Desde el inicio de la guerra de Felipe Calderón contra el narcotráfico, 82 efectivos del Ejército y 14 de la Marina consiguieron acabar con su propia vida, y muchos más lo han intentado. Estudios especializados señalan que los factores que exponen a los militares al suicidio son las presiones, la violencia y la incertidumbre que experimentan en la línea de fuego. Lejos de proteger a sus efectivos, esas dependencias atribuyen los hechos a desórdenes mentales ajenos al servicio.
La tarde del 24 de julio de este año, internos del dormitorio 18-A de la prisión del Campo Militar Número Uno fueron testigos de una escena macabra: sobre uno de los escusados colgaba el cuerpo inerte del soldado de infantería José Enrique Mota Solano.
El militar, de 31 años, ató a su cuello una cuerda de plástico que sujetó a los barrotes de una ventana, se introdujo una playera en la boca, se subió al depósito de agua del inodoro y saltó.
Mota Solano formaba parte de las tropas que combaten al narcotráfico. Llegó a la prisión militar en marzo de este año, procesado por el delito de abandono de servicio y robo de su arma de cargo.
Los prisioneros que lo conocieron recuerdan que entró en el penal con la idea de que estaría unos cuantos meses, pero empezó a deprimirse cuando se enteró de que podría permanecer encerrado hasta siete años.
Aquel 24 de julio, el soldado de infantería recibió la visita de su mujer, con la que al parecer discutió. Sus allegados suponen que el motivo fue el dinero, ya que aun antes de recibir sentencia los soldados son castigados con la reducción de hasta 90% de s








