Con los medios de comunicación masiva de la Universidad de Guadalajara (UdeG) se da una situación anómala cada vez que en ellos ha de tratarse algún asunto relacionado con la casa de estudios. Entonces Radio UdeG, el Canal 44 de la televisión local y el semanario impreso La Gaceta suelen ofrecer como información algo que no pasa de ser propaganda o boletines de prensa que se ofrecen como “noticias”. Puertas adentro del campus udegeísta, el manejo informativo es parcial y el único punto de vista que prevalece es el de la cúpula directiva de la institución. En otras palabras, merced a esa “política editorial” oficialista, los medios de la UdeG y muchas de las personas que trabajan en ellos no tienen empacho en presentar a la universidad pública de Jalisco como una institución monolítica, sin voces discordantes y donde no hay cabida para la pluralidad y mucho menos para la disidencia.
Esto ha sido más que evidente en el caso del llamado Colectivo de Reflexión Universitario (CRU), una agrupación de académicos de la propia UdeG y que desde el momento de su aparición (hace escasos tres meses) ha hecho públicas sus diferencias con la forma corporativa y antidemocrática en que ha venido siendo manejada su alma mater. De la existencia, acciones, pronunciamientos y críticas de este grupo de universitarios se ha podido saber por los medios de comunicación locales y hasta por uno que otro de alcance nacional, pero no por los que maneja la UdeG, en los cuales no se tiene empacho de ningunear a los universitarios que se apartan del guión oficial. En esas circunstancias, la estrategia mediática es silenciar o hacerle el vacío a cualquier expresión surgida de esa casa de estudios, sin importar si dicha expresión es auténtica, sensata y legítima.
Tanto el membrete que se autodenomina Medios UdeG como el Canal 44 –que extrañamente no forma parte de ese presunto corporativo de medios universitarios– se han esmerado en desairar lo mismo las ruedas de prensa convocadas por el CRU que el foro denominado “¿Qué universidad tenemos? ¿Qué universidad queremos?”, que se realizó a fines del pasado agosto y en el cual salieron a relucir asuntos como la forma antidemocrática en que se eligen autoridades y se toman las decisiones en la UdeG, la discrecionalidad en el manejo financiero de la institución, las desmesuradas diferencias salariales entre directivos y trabajadores de base, así como la proliferación de proyectos frívolos, en detrimento de las verdaderas actividades sustantivas de una institución de educación superior que opera con fondos públicos.
Dicho de otra manera, los medios de comunicación menos confiables para saber lo que realmente pasa al interior de la UdeG son los de la propia casa de estudios. Y ello no por falta de capacidad periodística de quienes laboran en dichos medios, sino porque la prioridad de éstos no es la de ser usados para informar de manera veraz e imparcial sobre asuntos de interés público –y la UdeG es uno de esos asuntos, en la medida que tiene una importante responsabilidad social y opera con el dinero de los contribuyentes–, sino para defender los intereses particulares del grupo político que regentea la universidad.
De este modo, el capital intelectual de las personas que trabajan para los medios de la UdeG se suele ver reducido, podado o moldeado por reglas explícitas –y también por las no escritas o por “valores entendidos”–, así como por una censura oficial que, por supuesto, no quiere ser reconocida con este nombre tan poco lucidor y prefiere una denominación más eufemística (“política de editorial”, por ejemplo). También ha florecido la autocensura, con calculadas conductas acomodaticias entre parte de la plantilla laboral de esos medios. De este modo integrantes de tal tripulación han buscado conservar su chamba a toda costa, sin descartar que en más de un caso el propósito haya sido también halagar al jefe inmediato y al siguiente y así hasta llegar al jefe de jefes (¿eres tú, Raúl?).
Y en cuanto a los colaboradores y comentaristas externos ocurre una cosa curiosa: su libertad de expresión y pensamiento puede ocuparse, sin ningún coto o limitación, de asuntos de interés internacional, nacional y hasta local, siempre y cuando no se trate de cuestiones polémicas o comprometedoras en las que la cúpula directiva de la UdeG esté de por medio. En este caso, la libertad periodística deja de serlo, pues mientras una parte de esos editorialistas opta por sacarle la vuelta al toro universitario (una de las formas más comunes de la autocensura), el resto hace una lidia al gusto de la nomenklatura udegeísta.
Este estilo periodístico se advierte hasta en los espacios presuntamente culturales de los medios universitarios. Así por ejemplo, lo que hacen o dejan de hacer los otros (la Secretaría de Cultura, SC, por ejemplo) puede ser objeto de críticas más o menos informadas y argumentadas, pero la gestión cultural de la UdeG se mide con un rasero totalmente distinto. Mientras se denuncia a las autoridades del Instituto Cultural Cabañas (ICC) y de la SC por permitir que la mencionada finca patrimonial sirva a veces de salón de fiestas, nada se dice de que en espacios presuntamente culturales de la UdeG como el teatro Diana y el auditorio Telmex se presenten espectáculos descaradamente comerciales y de una baja o nula calidad artística. En Radio Universidad (que a ratos bien podría denominarse Radio Parcialidad) a la señora Cecilia Wolf se le ha cuestionado que, en su condición de directora del ICC, haya hecho un viaje a China, pero nada se ha dicho en cambio, ni en esa radiodifusora ni en ningún otro medio de la UdeG, de los cerca de cien viajes al extranjero realizados por Igor Lozada, quien desde 2007 regentea una oficina llamada Cultura UdeG.
Tampoco se menciona como hecho anómalo que una parte del subsidio oficial de la universidad pública de Jalisco se utilice para dizque “promover la lectura del libro en español” en Los Ángeles, California, o que en sólo 72 horas se hayan despilfarrado 9 millones de pesos del presupuesto udegeísta en la I Feria Internacional de la Música, en cuyo programa estuvieron incluidos varios trabajadores y funcionarios de los medios udegeístas. Y es que las relaciones clientelares, el cuatachismo, el tráfico de influencias y el intercambio de favores también se cuentan entre los vicios que lastran a los medios administrados por la casa de estudios.
Legalmente, tales medios están concebidos para cumplir una noble función (el servicio público), aun cuando en la realidad cotidiana realicen una función muy distinta: defender los intereses de la nomenklatura udegeísta, golpear o ningunear a los adversarios de ésta y prestarse a prácticas abusivas de autoservicio, en las cuales incurren sin rubor varias de las personas que forman parte de la tripulación de esos medios.
En conclusión, periodísticamente la radio, la televisión y el semanario impreso de la UdeG pintan un panorama singularmente esquizofrénico: afuera del campus universitario, un mundo en descomposición, cuyas lacras (reales o imaginarias) se denuncian y fustigan, y puertas adentro, algo parecido a la sociedad perfecta, donde las virtudes se cuentan a destajo, pese a limitaciones presupuestales y a otras formas de incomprensión e incluso de hostilidad de agentes externos.








