La pasión por el squash la heredó de su padre, Javier Terán, consumado raquetista y seleccionado nacional que conquistó el título nacional así como el campeonato del mundo por equipos en la especialidad de bola dura en 1981, año en que nació Samantha Terán, su única hija.
De pequeña, Samantha practicó natación, equitación, atletismo y gimnasia. Por fin, a los 14 años se decidió a tomar la raqueta. “Comencé a jugar squash bastante grande para el nivel que he alcanzado. Mis compañeras iniciaron a los tres o a los cuatro años”.
A partir de entonces supo que el squash formaría parte de su vida hasta convertirse en una obsesión. Su padre, un empresario restaurantero, se convirtió en su mayor aliado y como entrenador le transmitió los secretos de este deporte.
Le habló entonces de los dos rostros del squash: el social y el competitivo. Sus palabras sonaron a sentencia. El hombre tenía fija la idea de no perder más tiempo, y la alumna se lo tomó muy en serio. En adelante, Samantha, obsesiva y detallista, demostró toda su jerarquía, que se ha reflejado en títulos internacionales y nacionales.
Esta treintañera que vive para su deporte tiene todo para ufanarse: campeona centroamericana en 2002, 2006 y 2010. En este último certamen, realizado en Mayagüez, conquistó tres medallas de oro: individual, por pareja y por equipos para convertirse en la atleta más laureada de la delegación mexicana. También obtuvo cinco medallas de oro en el Campeonato Panamericano. Ahora, con las tres preseas ganadas en los XVI Juegos Panamericanos Guadalajara 2011 (dos de oro y una de bronce) alcanzó ocho medallas en esta justa continental, en la que previamente había ganado cinco medallas de bronce.
La vida de Samantha –la mejor exponente de la disciplina en el continente– transcurre entre competencias internacionales y la nostalgia de viajar solitaria. Como jugadora profesional, actualmente se ubica en el lugar 14 del ranking mundial –llegó a estar en el sitio 11–. Realiza entre 12 y 14 torneos al año en el Tour Mundial Profesional, el cual ha ganado en 14 ocasiones.
Ha incursionado en el ramo empresarial y ya formó su propia compañía, Invicta Sports S. de R. L. “En toda mi vida –dice– primero lo he soñado y luego lo he convertido en realidad”. Además, tiene la representación de Harrow, la marca de raquetas más importante del mundo.
Desde hace dos años se ha dedicado a construir su propio club de squash, ubicado en la colonia Polanco del Distrito Federal. Consta de dos canchas que ya están listas desde marzo pasado. Actualmente están en curso las obras relacionadas con el techo y los sanitarios.
“Es algo curioso, pues cuando estoy jugando en el tour digo: este torneo va para el techo y este otro torneo para el piso. Ahora de broma comento que con lo que obtenga de los Juegos Panamericanos vamos a poder terminarlo”, comenta.
Alicientes
Apenas el mes pasado la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte anunció que otorgaría una compensación a los atletas ganadores de medallas con el siguiente tabulador: 300 mil pesos por el oro, 150 mil por la plata y 75 mil por el bronce. De ser así, Terán ya tiene garantizados 675 mil pesos en su cuenta bancaria.
Ahora que la actividad del squash en los Juegos Panamericanos llegó a su fin le espera otro reto: el mundial de la especialidad, en el que aparece sembrada entre las 16 mejores del mundo. “Me tocó buena gráfica y si me va bien en el mundial me puedo meter a la décima posición”. Luego seguirá el tour, y Rotterdam, Hong Kong, Seúl y San Francisco serán sus siguientes escalas antes de cortar el listón de su club.
“Cuando me preguntan por lo que he tenido que sacrificar en mi vida, he dicho que realmente nada, porque sacrificio sería no practicar squash que es lo que más amo y mi pasión en la vida. Realmente le he dedicado cada minuto de mi vida a esta disciplina. Desde hace 10 años que decidí ser profesional no ha habido un día, una noche en la que no esté enfocada en mejorar cada momento, en esforzarme día a día.”
En 2003 sufrió una lesión que la alejó de las canchas por un tiempo. Se rompió el ligamento cruzado, los dos laterales y los meniscos. El diagnóstico era poco alentador: “Samantha, tu rodilla está hecha pedazos”, le dijo el doctor.
Consultó a especialistas de todo el mundo y finalmente fue intervenida por Jorge Romo, el mismo cirujano que operó al futbolista Cuauhtémoc Blanco. Terán comenta que este receso obligado, así como la rehabilitación, los consideró como parte de su entrenamiento.
Antes de los Juegos Panamericanos de Río de Janeiro 2007, su padre, quien es además el pilar de su carrera deportiva, el manager, el estratega y el director que determina los torneos en los que participa, enfermó de gravedad. En los momentos más críticos, cuando se encontraba en terapia intensiva, los médicos se pusieron de acuerdo para animar a Samantha. Le dijeron que podía irse tranquila a disputar el selectivo panamericano y le aseguraron que su papá estaba fuera de peligro.
El evento era de vital importancia: si ella no asistía México corría el riesgo de quedar eliminado del certamen continental. Entonces se marchó con la certeza de que su padre se iba a recuperar. Justo el día en que diputaba la final, Javier Terán estaba en el quirófano. Cuando salió le dieron la noticia de que su hija había logrado el pase panamericano.
Cuando regresó a México, Samantha imaginó la historia como un capítulo de serie televisiva: “Mi padre seguía en el hospital, pero recuperándose”. Afirma que esta experiencia muestra “lo importante que ha sido para toda mi familia y para todo mi equipo mi deporte. Es mi vida y la de mi familia. Realmente no hay nada más importante que eso”, recalca la doble campeona panamericana.








