Luna Papá

En una de las exrepúblicas soviéticas, Uzbekistán, enclavada entre Irán, Afganistán, no tan lejos de China y otras ex tan exóticas como Kazakstán, Turkmehistán, planetas de los que apenas comenzamos a tener noticia sobre sus manifestaciones cinematográficas, ocurre la aventura fílmica de Luna Papá (Luna Papa; 1999) de Dakhtiya Khudojnazarov; coproducción que involucra a Austria, Alemania, Rusia, Suiza y Francia.
Mamlakat (Chulpan Khamatova) queda encinta bajo la luz de luna por un extraño personaje, la luna misma o un actor ambulante. El pueblo, no lejos de Samarcanda y en las orillas de un enorme y alucinante lago artificial, es intolerante y cerrado; después de intentar abortar, la jovencita debe enfrentar a su padre, quien se toma la cosa muy a pecho y decide ir en busca del malhadado seductor: Mamiakat tiene además un hermano turulato excombatiente de Afganistán (Moritz Bleibtreu, Corre Lola corre) que lucha contra un mal imaginario; el trío inicia un desquiciado periplo, asaltando a cada grupo de teatro por esa región asiática, donde el repertorio nunca escapa de Shakespeare y Sófocles. Y éste es sólo el arranque, la historia tomará unos giros que incluyen hasta toros que caen del cielo.
Tan extravagante y abigarrada como el compendio geográfico que interviene, Luna papá mitiga la amenaza de embrollo para el aficionado a detectar filiaciones cuando se le acomoda bajo la sombra de Emir Kusturica. Cierto, no resulta disparatado hacerlo. Si tomamos en cuenta su amistad con el joven director, además de la mezcla multirracial y cultural de donde parten. Gato negro, gato blanco, la última cinta del yugoslavo, se vuelve la referencia inmediata; pero este mismo es un cúmulo de referencias que van desde García Márquez, Ivo Andric, hasta Magritte y Fellini, pasando por el circo y el mismo Alejandro Jodorowski. En Khudojnazarov, además, destaca la influencia del gran cine soviético; un rigor formal apenas visible entre el irreverente  y vertiginoso montage que parece ir a ninguna parte y los devaneos poéticos que este cine, ya casi extinto, solía alcanzar con una mayor carga de sobriedad y melancolía.
Luna papá despliega con desparpajo su realismo mágico; aunque no apuesta únicamente a la facilidad de un tema tan explotado a estas alturas. En medio de su confusión y aparente gusto por soluciones de prestidigitador, director y guionista apoyan su relato en un fondo de verosimilitud. Al toro, por ejemplo, sí lo soltó alguien desde un avión, y el episodio parece estar basado en un hecho real. Caballos en estampida, ambulancias de falsos médicos que trafican con sangre, tanques de guerra y soldados antiheróicos de guerras absurdas, actores itinerantes en aviones que también roban ganado. Éste es el universo de Khudojnazarov, excesivo pero coherente, a pesar de todo.
Crucero de todos los caminos geográficos, literarios y cinematográficos, Luna Papá tropieza al principio por culpa de la excesiva carga de buena voluntad de querer hacer cine. Después, las aventuras y vicisitudes de Mamlakat, personaje de las Mil y una noches, nos transportan a un país encantado, donde todo vuela y logra insertarse con naturalidad en la inestable frontera del sueño con la realidad. Una vez superada la influencia de Kusturica, su maestro y amigo –quien por cierto lo puso fuera de concurso en el festival de Venecia a causa de un desafortunado comentario–, Khudojnazarov (1963) se perfila como uno de los cineastas que mejor logren asimilar la riqueza, ahora dilapidada, del cine soviético y su herencia oriental.