A la memoria de Miguel Ángel Granados Chapa
Todo es dos, todo es doble, todo tiene que ver con todo. La guerra, la más destructiva y permanente actividad de la especie más depredadora, nosotros, también trae consigo los cambios que se identifican con el progreso y facilitan la misma vida que la actividad bélica se encarga de destruir.
Al inventor de los fertilizantes le debemos también los gases letales. A los misiles que Hitler lanzó contra Londres les adeudamos las naves espaciales. Sin sus aviones de propulsión a chorro que fueron el arma secreta del Führer y trataron de oponerse a la aviación aliada cuando la Luftwafe ya no tenía combustible para moverlos, hay que darles las gracias, mal que nos pese por el yet y todos los cambios que trajo consigo.
A la pluma de ave y a la de acero que tenían que remojarse una y otra vez en la tinta, las desplazó el señor Waterman con el invento de la plumafuente, un instrumento de escritura que llevaba integrado su tintero. La estilográfica duró menos de cien años. Fue sustituida por el bolígrafo, descubrimiento del húngaro-argentino Biro. Nació porque los pilotos de los bombarderos necesitaban una herramienta que, cuando los aparatos se ponían de cabeza, no derramaran tinta.
Así, al comandante Perry (Matthew Calbraith Perry, 1794-1858) habría que darle las gracias por la apertura forzosa del Japón a Occidente tras varios siglos de encierro y la omnipresencia de la salsa Tabasco en las mesas de todo el mundo.
Perry fue capitán del primer vapor de guerra de su país y con él ayudó a abolir el tráfico de esclavos. Durante la invasión norteamericana ocupó San Juan Bautista (la hoy de nuevo martirizada Villahermosa). Se habituó a comer con chile y al volver a los Estados Unidos se llevó las semillas. Regaló unas cuantas a sus amigos de la familia MacIlheny quienes industrializaron el picante.
Sin ese acto de la llamada diplomacia de los cañones el haikú no sería, después del soneto, la forma más universal de la poesía. Hoy se escribe en todos los países, es ideal para iniciar a los niños en el disfrute de la poesía (ellos sin excepción son grandes poetas naturales, sobre todo las niñas) y resulta la más portátil y electrónica de las formas. Parece haber nacido para la Blackberry.
En Occidente la devoción por el haikú se ha concentrado en los otros Tres Grandes: Basho, Buson e Issa, poetas del siglo XVIII japonés. A estos clásicos habría que añadir a Shiki (Masoaka Shiki, 1867-1902). Mario Bellatin empleó su nombre en la novela Shiki Nagoata, una nariz de ficción (2001). Hoy el nombre es popularísimo en el planeta entero gracias a la serie de novelas de Fuyumi Ono acerca de vampiros y asesinatos seriales que ha pasado al manga, el cómic japonés sin nada de cómico, y al cine.
Shiki fue el primero en llamar haikú a lo que Basho designaba como haikai y hokkú y lo hizo aun más dúctil y conciso. Respetó a sus grandes antecesores, sin embargo apuntó que la mayor parte de su producción (y la de todos los poetas de todos los tiempos) es mala. Hay que admirarlos por sus aciertos sin perder de vista esa fatalidad.
Muy joven lo atacó el cáncer del XIX, la entonces incurable tuberculosis, y su obra está escrita bajo el acoso de la enfermedad y la certeza de su muerte próxima.
Es un gran poeta de esta forma minimalista y a la vez infinita que concentra el mundo y la relación de la humanidad con el resto de la naturaleza en unas cuantas palabras aéreas y sutiles. Estas aproximaciones son nada más un intento de hacer que Shiki sea tan conocido entre nosotros como sus ilustres antecesores.
I
Bajo la enorme noche
el mono sólo piensa
en atrapar la Luna.
II
Donde se alzó un castillo
florecen
rábanos.
III
La telaraña:
restos de mariposas,
cuánta tristeza.
IV
Trabajos del otoño:
Gran esfuerzo
dibujar tantas flores.
V
La noche helada:
también mi sombra
tiembla como álamo.
VII
Saludo a otro viajero.
Vuelvo el rostro:
se ha disuelto en la niebla.
VIII
¿Cuánto me queda por vivir?,
pregunto
a la noche tan breve.
IX
Los fuegos de artificio…
En su fulgor mi soledad advierte
sólo estrellas que caen.
X
La sombra de los árboles…
A la luz de la Luna
también mi sombra avanza.
XI
Un trueno, un rayo:
hasta el bosque sediento
baja la lluvia.
XII
El murciélago vuela.
Su rumor se estremece
entre los árboles.
XIII
Veloz danzante,
unida al torbellino
va la hojarasca.
XIV
Llega la noche.
De la boca del sapo
brota la Luna.
XV
Se esfumó la serpiente:
su mirada prosigue
en la hierba, retándome.
XVI
Entre el bosque en tinieblas
cae una mora
y hace sonar el agua.
XVII
La mariposa duerme.
Está soñando
con nuestra vida triste.
XVIII
Donde hubo una batalla,
en medio de las ruinas,
el árbol floreciente.
(JEP)








