La prohibición de la fiesta brava en Cataluña sienta precedente y podría extenderse a México por instancias del Partido Verde Ecologista y del PRI. En entrevista con Proceso, los hijos de Silverio Pérez, el famoso matador texcocano, lamentan que se adopten estas decisiones que acabarían con un espectáculo de gran tradición y arraigo popular. También expresan su deseo de que sólo se trate de una medida temporal para que sigan efectuándose las corridas en las que se manifiesta –afirman– el valor y el arte de los toreros.
TEXCOCO.- Como si arrastrara negros nubarrones, la reciente prohibición de la fiesta brava en Cataluña vino a ensombrecer el panorama taurino mexicano. Fue un duro revés para sus aficionados, ganaderos y empresarios que hoy ven surgir iniciativas para también prohibir en México el añejo arte de la lidia.
Y entre muchas otras, la familia del legendario matador texcocano Silverio Pérez estuvo al tanto de la última corrida celebrada en esa región española. Vieron con tristeza cómo el diestro José Tomás participaba en esa última tarde en la Monumental de Barcelona, el pasado 25 de septiembre.
–¡Qué duro para la fiesta! ¡Es terrible! –exclama Marcelo Pérez, uno de los hijos del Faraón de Texcoco.
Silverio chico, enfundado en ropa deportiva y con la misma cara alargada del padre, tampoco oculta su enojo:
“Son unos imbéciles quienes prohibieron las corridas en España. Están acabando con la fiesta brava y, por tanto, con una tradición de siglos que nos viene desde la época de los fenicios.”
–Pero algunos aseguran que esa tradición está en decadencia, agonizando por sí sola.
–Tienen cierta razón, pues de todos depende mantener vivo el arte taurino. Por ejemplo, en México ya no hay grandes figuras del toreo que muevan a la afición. ¡No las hay! ¡Se acabaron! Pero a las figuras las hacen los empresarios. De modo que no hay figuras porque a los empresarios no les interesa hacerlas, así de simple.
–Es extraño oír hablar de un arte que puede morir.
–Sí, el toreo es un arte impresionante. Y para trascender, un torero necesita valor y arte, de lo contrario será un matarife cualquiera. Además, el toreo es un arte muy efímero; sólo dura el instante fugaz de una faena.
–¿En realidad la memoria puede preservarlo?
–Claro, y por muchos años. El 31 de enero de 1943 mi padre hizo una faena memorable con el toro Tanguito, al grado de que el público lo obligó a dar seis vueltas al ruedo, algo nunca visto. Cincuenta años después, en 1993, en la Plaza México se le rindió un homenaje por aquella faena. Es increíble cómo el recuerdo logra conservar esos momentos tan fugaces. Cierro los ojos y vuelvo a disfrutar faenas que presencié hace 15 o 20 años.
Los recuerdos
La familia de Silverio Pérez es memoriosa. Sus cinco hijos –Marcelo, Silverio, Silvia, Consuelo y Ana Laura– atesoran en la memoria muchos recuerdos del padre, que van desde su niñez y juventud, su gloriosa época de torero (de 1931 a 1953), hasta la larga etapa posterior en la que Silverio se vino a vivir a La Granja, enorme finca campestre en la que se dedicó a criar ganado lechero y donde murió en 2006.
Hoy remozada, la finca sigue siendo el principal centro de reunión de la familia. Y para que el tiempo no borre tan fácil la memoria del padre, los hijos de Silverio abrieron ahí un museo donde exhiben algunos de sus trajes de luces, capotes, monteras, muletas y otros implementos taurinos.
Para ir a La Granja, Silvia, la hija de Silverio, citó al reportero y al fotógrafo en la casa de la Ciudad de México donde vivía el matador en sus gloriosos años de torero, una casa ubicada en la calle Rébsamen de la colonia Del Valle.
“¡Qué años aquellos! –recuerda Silvia antes de subir al automóvil, mirando el porche de la casa– De aquí veía salir a mi padre vestido de luces y acompañado por su cuadrilla. La gente se juntaba en la calle para aplaudirlo. Pero yo sabía muy bien del horrible miedo que lo carcomía por dentro.”
–¿Cómo lo sabía?
–Antes de cada corrida, mi padre permanecía largos ratos tendido boca arriba sobre el piso, con la camisa abierta, solo y ensimismado. Veía como le temblaba el cuerpo y la piel. No paraba de temblar. El miedo también le hacía perder peso. Llegaba a bajar kilos, al grado de que el día de la corrida ya le quedaba flojo el traje de luces.
–¿Ustedes iban a verlo torear?
–No, nos quedábamos en casa. Mi madre escuchaba la corrida por la radio, nerviosa, encorvada, encajándose las uñas en las manos.
–¿Y al regresar de la plaza?
–Mi madre le tenía preparada la tina de baño con agua tibia, para que se relajara. Cuando le tocaba una mala tarde regresaba solo y se metía en la tina. En cambio, un gentío lo acompañaba de regreso en sus tardes triunfales, muchos entraban a la casa y lo llenaban de elogios. En una ocasión, me tocó ver a Jorge Negrete emocionadísimo besándole las manos.
Silvia sube a su automóvil y enfila rumbo a La Granja. Por las ventanillas se observa un cielo cubierto de nubes delgadas que dejan pasar la claridad del sol, mientras van desfilando las últimas construcciones de la mancha urbana. Después, el horizonte se abre a la vista y aparece la amplia llanura texcocana con su olor a matorrales húmedos y a fango podrido. Los montes se ven diminutos en la lejanía.
Más delante estallan en el aire unos cohetes con su cauda de humo, anunciando un festejo en alguna ranchería cercana. Surge luego la parroquia encalada y el jardín arbolado de Pentecostés, la pequeña comunidad del municipio de Texcoco donde en 1915 nació Silverio y a donde regresó a vivir en 1954, tan pronto dejó los ruedos. Pentecostés fue su querencia. Y por ella y por Texcoco el torero utilizó su amistad con los políticos para realizar cuanta obra pública se necesitó.
“Mi papá jamás se alejó de su gente. Siempre la ayudó en lo que pudo”, comenta Silvia, mientras va al volante.
Un largísimo muro blanco ataja el trayecto. En su centro hay un portón de madera con ribetes de hierro. Es la entrada de La Granja. Lentamente se abre el portón y lo primero que aparece del interior de la finca es un pedestal de piedra que sostiene una estatua en bronce de Silverio Pérez, agarrando la muleta con la diestra y dando su famoso trincherazo. El pedestal cuadrangular es una fuente. En sus cuatro costados hay sendas esculturas de cabezas de toro escupiendo chorros de agua por el hocico.
A los lados de la estatua se extienden los amplios jardines. Y al fondo se yergue la casa principal de grandes ventanas, arcadas y techos de teja. Se mezclan los ornamentos y macetas de barro con el azulejo de aire andaluz.
Los perros saltan juguetones y enroscan sus colas, se acercan ladrando al automóvil. Consuelo y Ana Laura –las otras dos hijas de Silverio– reciben a las visitas y anuncian que la comida casi está lista.
–Hagan tiempo. Vayan a ver las cosas de mi papá– dice Consuelo.
Silvia sale del auto y se encamina primero al extremo izquierdo de la finca para mostrar la capilla. Al llegar, se para frente a la escultura de madera estofada que preside el altar y dice:
“Ese Cristo fue un regalo que nos hicieron los hijos del maestro Fermín Espinosa Armillita.”
Sobre una repisa hay pequeñas estampas de imágenes religiosas: de la Virgen de Guadalupe, San Juan de los Lagos, del Carmen, del Perpetuo Socorro…
“Cuando salía de viaje para torear, mi papá siempre llevaba en su maleta estas estampitas que lo protegían de los percances”, explica Silvia.
–¿Tenía predilección por alguna imagen?
–La Virgen de Guadalupe fue su preferida. Mi padre era un fervoroso guadalupano. Por eso sus cenizas y las de mi madre las pusimos en las criptas de la Basílica de Guadalupe, lo mismo que las de mi tío Carmelo, el hermano torero de mi padre que murió trágicamente. Todos descansan bajo la tilma del Tepeyac.
Manolete, Lara…
Al lado de la capilla se encuentra el museo. Una alta construcción rectangular que tiene acceso al exterior a través de un corredor con verja. En sus paredes se exhiben fotos de un sonriente Silverio saludando a varios presidentes de México, lo mismo hay dibujos, pinturas, recortes periodísticos y cabezas disecadas de toros que lidió el célebre matador.
Brillan los trajes de luces al centro del museo. Capotes y muletas lucen extendidos. Imágenes congeladas de Silverio y Manolete alternando en una corrida realizada en 1946. Imágenes del Faraón en plena lidia. Fotos de Silverio y su esposa, La Pachis, departiendo alegremente con toreros o con famosos personajes del espectáculo de aquellos años. Recuerdos y más recuerdos…
“Aquí era la planta lechera. La habilitamos como museo, juntando pertenencias dispersas de mi padre”, dice Silvia.
–¿Tienen asesoría de algún museógrafo?
–Para nada. Todo lo hemos hecho a la buena de Dios. Y aún no terminamos de juntar material. Actualmente recopilo crónicas taurinas que escribieron sobre mi padre periodistas como Carlos Septién, Renato Leduc o Rafael Solana.
Señala una lápida de mármol blanco que descansa sobre una plataforma, y cuenta:
“Estaba en la tumba de mi tío Carmelo, donde descansaban sus restos antes de que los lleváramos a la Basílica. Un día, se estaba vendiendo la lápida en una subasta. Tuvimos que comprarla y rescatarla.”
Apunta después hacia una guitarra que se exhibe dentro de su estuche abierto.
“La guitarra de mi padre. La tocaba extraordinariamente bien. Solía cantar a dúo con mi mamá, que tenía muy buena voz.”
–¿Qué cantaban?
–¡Rancheritas! canciones rancheras. Cantaban mucho una canción que se llama Justicia compuesta por mi papá. Aquí en La Granja seguido hacían fiestas a las que invitaban a sus amigos… ¡Mire! ¡Venga!
Y conduce al reportero a una pantalla donde se transmite un video sobre Silverio. Aparecen escenas de un convite en la finca campestre realizado en los cuarenta. Ameniza el Trío Calaveras y cantan Manolete, Armillita y David Liceaga, entre otros invitados. A Manolete, siempre tan adusto, se le ve feliz, con una blanca camisa de manga corta y riendo como un chamaco relajiento. “Ese día mi mamá les hizo una comida de puro gusto”, rememora la hija de Silverio.
–¿No se enceló su mamá cuando Agustín Lara le compuso el pasodoble a Silverio diciendo que era el “tormento de las mujeres”?
–A la esposa de un torero famoso también le preocupan lo cuernos, pero los que le pueda poner el marido. Si viera el viejerío que atosigaba a mi papá, que no era precisamente un santo. Tan pronto compuso su pasodoble, Lara invitó a mis padres a que se lo escucharan cantar. Ellos fueron los primeros en oírlo. Mi madre le preguntó a Lara: “A ver a ver, ¿cómo está eso de que es el tormento de las mujeres? ¿Le sabes algo?”. Y Lara le contestó: “¡Caray! si los hombres sufrimos al verlo torear, para las mujeres debe ser un tormento”.
Silvia sigue deambulando por el museo. Se detiene ante una fotografía en la que aparece de pie el torero José Tomás, a un lado de Silverio postrado en cama y ya para morir. Relata la hija del Faraón:
“Fue la última fotografía que le tomaron a mi padre. Estaba internado en un hospital de la Ciudad de México. Le dijeron que un torero español había ido a consulta al mismo hospital y preguntaba si podía visitarlo. Mi padre dijo que sí sin saber de quién se trataba. Se le rodaron las lágrimas al ver entrar a José Tomás, quien sacó su celular y pidió que les tomaran esa foto. La mandó imprimir y nos la envío de España.”
–¿Llevan ustedes buena relación con la comunidad taurina?
–Sí, claro, desde que vivía mi padre. Él nunca tuvo rivalidades con los toreros con quienes alternaba, como Lorenzo Garza, Fermín o Manolete. Al contrario, todos lo querían. Y ahora nuestra familia mantiene estrecha relación con los Arruza, los Espinosa y los Castro. Una relación de toda la vida.
Tristeza
Consuelo entra al museo para avisar que la comida está lista. Mientras camina por el jardín sombreado por truenos, capulines y nísperos platica de su afición por los toros:
“Durante un tiempo llegué a torear. Pero comprendí que la mujer no sirve para la lidia. Incluso se ve mal en traje de luces. La lidia es para los hombres, la mujer debe estar en el tendido.”
Interviene Silvia:
“Sí, en traje de luces la mujer se ve tan mal como las boxeadoras con sus guantes y sus calzoncillos. Yo por eso me conformé con ser aficionada.”
–¿Sigue yendo a los toros?
–No me pierdo ninguna corrida de la temporada grande en la Plaza México. Me gusta muchísimo el ambiente taurino. Me doy por bien servida con una buena tanda de naturales, un extraordinario par de banderillas o tan sólo con ver los buenos toros. ¡Qué animales! ¡Qué bárbaro! ¡Es increíble!
“Mi padre veía las corridas por televisión y yo asistía a verlas a la plaza. Al terminar cada corrida le hablaba por teléfono y comentábamos las faenas. Siempre le decía que los castaños no son buenos toros. Él me decía que sí. Yo le insistía que no. ‘Está bien, está bien, los castaños son malos toros’. Me daba por mi lado para no seguir discutiendo. Así era él.
“Cuando murió dejé de ir a las corridas porque me daba mucha tristeza ya no poder comentarlas con él. Pero un día, una amiga me estuvo insistiendo en que la acompañara a la inauguración de una temporada en la México. Terminé por aceptar. Caminé por el túnel y al llegar a los tendidos lo primero que oí fue el pasodoble Silverio… Mi padre me estaba dando la bienvenida.”
A la mesa –entre el pipián, las carnes, el tequila y los anises– la familia de Silverio Pérez habla con tristeza sobre la prohibición de los toros en Cataluña, fruto de una decisión tomada en agosto de 2010 por el Congreso catalán, con la que se dio por concluida una tradición de siglos.
“Ojalá y sólo sea una decisión política, una postura pasajera”, comentan.
En México ya se discuten iniciativas de ley encaminadas a prohibir la fiesta. En el Distrito Federal, el Partido Verde Ecologista (PVEM), con el apoyo del PRI, pretende reformar la Ley para la Celebración de Espectáculos Públicos, a fin de prohibir las corridas a partir del próximo año, con lo que se daría el cerrojazo a la Plaza México, el principal coso del país.
El bronco empresario de la México, Rafael Herrerías, asegura que primero tienen que “pasar sobre mi cadáver” antes de prohibir los toros.
En Coahuila, el PRI también intenta prohibir los espectáculos taurinos modificando la Ley de Protección a los Animales para el Estado de Coahuila. La diputada local priista Cecilia Yanet Babún, dijo al respecto:
“Hemos avanzado en el respeto al bienestar de todas las personas. Ahora nos toca pugnar para erradicar también todo maltrato, abandono y crueldad hacia los animales.”
El priismo coahuilense tiene la certeza de que, antes de concluir el año, la iniciativa quedará aprobada por el Congreso estatal.
Varios ganaderos del país empiezan a protestar, como Sergio Hernández Weber, propietario de Cuatro Caminos y Rancho Seco, dos de los hierros más prestigiados del campo bravo mexicano. Lo mismo que Armando Guadiana, dueño de la ganadería de Jesús Cabrera.
Silverio hijo se encoge de hombros, mueve la cabeza y se lamenta:
“Es increíble que en Coahuila, la tierra del maestro Fermín Espinosa, una de las grandes glorias del toreo, estén encabezando todo este movimiento antitaurino. ¡No doy crédito!”
Comenta que le duele mucho esta amenaza que intenta arrasar con las tradiciones de su casa, mellar el recuerdo de su padre y de las otras leyendas de los ruedos. “¿Dónde quedará la casta de los toros? ¿Dónde quedará el arte de los toreros valientes? ¿Dónde quedará su sangre? ¿Dónde?”, se pregunta Silverio.








