Primer Discurso

Se entiende lo que Vicente Fox quiso decir al prometer, en su primer discurso como presidente electo, que su gobierno “no tomará decisiones, sobre todo en materia económica, que atenten contra los intereses de las mayorías”. “Nada se hará sin consenso”, agregó, “y mucho menos a espaldas de la voluntad de los mexicanos”.
El fondo de su promesa es claro: no procederá imponiendo sino negociando sus actos de gobierno. La forma, en cambio, es pobre. El discurso promete cosas que en estricto sentido son imposibles de cumplir y está bañado por un tono de exaltación democrática que linda con la demagogia.
Fox usa la palabra consenso de un modo laxo, en el sentido de negociación. Consenso quiere decir otra cosa: algo en lo que todos están de acuerdo. Si Fox va a esperar el consenso para gobernar, podría no empezar a gobernar nunca. Su agenda legislativa anunciada es ya suficientemente compleja.
En el ámbito económico, plantea el fin de la exención del IVA a medicinas y alimentos, así como la incorporación de la economía informal al pago de impuestos. Quiere abrir a la inversión privada el sector eléctrico y suspender los límites de propiedad en la petroquímica. Propone duplicar el gasto social, crear un fondo de educación continua y liberar créditos para la pequeña y la mediana industria.
En el ámbito político el nuevo gobierno incluye asuntos como la reelección inmediata de legisladores y presidentes municipales, el establecimiento de las figuras del referéndum y el plebiscito, el juicio político a los servidores públicos, el voto de los mexicanos en el extranjero, la revisión de tiempos y costos de las campañas políticas, una Comisión de la Verdad para ajustar cuentas con el pasado. Además, la creación de una Secretaría de Seguridad que implica una reforma a la ley de la administración pública federal.
Será difícil que el nuevo gobierno reúna mayorías en el Congreso para todas estas cosas. Imposible será que logre consensos, es decir, el acuerdo de todos. Pero no alcanzar consensos está lejos de ser un problema de falta de democracia.
La democracia es el gobierno de las mayorías, no de la unanimidad. Fox no fue electo por consenso sino por mayoría. Su gobierno, como cualquier gobierno democrático, no necesita obtener el acuerdo de todos. Necesita obtener sólo las mayorías políticas y legales necesarias para que sus reformas sean promulgadas.
El discurso de Fox linda también con la demagogia en el tema de lo que habría que llamar “colectivismo democrático”. Nada se hará a espaldas del pueblo, nos dice, el gobierno será plural e incluyente, todos participarán en él. “Con la participación de todos”, dijo Fox, “se harán realidad los compromisos de campaña”.
El hecho es que los ciudadanos han participado ya eligiendo a un gobierno y a unos políticos para que hagan la tarea. La tarea de los elegidos es gobernar y cumplir sus compromisos. La tarea de los ciudadanos es ver si sus elegidos funcionan y refrendarlos o cambiarlos, en la siguiente elección.
La papilla democrática al uso se sigue llenando la boca con las fórmulas vacías de la participación ciudadana en las tareas de gobierno. Pero las responsabilidades del gobierno son del gobierno, no de los ciudadanos. Un régimen político de permanente participación ciudadana sería una pesadilla pública. La promesa de que todos participarán en las decisiones del gobierno es, por fortuna, incumplible.
Algo semejante sucede con la garantía de que no se tomarán decisiones de “espaldas al pueblo”. El caso es que el nuevo gobierno tomará cientos de decisiones cada día sin que el pueblo tenga la menor intervención en ellas. Tampoco eso significa falta de democracia. De hecho, es parte del mandato democrático. Han sido electos para ejercer el poder, para tomar decisiones, para asumir responsabilidades. No necesitan pedir permiso para ello, ya lo tienen. Si se equivocan, el permiso les será revocado y puesto en manos de otros.
Todas estas nociones vagas, humildes, rezumantes de convicción democrática son en el fondo poco democráticas. Halagan a los ciudadanos, pero no apuntan a la realidad del gobierno ni a la utilidad de la democracia.
Convence en cambio la actitud constructiva de Fox, en el mismo discurso, tratando de cerrar como presidente electo las heridas que abrió como candidato. Extendió reconocimientos a sus adversarios, puentes a todas las fuerzas políticas, disculpas al tribunal que había descalificado como candidato y que le otorgó la constancia como presidente electo.
He ahí un camino a recorrer para Fox: pasar de la campaña al gobierno, de las promesas lucidoras de candidato a las palabras constructivas de gobernante.