victorioso. Y tampoco coinciden los diagnósticos. Los expertos, y no sólo ellos, hablan de una “catástrofe educativa”, y el presidente reflexiona en voz alta:
Por experiencia, los mexicanos sabemos que nada es más efectivo que la educación para igualar las oportunidades de progreso de las personas y realizar la justicia social.
Nada es más efectivo, es mi modesto punto de vista, que la educación y la capacidad gubernamental y social de implantar la justicia social. Por sí sola, como se ha visto, la educación no le consigue trabajo a un gran número de egresados, no garantiza las oportunidades de progreso ni realiza la justicia social. En momentos, el informe parece asunto del voluntarismo que al basarse en la fórmula totalizadora de la macroeconomía da por resueltos los problemas y la posibilidad de que surjan. El único problema reconocido -los cinco minutos de autocrítica a que todos tenemos derecho- es la dimensión del crimen y la inseguridad: “Por lo pronto, admito con pena que es muy justificada la insatisfacción social por este problema”.
Ni modo, hasta el paraíso llegan los narcos cargados de yerba mala. No existe otro obstáculo, ni -seamos recurrentes- existió Acteal, ni existen y muy onerosamente Fobaproa y el IPAB, ni hay evidencias de corrupción gubernamental ni ingresó al país Ricardo Cavallo que es “sólo genocida” (Herminio Blanco dixit), ni han aumentado, según los otros expertos, la miseria y la pobreza, ni es muy deficiente la atención en materia de salud ni… ¿Para qué seguir y contraponer la lógica de las reclamaciones al arte de las explicaciones demoledoras? El presidente elogia “el recio carácter de la mayoría de los mexicanos”, y en el término carácter van incluidas la resignación, la pasividad, la dejadez y la impotencia política, virtudes, todas, de la libertad. O eso supongo.

La democracia plena: el gobierno camina sobre las aguas

En el Congreso, el rencor detiene las manos de los priistas. Según mi aplausómetro interior se ovaciona más a Beatriz Paredes que a Ernesto Zedillo, pero este comentario favorece, sin duda, a Zedillo. Y, además, la concurrencia ya no es la de los días de gloria. Ya no están las glorias nacionales ni los políticos en gira de eternidad ni las cumbres del espectáculo. Ahora las únicas celebridades a la disposición visual son los grandes empresarios y los grandes místicos (obispos y cardenales), lo demás es paisaje democrático.
Es el turno de la hazaña del régimen: entregarle el poder a otro partido, aceptar el fin de la hegemonía de 71 años, asumir el fracaso como vocación inesperada, para que no digan que fue imposición de la realidad. Zedillo no admite que el sistema electoral fuese imperfecto. No, de ningún modo. Se le vio así, algo enteramente distinto:
Y sin embargo, pese a los méritos de cada reforma y del avance político que significaron, nadie podía soslayar que persistía un ánimo social de insatisfacción con nuestra democracia.
Cuando existe tal percepción, ella entraña en sí misma un obstáculo muy serio para emprender las tareas del desarrollo. Si la gente no se siente como parte de un país realmente democrático, entonces no asume conductas democráticas en el ejercicio de sus derechos, y mucho menos en el cumplimiento de sus obligaciones.
¡Qué hábil el presidente! El PRI puso todo de su parte pero muchos no se convencieron, y fue ese punto de vista el que evitó, pese a los esfuerzos del PRI y del presidente Zedillo, que la gente se portara democráticamente. Había que forzarla para que el país se moviera, y por eso se les hizo el regalo del IFE. ¡Muchísimas gracias!
Sí, el presidente hizo bien al reconocer el triunfo de Vicente Fox; sí, la historia se lo reconocerá moderada o entusiastamente; sí, el PRI resultó un tigre o un fraude de papel; sí, ya se ejerce la democracia en distintos niveles. Pero es un tanto apresurado hablar, como lo hace el presidente, de que se arriba “a la democracia plena” y del “arribo pleno a la democracia”. El mérito de la transición, el que tenga no se le niega, ¿para qué empañarlo con fantasías?
El presidente, casi al final, le da el banderazo a la alternancia: “Ya nadie puede asumirse eternamente en la oposición ni nadie eternamente en el gobierno”. Así sea, aunque algunos se asuman eternamente en el autoelogio.