Tras el estallido de la revolución egipcia en enero de este año, la organización de los Hermanos Musulmanes dio un giro espectacular: después de años de represión contra sus miembros, se convirtió en la principal fuerza política de Egipto y se encamina al poder en las próximas elecciones parlamentarias. Para ello se apoya en una red de servicios sociales que ofrecen a la ciudadanía sin distingos de filiación política o religiosa. Pero en su interior hay una pugna entre los viejos dirigentes y la juventud que quiere democratizar la organización y participar más en su liderazgo.
EL CAIRO.– Mientras da sorbos a su taza de té en el bar de un centro comercial de los alrededores de El Cairo, Ahmed el Bialy rememora pausadamente la experiencia que vivió durante la revolución egipcia. De hablar suave y buenos modales, con la barba perfectamente recortada, claramente se ve que disfruta hablar de un acontecimiento que cambió su vida para siempre.
“Caminé 50 kilómetros para llegar al centro de El Cairo. Fue un momento increíble. Nunca tuve miedo, ni siquiera cuando la policía me disparó en la pierna y tuve que ir al hospital”, recuerda.
Médico de 34 años, residente de Mansoura, El Bialy es uno de los 3 millones de jóvenes Hermanos Musulmanes que se calcula viven en Egipto. Como muchos de sus compañeros, participó en la revolución enfrentándose con la policía y durmiendo con su familia en la plaza Tahrir.
Ahora quiere cosechar los beneficios de la revolución tanto para él mismo como para la organización que representa. “Ha habido muchos cambios desde enero –explica–. Antes mucha gente nos veía como unos islamistas temibles, pero desde entonces numerosos egipcios se han sumado a nosotros. Tenemos que aprovechar esta oportunidad de la mejor manera posible, tanto para nosotros como para nuestro país”.
Etiquetados durante décadas como un movimiento oscuro cuya meta era obtener el poder para establecer una estricta forma de sharia (ley islámica), en el curso de los últimos meses los Hermanos Musulmanes han experimentado uno de los giros más espectaculares en la historia del país: después de años de represión, tortura y brutalidad contra sus miembros, la organización se ha convertido en la principal fuerza política de Egipto y se encamina al poder en las próximas elecciones parlamentarias, cuyo inicio está programado para finales de noviembre.
Lucha interna
Pero si ganar en las urnas puede ser fácil, en el interior acecha una lucha por el poder que potencialmente puede ser mucho más peligrosa: la pugna entre el viejo liderazgo y la generación joven de hermanos y hermanas, lista para tomar la organización en sus manos luego de contribuir a la caída de Hosni Mubarak.
Sumarse a las protestas de la plaza Tahrir significó una experiencia enorme para muchos jóvenes de la Hermandad. Abrió vías de comunicación con el resto de la sociedad egipcia y creó lazos que ahora muchos dentro del movimiento no quieren perder.
“Antes yo pensaba que éramos los únicos que teníamos que soportar la carga de la represión por parte del régimen. Pero en Tahrir me encontré con muchísimas otras personas que sufrían en silencio, igual que nosotros”, explica Mohamed Abdel Hakem, estudiante de 24 años proveniente de Qema. “Tenemos que seguir trabajando junto con ellos para ejercer presión sobre los militares. Sólo así van a soltar el poder y permitir que se desarrolle una verdadera democracia”, señala.
La revolución, sin embargo, se ha evidenciado como un arma de doble filo para una organización acostumbrada a operar durante tantos decenios en la clandestinidad: por una parte permitió a la sociedad egipcia conocer mejor a los Hermanos Musulmanes y darse cuenta de que no eran los fanáticos islámicos que decía el régimen de Mubarak; pero por otra, expuso a sus miembros a ideas y experiencias diferentes.
Ahora la rama juvenil está pidiendo cambios radicales en lo concerniente al papel de los jóvenes y las mujeres dentro de la organización, la elección de líderes y la relación entre la Hermandad y su brazo político, el Partido de la Libertad y la Justicia. Mientras que el viejo liderazgo quiere continuar sus estrechos lazos con él, muchos miembros jóvenes exigen una separación completa entre las dos entidades.
“¿Cómo vamos a poder controlar las ideas del nuevo partido si éste sigue gobernado por la misma gente vieja de siempre?”, pregunta Mohamed Othman, de 28 años. “Nosotros visualizamos un modelo de democracia basado en la experiencia turca; pero hasta ahora la única preocupación de nuestro liderazgo ha sido la estabilidad en lugar del cambio”.
Othman es miembro del ala izquierda de la Hermandad. Junto con otros Hermanos Musulmanes jóvenes organizó a finales de marzo una reunión a la que asistieron cientos de personas que pedían una mayor democracia dentro del movimiento y una renovación total de la cúpula. La reunión, que no estaba autorizada, desató el enojo del Consejo de la Shura (el principal órgano gobernante de los Hermanos) y aunque desde entonces las fisuras han sido subsanadas, persisten enormes diferencias en las políticas a implementarse.
“Al igual que en toda la sociedad egipcia, el contraste entre la generación joven y la generación vieja dentro de la organización es innegable”, explica Ahmed Abdelgawad, de 34 años, miembro de la Hermandad Musulmana de Elminia. “Nosotros quisiéramos apresurar las cosas, pero los mayores no quieren”.
Como muchos otros de sus compañeros, Abdelgawad participó a título personal en la revolución del 25 de enero. La autorización oficial de la cúpula de los Hermanos Musulmanes a sumarse a la revolución llegó tres días después, una decisión que molestó a muchos miembros jóvenes.
“Por supuesto que en ese momento estaba yo decepcionado”, dice Abdelgawad, “pero también comprendo los temores del liderazgo”. Desde su perspectiva los mayores no querían embarcarse en una misión cuyos resultados todavía no estaban claros, porque el régimen de Mubarak sólo estaba esperando la oportunidad de mostrar a la revolución como un movimiento de fundamentalistas islámicos para iniciar la represión.
Pero si bien la organización de los Hermanos Musulmanes no fue lo suficientemente rápida en sumarse a la revolución, sí proporcionó durante los días siguientes los hombres y el espíritu para mantenerla viva hasta la caída de Mubarak.
Ahmed Abdel-Hady, de 38 años y gerente de una compañía multinacional, estuvo entre los Hermanos que durmieron en la plaza Tahrir, desafiando el frío y la represión de las fuerzas de seguridad durante los momentos más duros de la revolución. “80% de la gente que dormía en Tahrir eran Hermanos. Una noche éramos los únicos que estábamos ahí. Recibí muchas llamadas telefónicas de amigos que me exhortaban a abandonar la plaza, porque en poco tiempo sería tomada. Nunca en mi vida había sentido tanto miedo”, recuerda.
Luego, para su sorpresa, la noche transcurrió sin incidentes y en la mañana la plaza se volvió a llenar de gente. “Nunca estuve tan feliz de ver a mujeres con faldas cortas y a personas fumando. Era la señal de que ya no estábamos solos”, dice riendo Abdel-Hady.
Las hermanas
Los vientos de cambio también han afectado a las hermanas jóvenes, como se conoce a las mujeres dentro de la Hermandad. Si bien durante el régimen previo estaban impedidas de asumir roles públicos por motivos de seguridad, ahora muchas de ellas sienten que ha llegado el momento de cambiar el curso.
“Nuestro fundador, Hassan al Banna, habló muchas veces de la importancia del papel de las mujeres dentro de la Hermandad. Desafortunadamente nuestros líderes actuales no comparten la misma idea, pero ahora esto va a cambiar”, explica Rehab Hassan Gouda, ama de casa de 33 años.
“La historia muestra que siempre hemos jugado un papel importante dentro de la Hermandad”, la secunda Awatef Saad, de 35 años, dueña de una pequeña compañía de recursos humanos. “También demandamos ser parte de los procesos de decisión, porque hasta ahora no hemos podido alcanzar posiciones altas”, añade.
De acuerdo con miembros de la organización, el liderazgo ya ha llevado a cabo reuniones con representantes de las mujeres y de los jóvenes, y les ha prometido una mayor apertura y más participación en los procesos de decisión. Pero muchas de sus demandas (como más transparencia en el manejo de las finanzas, un proceso electoral más directo para escoger a los miembros del Consejo de la Shura y una cuota fija de asientos para mujeres y jóvenes en posiciones clave) han sido recibidas con preocupación por los líderes.
“No creemos que sea todavía el momento adecuado para hablar de estos temas”, explica el vocero de la Hermandad, Essam el-Arian.
Esta visión no necesariamente es compartida por los miembros jóvenes del movimiento: las elecciones están cerca y, en palabras de Othman, si el liderazgo no satisface sus demandas muchos jóvenes podrían decidirse a buscar oportunidades y representación en otra parte.
Permanecerían dentro de la Hermandad pero elegirían ser políticamente representados por otros. “Abandonar la Hermandad no es fácil, porque año tras año se vuelve parte de tu vida cotidiana. Mis hijos crecieron junto con los hijos de otros miembros”, explica. “Esta es la fuerza más importante de la Hermandad: no sus ideas religiosas o políticas, sino sus relaciones personales”.
Red social
Los aspectos sociales de la organización son tan importantes como los religiosos. Muchos miembros se incorporan desde niños.
Anass Gamal Mustafá, de 15 años, fue introducido a la Hermandad por su padre. Empezó a participar en los viajes a las pirámides y al desierto organizados para las familias de sus adherentes. “Los mayores nos enseñaron cómo leer los astros y orientarnos en el desierto en la noche”, recuerda. “Era fantástico. Cuando crezca quiero estudiar astronomía”. Por lo pronto asiste a las reuniones de los Hermanos Musulmanes dos veces a la semana, recorre las calles de su pueblo y recolecta fondos entre sus vecinos para las organizaciones civiles y asociaciones vinculadas con la Hermandad.
La asistencia a los pobres y a los necesitados ha constituido sin duda otra forma de ganarse el corazón y la mente de las personas. Hay organizaciones civiles ligadas con los Hermanos que construyen viviendas populares y subvencionan casamientos para quienes no pueden costearlos, sin importar su credo religioso o su filiación política.
Más aún, la organización administra 12 hospitales en el país, donde los pacientes indigentes son atendidos gratis. El hospital Al Farouk en El Cairo es uno de ellos: atiende a 600 pacientes por día, apoyándose casi totalmente en donaciones para cubrir su presupuesto operativo de 1 millón de libras egipcias por año. “La forma en que manejamos esta estructura es un mensaje”, explica el subgerente del hospital, Ahmed al Mursi, él mismo es un Hermano Musulmán. “Cómo estar más cerca de Alá llevando asistencia médica a los pobres sin importar a cuál religión pertenezcan”.
La organización también maneja centros sociales y participa en eventos como el Día de los Huérfanos, que se celebra cada año, para hacer sentir su presencia en todas las esferas de la sociedad egipcia.
Incluso, el futbol ha sido uno de sus objetos de interés: una vez por semana hermanos jóvenes se reúnen en el pequeño campo de una base militar de El Talaaea, en El Cairo, para jugar y practicar.
Antes de empezar, uno de los hermanos jóvenes convoca a sus compañeros para una breve charla. “Quiero que reflexionen sobre el sermón que escuchamos anoche”, dice a los otros que oyen en silencio. “Recuerden que nuestra vida no está garantizada, que podemos morir mañana. Por eso es importante seguir las enseñanzas del profeta…”, concluye antes de permitir que el juego empiece.
La educación y asesoría de los adolescentes es otro campo en el que la Hermandad es particularmente fuerte. Muchachos y muchachas son divididos en pequeños grupos de ocho o 10, de acuerdo con su edad, y un hermano o hermana de mayor edad les da seguimiento reuniéndose con ellos dos veces por semana para leer El Corán o asesorarlos en los problemas de su vida cotidiana.
“Es algo que he estado haciendo desde hace ocho años y que me mantiene viva”, explica Marwa Mohsen, de 30 años, quien asiste a dos grupos de chicas de entre 13 y 18 años. “Es un gran desafío: me impulsa a saber más y a buscar respuestas. He aprendido mucho a través de ello”.
Estos hermanos y hermanas mayores, que constituyen la principal conexión entre la estructura y sus próximas generaciones, de alguna manera son los mejor equipados para comprender las nuevas tendencias entre los jóvenes y la forma en que pueden influir en el futuro de su organización.
“No hay por qué preocuparse, la Hermandad Musulmana va a cambiar sin ninguna fractura entre sus miembros jóvenes y viejos”, sostiene esperanzado Mohsen. “Antes no podíamos tenderle la mano a la gente, pero ahora tenemos una gran oportunidad de hacerlo y debemos concentrarnos en ello. La Hermandad no va a cambiar a causa de la revolución, sino gracias a la libertad que hemos adquirido”, afirma. (Traducción: Lucía Luna)








