NUEVA YORK.- El MOMA marcará el siglo XXI con una renovada idea de museo. Ofrece, desde marzo, otras lecturas de su vasta y heterogénea colección de arte moderno en la muestra “Making Choices” (“Seleccionando”), donde la curaduría se impone como labor y moda, y Rivera y Siqueiros figuran como protagonistas.
Además, esta institución proyecta su gran reconstrucción arquitectónica.
Hace cuatro años, siete curadores del Museo de Arte Moderno discutieron sobre cómo presentar su acervo de diferente manera, dándole la atención que normalmente le otorgan a obras prestadas, pues tras siete décadas de vida, el museo conmemora la centuria que vio nacer el arte moderno.
Anne Umland, curadora del departamento de pintura y escultura -el MOMA cuenta con cinco áreas más: arquitectura y diseño, dibujo, película y video, fotografía, y grabado y libros ilustrados-, quien dirigió la selección de obras para “Making Choices”, responde a Proceso sobre el nuevo concepto de este museo de Nueva York:
“El MOMA pugna por un entendimiento del arte moderno, todavía en evolución, a través de un cuidadoso estudio histórico. La idea es hacer una institución capaz de considerarse y reconsiderarse a sí misma, para lo cual hay intensos debates sobre cómo mostrar su colección, cuáles artistas escoger, qué obras de arte mostrar, en qué temas enfocarnos, qué yuxtaposiciones y relaciones debemos subrayar.”
De ahí la idea de realizar cambios arquitectónicos significantes en las galerías del museo, para así crear espacios que permitan diferentes presentaciones de la colección.
“Making Choices”, organizada también por los estadunidenses Peter Galassi y Robert Storr, abarca el período de 1920 a 1960, “años de gran alboroto social y político, y de un animado debate artístico”.
Definen los tres curadores en el libro que lleva el mismo nombre de la exposición:
“Mientras las propuestas de arte moderno maduraban, simultáneamente producían reacciones antagónicas. Así que no era posible reunir todo el arte de este período en una corriente específica, porque se transgrediría su esencial variedad.”
Por ello, “Making Choices” presenta 24 diferentes salas cuya dirección es respetar la pluralidad del arte moderno, “que es aclamado por su espíritu de invención sin descanso: los experimentos artísticos paralelos en todas las artes visuales eran la constante durante el siglo XX, e incluso las diferencias del arte moderno están afiladas por imperativos y programas de competencia artística”.
Ya sea que este conjunto de galerías muestren los logros de un solo artista o se concentren en una de sus etapas. Si no, revisan amplios temas y movimientos artísticos; o bien algunas salas están dedicadas a un momento histórico particular o disciplinario; y otras abarcan el siglo entero, incorporando obras de varios medios visuales.
El antecedente de “Making Choices” es la exposición “Modern Starts” (“Estrellas del Arte Moderno”), que abarcó los años 1880 a 1920, y le seguirá “Open Ends” (“Finales Abiertos”), donde se mostrará el arte de 1960 hasta el actual. Juntas conforman el ciclo intitulado MOMA 2000, que comenzó en octubre del año pasado con dinámicas interpretaciones curatoriales, las cuales marcan una nueva etapa museográfica.
Según la curadora, la cronología del ciclo es sólo un medio de organizar coherentemente un cuerpo considerable de acervo. En realidad, “la rica colección del MOMA fue el elemento más importante para armar las tres exposiciones”.
Dice también:
“Al establecer una revisión del arte moderno, basada en fechas críticas, estilos, escuelas y artistas representativos, el museo buscó que tuvieran sentido las generalmente contradictorias y competitivas fuerzas del arte moderno. Y, al mismo tiempo, dan un enfoque multidisciplinario.”
Así, durante el recorrido, se abren como abanico al espectador las expresiones más diversas del arte moderno, de la pintura-pintura al cartel, de la fotografía a las imágenes del cine, del diseño al mural, del grabado al dibujo…
Cada período de la muestra explora temas compartidos, así como movimientos divergentes, donde los curadores colocaron obras de arte en nuevas y elaboradas formas de presentación. Por ejemplo, las exposiciones individuales en “Making Choices” se concentran en temas relacionados con el período de 1920 a 1960, como la sala “El observador: Cartier-Bresson después de la guerra”, donde se muestran 20 fotografías tomadas por este artista francés entre 1947 y 1966. Pero “estas seleccionadas obras también pueden abarcar todo el siglo XX, porque revelan cómo los temas de un momento responden a preguntas del pasado o producen futuros interrogantes”.
MOMA 2000, proyecto que representa la nueva etapa del Museo de Arte Moderno de Manhattan, está pensada por sus curadores “para provocar nuevas ideas en torno del arte moderno, y no para hacer afirmaciones definitivas al respecto. Más bien, las exposiciones intentan abrir otros espacios de discusión que generen temas futuros y ayuden, a su vez, a la comprensión del próximo siglo”.
Esta iniciativa enorgullece a los curadores:
“La recolección de obras de varias generaciones ha permitido que el museo tenga un rico y complejo acervo. Ciertamente, muchos de los momentos históricos más importantes del arte moderno son representados por la colección del MOMA.
“Por tanto, las tres exposiciones son una oportunidad única para que el museo reorganice muchas de sus galerías y explore su colección de una manera que es casi imposible dentro de una situación ordinaria.”
Al hacerlo así, la institución neoyorquina pretende convertirse en un laboratorio. Cada ciclo del MOMA 2000 es visto como un experimento, con una nueva visión o un entendimiento distinto del arte moderno, mientras alimenta una investigación más certera de la profundidad y amplitud de su colección.
Los mexicanos
De las 24 salas que conforman “Making Choices”, dos están poderosamente precedidas por obras de Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, así como en otra abre Picasso.
El fresco sobre tablero transportable Zapata, líder agrario (1931), tema que Rivera recreó incansablemente durante toda su carrera, abre la galería La retórica de la persuasión, donde se expone el arte de los años treinta al servicio de dos ideologías en competencia -el socialismo y el fascismo-, ya fuera por medio de propaganda que el Estado financiaba, ya como expresiones fervientes de convicciones personales.
Esta sala, curada por Peter Galassi, quien dirige el departamento de fotografía del museo, contiene lo que él llama “la retórica pictórica”:
“El tipo de arte que busca convencer a las masas tomó una amplia variedad de formas, desde murales gigantescos, cuya presencia imponente es sugerida en la exposición por el fresco de Rivera, hasta los grabados mexicanos producidos a bajo costo en El Taller de la Gráfica Popular, que eran pegados en las paredes por toda la Ciudad de México.
“Así mismo, los carteles anónimos, como URSS en construcción, y los efímeros grabados compensaban con su amplia distribución el tamaño de los monumentales frescos.”
Cada uno de los trabajos presentados en esta sala, donde también se encuentran el grabador mexicano Leopoldo Méndez y la fotógrafa Tina Modotti, al lado de un cartel de Joan Miró -que realizó en solidaridad con la España republicana y fue concebido como una postal francesa para ayudar a la causa antifascista-, corresponden a un contexto particular, y muchos de ellos enviaron mensajes que actualmente se han perdido. Galassi apunta:
“Por ejemplo, el programa progresista del presidente Lázaro Cárdenas inspiró muchos de los grabados de El Taller. Este detalle se ha desvanecido en nuestra memoria colectiva.”
Sin embargo, el paso del tiempo ha aclarado otra verdad histórica que el curador sostiene:
“A pesar de la diversidad -incluso el antagonismo- del arte moderno, muchos artistas talentosos de los años treinta alcanzaron la misma dirección estética: buscaron persuadir a las masas.”
Del panel móvil de Zapata existen también otras tres versiones: la del Palacio de Cortés de Cuernavaca, un fresco a muro realizado por Rivera en 1929, anterior al que se exhibe en el MOMA; una litografía de 1932, y un dibujo de esa misma época. La especialista Blanca Garduño, quien organizó en 1989 la exposición Los Zapatas de Diego Rivera, donde juntó 32 pinturas y 152 dibujos en los cuales el revolucionario aparece como tema central, aclara:
“Diego acompañó siempre los ideales zapatistas hasta su muerte, aun cuando nadie lo había valorado como héroe nacional.”
Por su parte, Robert Storr, curador del departamento de pintura y escultura, quien armó la sala Guerra, donde se enseñan las diversas respuestas artísticas que provocaron las dos catástrofes mundiales, la Guerra Civil Española, la Guerra Fría, el inicio de las guerrillas latinoamericanas y los conflictos armados de Corea y Vietnam, selecciona Eco de un grito (1937), de Siqueiros, como obra protagónica:
“Es una imagen poderosa, basada en la fotografía de un niño que sobrevivió un bombardeo japonés sobre Manchuria, la cual funciona magistralmente como una protesta.”
El MOMA posee la obra Suicidio colectivo también de Siqueiros, alegoría de un pueblo que se niega a aceptar la invasión extranjera. Según la crítica de arte Raquel Tibol, es uno de los cuadros más importantes del artista e incluso del museo. Pero fue relegado de la exposición “México, esplendores de 30 siglos”, en 1990 en el Museo Metropolitano (MET) de esta ciudad.
Para esta galería, Storr incluyó a los artistas mexicanos Manuel Álvarez Bravo y José Clemente Orozco, al lado de Carlo Carrà, Otto Dix, George Grosz, Alfred Kubin, David Smith, y Andy Warhol. Justifica el curador:
“Ya sea que los artistas puedan representar la verdadera realidad de la guerra moderna, o que la poesía pueda sobrevivir al conocimiento del asesinato en masa, éste es un debate abierto. El hecho es que los artistas nos han mostrado muchos de los aspectos de la guerra, de maneras vivas, inolvidables y algunas veces extrañamente hermosas.”
En menor medida, pero de un gran impacto entre los visitantes del MOMA -sobre todo mujeres-, se encuentra el Autoretrato con cabello corto (1940), de Frida Kahlo, en la sala que lleva por título El Arte Moderno a pesar del Modernismo, donde la obra Tres mujeres en la primavera (1921), del cubista Picasso, toma una delicada fuerza.
Esta galería fue curada también por Storr, quien la dedica al debate sobre la figuración que se ha producido a lo largo del siglo XX entre los artistas modernistas (avant-garde) y los antimodernistas (anti-avant-garde), donde también se encuentran trabajos de Rivera y Siqueiros:
“Ecos de esos desacuerdos continuarán mientras se hable de arte moderno en el tiempo presente.”
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El libro del museo dedicado a la exposición no es propiamente un catálogo. De 348 páginas, recoge alrededor de 250 reproducciones de la muestra, y por medio de textos escritos por el director del museo, Glenn D. Lowry, y de los tres curadores a cargo, enmarca los propósitos del proyecto, sus límites y alcances. Sobre todo, ciñe al lector en las cuatro fechas que son el pilar de esta oferta visual para las estaciones de primavera y verano: 1929, 1939, 1948, 1955…
¿Por qué estos años?
A manera de justificación necesaria de sus razones, exponen:
“1929, el año en que cayeron las acciones, fue por supuesto un parteaguas en la historia moderna. También sucede que fue el año en que el Museo de Arte Moderno arrancó. A partir de esta unión crucial, Alfred H. Barr jr., su fundador, miró hacia los inicios del arte moderno en el siglo XIX y hacia su futuro. Lo que aquí importa, desde luego, son los trabajos creados en ese momento, lo nuevo, lo presente.
“Con la explosión de la Segunda Guerra Mundial, 1939 fue también un año de levantamientos dramáticos. Después de la conquista del fascismo sobre casi toda Europa y bajo la amenaza de un conflicto mundial, muchas personas fueron persuadidas de que el primer gran capítulo del modernismo europeo había terminado, y de que las esperanzas de aquellos dedicados al arte moderno descansaban en el hemisferio occidental.
“Al mismo tiempo, el museo ya había adquirido una historia propia y podía reflejar sus primeros esfuerzos presentando una visión parcial y comprensiva del arte moderno. La revaloración crítica que implicaba una retrospectiva se convirtió en un factor de cómo el museo miraba hacia delante; pero, una vez más, lo que sobresale en este libro son las obras que el año de 1939 produjo.
“1948, el año del bloqueo soviético hacia Berlín del Oeste y su correspondiente respuesta, puede ser elegido como el comienzo de la Guerra Fría; y Tumbona, de Charles Eames (diseño de una silla), del mismo año, puede verse como la materialización de la tranquilidad doméstica que Norteamérica quiso defender.
“Pero 1948 se nos ocurrió primero debido a dos famosas pinturas de ese año, las cuales afirman visiones radicalmente opuestas del arte moderno, con claridad indiscutible: No. 1, de Pollock, y El Mundo de Cristina, de Wyeth.
“(…) Así también una pequeña escultura de Alberto Giacometti significó las urgentes angustias del existencialismo y, al mismo tiempo, un irónico dibujo del joven Andy Warhol insinuó un arte norteamericano muy diferente del que habían presentado Pollock y Wyeth.”
Los curadores pasan entonces al año de 1955, una época de alta producción representantiva, entre ella, sin duda, la del arte estadunidense, en el cual brillan los nombres de Jaspers Johns y Robert Rauschenberg. Sin embargo, “las implicaciones radicales de las obras que hicieron en 1955 son parte de la razón por la cual escogimos este año, pero sólo parte”. Y escriben:
“El edificio Seagram de Ludwig Mies van der Rohe se construyó en ese año, proveyendo un símbolo insuperable de la norteamericana corporativa, mientras que Robert Frank lanza un feroz ojo sobre el resto del país, tomando muchas de las fotografías que aparecerían en Los americanos, y voltea de cabeza las cómodas suposiciones sobre la fotografía documental. Mientras tanto, en las cintas Rebelde sin causa y Al este del paraíso, James Dean personifica a la joven generación rebelde que compartía la impaciencia de Frank respecto de la autocomplaciente Norteamérica. El documental de Alain Resnais, Noche y Niebla, también de 1955, regresa al holocausto y desde entonces se mantienen los más dolorosos recuerdos de la persecución nazi, mientras Satyajit Ray mira hacia delante, abriendo los ojos del mundo hacia una moderna y recién independiente India en su Trilogía de Apu, cuya primera parte, Pather Panchali, se estrenó en 1955.”
Galassi, Storr y Umland autodefinen su oficio así:
“El curador no es un artista, sino que puede recoger las impredecibles recompensas que surgen de las confusiones de cualquier tipo.”
Y concluyen:
“El arte moderno es, por naturaleza, muchas cosas. La variedad en que los artistas se han expresado ha dictado las ideas en competencia de lo que el arte moderno debería ser, reforzando su multiplicidad. Un museo es un lugar para detenerse y considerar el sobrecogedor número de opciones con que los artistas han enfrentado la era moderna, y la amplitud de las decisiones que expresan las obras con las que se han confrontado entre ellas y también al público.
“El Museo de Arte Moderno es, sobre todo, un lugar donde las decisiones que los artistas han tomado en el pasado reverberan con las decisiones que los artistas enfrentan hoy en día.”
Con su proyecto 2000, el MOMA encaja en la declaración que Raquel Tibol dio la semana pasada a El Financiero:
“… preocupante es la desaparición de museos, como ha ocurrido en México. Han cerrado dos: el de Monterrey y el del Centro de Arte Contemporáneo. Mientras que en otros países de gran potencia económica se está expandiendo su condición de museos, de presencias artísticas para su gran público. Muchos de ellos son de gran atractivo. No sólo los más consagrados, como el Louvre o el Del Prado, sino los nuevos, como el museo Guggenheim de Bilbao, que tiene el atractivo de millones de asistentes. Esto no ocurre en México, porque el proyecto del Museo Nacional de Arte, que está siendo elaborado para la reinauguración que promete para finales del 2000, pareciera responder a parámetros bastante conservadores, en comparación con los que presentan esos museos internacionales.”
Al cruzar el umbral del MOMA hacia la salida a la Calle 53, no ha desaparecido la emoción visual del fresco sobre tablero de Emiliano Zapata creado por Rivera.
Zapata está vivo en el destacado panel del MOMA, como alguna vez lo estuvo el artista guanajuatense cuando expuso ahí su primera muestra individual, del 23 de diciembre de 1931 al 27 de enero de 1932, a la que asistieron casi 57 mil personas y que recibió una cálida acogida de la exigente crítica neoyorquina.
La huella del arte de los mexicanos del siglo XX en su reto a la centuria que comienza.








