Le gustaba decir que habíamos sido formalmente presentados por Julio Scherer García. Así fue. En el último semestre de la carrera de comunicación, a principios de los setenta, fui a Excélsior a pedirle a Julio, quien había sido mi maestro, que me dirigiera la tesis. “Yo no me dedico a eso”, me respondió casi molesto, pero sé de alguien que lo sabe hacer bien. Me llevó con Miguel Ángel Granados. Aceptó. Me titulé.
Años después fue mi sinodal en un par de concursos de oposición en la UNAM. Estaba al tanto de las investigaciones en la materia. Cuando aparecían autores nuevos los ubicaba; si la tecnología se complicaba buscaba la manera de entender cómo afectaría socialmente. Se mantuvo al día e incidió con su crítica en los procesos legislativos.
El 4 de mayo de 2006 coincidimos en la Suprema Corte acompañando a los senadores que presentaron la acción de inconstitucionalidad contra la Ley Televisa, a la salida nos fuimos a comer y conversamos largo. “¿Todo esto para qué, Miguel Ángel?”, lo cuestionaba desde mi ya incipiente desencanto. “Tú confía en los ministros”, me respondió, “vas a ver cómo le entran a esto”. Y así fue. El 5 de junio de 2007 a las 13:50 horas, cuando Ortiz Mayagoitia dio el martillazo que declaró inconstitucionales los artículos claves, verifiqué que sabía de lo que hablaba.
El tema de los medios en México fue un tema de conversación con él hasta que apareció el cáncer. Me contó de los tumores en el hígado y en el colon. De ahí en adelante no hubo más tema que el sentido de la vida y los obstáculos que ésta nos coloca.
Vino el 2008 con los estragos que hacían tanto la enfermedad como la quimioterapia, vinieron también los homenajes. El de la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM fue largo. Comenzó el 17 de septiembre con sesiones semanales y terminó el 29 de octubre. Ese día me tocó exponer en el auditorio. Él estaba en primera fila. Yo lo miraba desde la mesa que estaba más arriba. Sus malestares físicos eran evidentes. Sostenía la cabeza con su mano y cerró los ojos casi toda la sesión, aunque al final subió al presídium y el público escuchó a una mente lúcida e intacta.
Unas semanas después estaba en el hospital. Por primera vez en su vida dejó de escribir. El ejemplar de Proceso del 9 de noviembre no traía su texto, el miércoles 12 se abrió un paréntesis también en Reforma. La semana anterior había tenido que abandonar la cabina de Radio UNAM por falta de fuerzas. Pero se repuso y en 2009 se fue para arriba de nuevo.
“¿Cómo le hiciste, Miguel Ángel?”, pregunté. “Me reconcilié”, respondió. Y relató cómo en esas noches de hospital, en las que no dormía, repasó su infancia y pudo entrarle a imágenes a las que normalmente se resistía. ¿Como cuáles? Al recordar mis preguntas me detengo. Cuando alguien se va puede uno despeñarse en relatos que el interesado ya no puede matizar o que quizás no le hubiera gustado que salieran a la luz. Hago esfuerzos por recordar qué ángulos de sus respuestas solía tocar incluso en otras épocas y con más gente. Admiró y quiso profundamente, como es sabido, a don Paco Martínez de la Vega, a Manuel Buendía, a don Tomás Gerardo Allaz. Buscaba en ellos, y ésa era una batalla silenciosa, al padre que no estuvo. “Con él me reconcilié”, dijo y agregó: “Si mi madre así lo quería, así lo acepto yo también”. Y por casi tres años venció a las células malignas.
Hablar de ti, Miguel Ángel, no iba con tu oficio ni con tu personalidad. Lo sé. Dudé mucho antes de escribir estos renglones y creo que así, sin detalles ni honduras, te hubiera gustado un homenaje también a esta reconciliación final porque, como tú decías, éstos son los asuntos importantes de la vida.








