A Temaca en dos ruedas

Por más que funcionarios federales y de Jalisco insistan en lo contrario, no hay duda que los habitantes de Temacapulín se oponen a ser desplazados a una población hechiza que el gobierno de Emilio González Márquez construye en una meseta inhóspita y tan poco agraciada como su nombre: Talicoyunque.
“A la mejor el ingeniero César Coll Carabias o el gobernador tienen pensado irse a vivir ahí, porque lo que es nosotros, no”, comenta don Alfonso Íñiguez, en la fondita de su propiedad, a un costado de la vistosa plaza pública de Temaca.
Mientras lleva a una mesa quesadillas, frijoles de la olla, carne asada y un molcajete rebosante de salsa que acapara las miradas de los comensales, el también cronista del lugar describe la situación de su pueblo, amenazado por la construcción de la presa El Zapotillo, a varios de los ciclistas que una hora antes habían terminado un recorrido cuyo punto de partida fue Yahualica, de donde el contingente salió minutos antes de las 10:00 de la mañana de ese día.
Tanto los comensales de don Alfonso como quienes optaron por irse a comer a otros sitios, pudieron ver las numerosas inscripciones que aparecen por distintos puntos de Temacapulín, repudiando el proyecto acuífero que pretende inundar el pueblo, así como las poblaciones vecinas: Acasico y Palmarejo.
Los destinatarios de esas pintas son funcionarios en activo (“Esta casa no se vende ni se renta. Respeten lo que no es de ustedes”) y también exfuncionarios (“Dau, los niños de Temacapulín no queremos que destruyas nuestro pueblo”, en alusión a Enrique Dau Flores, quien fue el director de la Comisión Estatal de Agua y Saneamiento durante la administración de Francisco Ramírez Acuña).
Algunas inscripciones invocan incluso el auxilio divino, con rogativas a la Virgen de los Remedios y al Señor de la Peñita, el famoso Cristo de Temaca, presente en la poesía del padre Alfredo R. Plascencia: “Si tantas veces te canté de bruces,/ premia mi fe de soñador…”.
Para la hora de la comida, más de medio centenar de pedalistas –procedentes en su mayoría de Guadalajara, aun cuando media docena dijo venir de Nochistlán, Zacatecas– estaban enterados de la situación del pueblo. También habían quedado gratamente sorprendidos por el recibimiento que los habitantes del lugar les ha brindado desde el momento mismo de su llegada, minutos ante de las 2:00 de la tarde, cuando ya un grupo de niños, montados en sus pequeñas bicicletas, los esperaba en el entronque de la carretera Mexticacán-Cañadas de Obregón, a medio kilómetro de distancia, desde donde fueron escoltados por aquella inesperada avanzadilla infantil hasta la entrada del templo consagrado, tres siglos atrás, a la Virgen de los Remedios.
A la llegada, dos personas encaramadas en la torre tocaban las campanas a rebato. Ya dentro del atrio varias damas repartían sonrisas y también agua fresca de jamaica y alfalfa (la más elogiada). Luego de tan satisfactoria y refrescante hidratación, hubo un breve acto religioso dentro de la pétrea iglesia, construida en cantera rosada, un tipo de piedra que extiende su gracia en muchas otras fincas, incluidas construcciones como el renovado kiosco y las bien proporcionadas arcadas que delimitan el extremo sur de la plaza y en cuya parte central se destaca una hermosa águila juarista, lo que delata la antigüedad de su construcción: en los años de la República Restaurada o, cuando muy tarde, en la época porfirista.
Mientras la mayor parte de los recién llegados escucha al sacerdote dirigirse a ellos desde el altar en que oficiara el poeta Alfredo R. Plascencia, entre 1910 y 1912, varios más siguen afuera del templo, unos descansando en las sombras del atrio y otros más sorprendidos por la baratura de los chiles de árbol secos que una joven, asistida por quien parece ser su madre, ofrece en bolsas de buen tamaño: “A 10 pesos la mediana y a 20 la más grande”.
Otros géneros se ofrecen también en el costado izquierdo del atrio: mientras el pintor Alfredo Gómez, joven maestro del paisajismo, exhibe reproducciones de obras suyas con vistas de Temaca y sus alrededores, su hermano Hugo no se da abasto con una tina de elotes cocidos que poco a poco va menguando en su contenido.
Una vez concluida la alocución del sacerdote, quien pidió oraciones por Temaca y solidaridad con “una causa justa” como la salvación del pueblo, Beatriz Espinosa, coordinadora del recorrido ciclista y cuyas raíces están en esa tierra, aparece con uno de los dos pedalistas que se cayeron en el último tramo del recorrido, en la pendiente que baja hacia el río Verde. El ciclista que la acompaña debió haberse herido en la barbilla, pues justo en esa parte del rostro lleva una gasa sujeta con cinta adhesiva. El otro lastimado, originario de Yahualica, tiene las huellas de la caída abajo de la rodilla izquierda y en el rompevientos amarillo, roto a la altura de la espalda. Pero al ver la expresión de alegría de ambos, queda claro que las lastimaduras fueron menores, pues no les impidieron completar el recorrido ni los desanimaron para las fotografías que, individuales y en grupo, tomaron en el puente sobre el río Verde, con una línea de majestuosos sabinos al fondo.
Para sorpresa de todos, entre los accidentados y caídos no apareció un joven con debilidad visual, aun cuando hizo el recorrido completo, sano y salvo y sin perder en ningún momento el equilibrio ni el sentido del humor. Desde que la caravana pasó, 20 kilómetros atrás, por Mexticacán, un pueblo paletero con una topografía bastante accidentada, el joven en cuestión había dado muestras de su habilidad sobre la bicicleta, que se hizo más patente cuando la carretera comienza a bajar, de manera pronunciada, hacia el río Verde con muchas curvas. En ese riesgoso trayecto, con sólo las escuetas indicaciones de su instructora Beatriz Espinosa (“Curva a cinco metros a la izquierda… Ahora a la derecha”) y para admiración de propios y extraños, el sonriente joven de mirada perdida hizo un vertiginoso y limpio descenso.
Para las 3:30 de la tarde, la fondita de don Alfonso estaba casi llena y entre los comensales más retrasados llegó un grupo de siete jóvenes veinteañeros acompañados por una persona mayor. Don Alfonso los identifica como a “un antropólogo de la UdeG con sus alumnos que hacen estudios con la gente de aquí”. También llega el pintor Alfredo Gómez con su esposa y con su tía Isaura, que pareciera encarnar la sabiduría y la bondad del pueblo desahuciado por autoridades estatales y federales. Primero cuenta cómo el sacerdote Gabriel Espinoza, cuyas raíces están en Temaca, ha sido difamado por funcionarios como César Coll Carabias, titular de la Comisión Estatal del Agua, que lo han acusado falsamente de ser un “manipulador” de los vecinos de Temacapulín como si éstos fueran unos peleles, incapaces de pensar por su propia cuenta y de advertir que la desaparición de su pueblo es algo inaceptable para todos ellos.
Doña Isaura imagina la gloria eterna con las características de su pueblo: “Aquí no ha habido un asesinato en 40 años (el último fue el de una persona que venía huyendo de otra parte y aquí lo alcanzaron), aquí están enterrados mis padres, aquí uno siente que no le falta nada. Yo digo que la gloria debe ser parecida al lugar que uno más quiere y más le gusta. Y para mí ese lugar es Temaca”.
Pasadas las 6:00 de la tarde del domingo 9, el último grupo de visitantes que cuatro horas atrás habían llegado a Temacapulín en dos ruedas sube, en una Nissan Estaquitas blanca, la carretera que lleva a Mexticacán. Todos coinciden en que la gente de Temaca tiene la razón.