En los quince números de su Correo Literario Monterrey, publicado entre 1930 y 1937 en Buenos Aires y en Río de Janeiro, Alfonso Reyes aparece como antecedente y precursor del blog en tanto espacio a la vez público y privado.
En una alianza inestable e impredecible, el blog reconcilia a Gutemberg con Bill Gates. Une también el block, el cuaderno de apuntes y notas sueltas, con el log, la bitácora de viaje por el mar siempre desconocido, promisorio y amenazante que ayer era el océano y ahora es la internet.
A principios del siglo XVIII el periódico y la revista fueron tan nuevos y sorprendentes como lo son hoy las fugaces letras de luz que pueden llegar a un público virtual, es decir infinito, o no ir a ningún lado. La revista se ideó como un libro colectivo. Aún quedan unas cuantas que conservan este formato. En sus páginas florecieron el poema, el cuento, el ensayo, la polémica y la reseña crítica que fue inventada por la Edinburgh Review. Unida a la conversación de los salones, la revista fue decisiva para crear la prosa moderna en las lenguas europeas.
Como los libros, las revistas eran caras y llegaban nada más a lectores privilegiados. El periódico, en cambio, fue el libro del pueblo. Por un centavo la gente recién alfabetizada tuvo acceso a las noticias del mundo, a las doctrinas políticas y a una gran variedad de temas y asuntos.
La historia literaria conserva ejemplos de revistas escritas por una sola persona, como el Teatro Crítico Universal del padre Benito Jerónimo Feijoó o El espectador de José Ortega y Gasset. A ellas habría que sumar, para no salirnos del ámbito castellano, la revista personal de doña Emilia Pardo Bazán y, ya más cerca de nosotros, la Sala de espera de Max Aub.
El diario: newspaper y journal
Más difícil será encontrar periódicos de un solo autor. Chesterton compara el diario con la catedral de la Edad Media, suma unánime de muchos esfuerzos colectivos. Sin embargo, la publicación unipersonal (aunque antimonológica) a la que dio el nombre de su ciudad natal –en estos momentos tan martirizada pero siempre tan amada por quienes le debemos muchas cosas a lo largo de mucho tiempo– y adornó con su propio dibujo del cerro de la Silla son un diario (un newspaper) y un “diario” (un journal) pero sobre todo se acercan al amenazado modelo del periódico cultural.
Entre nosotros este paradigma encarnó de manera insuperable en los suplementos creados y dirigidos por Fernando Benítez en el medio siglo que transcurrió entre 1949 y 1999. No es casual que durante la primera década de México en la Cultura, el gran suplemento de Novedades, Benítez haya tenido en Reyes su más ilustre y constante colaborador. México en la Cultura (1949-1961) y La Cultura en México, suplemento de Siempre!, cuando los dirigió Benítez, tienen un aire de familia con Monterrey, o mejor dicho son sus descendientes casi lineales.
Al comenzar la segunda mitad del siglo XX mexicano aquellas páginas de Novedades tenían en Reyes un redactor excepcional. En su persona y en su trabajo armonizaba los más diversos elementos y saberes, las obras clásicas de Grecia y Roma, la literatura mexicana del XIX (Manuel José Othón fue protegido del general Bernardo Reyes y huésped continuo como Francisco I. Madero en su casa de Monterrey), el Modernismo hispanoamericano (Reyes, quien lo definió puntualmente, como “un caso de originalidad involuntaria”, fue corresponsal de Rubén Darío y amigo de Leopoldo Lugones), la novela y el ensayo en lengua inglesa (su generación, la de 1910 o del Ateneo de la Juventud es la primera en México que supo leer, hablar y traducir el idioma), las letras francesas (de Rousseau a Mallarmé y Proust) y toda la literatura española, desde el Cid, el Arcipreste de Hita y los clásicos de los Siglos de Oro hasta las generaciones del 98 y el 27, y las letras argentinas y brasileñas.
Todo ello fue posible gracias a la afortunada experiencia recreada en Monterrey. Como demuestra este periódico irrepetible, Reyes une en su obra la Lusitania y la Hispania, las dos partes ibéricas de América, y habla de una unidad y diversidad más allá de los discursos y las conferencias internacionales.
Batallas póstumas
Al igual que cuando vivía, es casi imposible mantenerse al corriente del Reyes póstumo. Nada más en los últimos tiempos han aparecido los primeros tomos de su Diario, sus notas sobre Einstein –intento de no separar las dos culturas de las que hablaba C.P. Snow, la científica y la humanista–, la biografía escrita por Javier Garciadiego y El libro de las jitanjáforas, compilado por la incansable actividad, reyística en los dos sentidos del término, de Adolfo Castañón. El Fondo Editorial de Nuevo León ha hecho también una edición facsimilar de Monterrey con textos de Cecilia Laura Alonso, Alberto Enríquez Perea y Héctor Perea, y la coordinación de Carolina Farías Campero.
Antídotos contra el odio
Durante muchos años dominó la impresión de Reyes como un amable literato desprovisto de lumbre y drama que halló en la diplomacia una especie de beca para trabajar en lo suyo y, desde luego, en beneficio nuestro.
Las excelentes investigaciones de los últimos años muestran que la vida está en otra parte, no en el curriculum ni en la bibliografía. Gracias a ellas conocemos el revés de la trama, la maraña de zozobras, quebrantos, penurias, angustias e intrigas en medio de las cuales Reyes pudo escribir tanto y tan bien, y hasta darse tiempo y fuerzas para hacer un periódico que redactó, imprimió y envió por correo con sus propios recursos sin ningún subsidio oficial.
A los 1930 se les llamó en su día “la década violenta” sin saber lo que estaba en el porvenir inmediato. Se dirá que casi nada de estos cataclismos se refleja en Monterrey. No olvidemos que hace sus páginas un embajador a quien le está vedada toda manifestación política, excepto la que dicte su cancillería. Además, Reyes quiso preservar durante y después de la batalla un espacio no de renuncia ni de cobardía sino de serenidad cuando todo, como hoy, es violencia y agresión, un lugar en que se conversa mientras los demás hablan a gritos, una sala en donde se puede discutir a la hora en que los otros combaten o se dan muerte.
Los vasos comunicantes
En sí misma la función diplomática de Reyes no era un lecho de rosas. El sur de América miraba a Inglaterra, antes de que tras su victoria en la Segunda Guerra Mundial paradójicamente se desmoronara el imperio británico, y no tenía el menor interés en México, un país del norte, aislado de las otras naciones de su cultura por los océanos, los ríos, las selvas y las montañas.
En su Diario Federico Gamboa describe las dificultades para viajar entre puntos tan cercanos como Guatemala y la capital mexicana. Para ir de aquí a Buenos Aires, Gamboa tuvo que trasladarse a Nueva York y a Francia y de allí a Dakar en el Senegal antes de alcanzar el Río de la Plata.
Como la otra, la historia de las relaciones culturales está llena de oportunidades perdidas. Pensemos por ejemplo cómo hubiera sido nuestra literatura si en 1839 al Buenos Aires de Esteban Echeverría y la Asociación de Mayo, los iniciadores del romanticismo en Hispanoamérica, hubiese llegado Ignacio Rodríguez Galván, el primer escritor nuestro que ya no se forma en las instituciones coloniales. Por desgracia, el autor de la “Profecía de Guatimoc”, nombrado secretario de la legación en Sudamérica, murió de fiebre amarilla en su paso por Cuba.
Una de las primeras tentativas de Reyes como embajador fue establecer una línea marítima entre Buenos Aires y Veracruz que pasara por Río de Janeiro, la Guaira, Barranquilla y La Habana. Esos barcos nunca surcaron nuestros mares pero gracias a Reyes hubo otras navegaciones preinternéticas, y el intercambio artístico e intelectual quedó bien afirmado.
Ante el fracaso comercial Reyes apostó por la cultura. El México de esos años no era ni podía ser bien visto. Potencialmente subversivo, tal vez no quería exportar su enigmática revolución y sin embargo asustaba al perseguir a los católicos hasta el pacto que terminó con la guerra cristera.
La presencia de Reyes convenció hasta a los más escépticos de que había otro México distinto al país de la auténtica muerte sin fin, el baño de sangre que manchaba a la prensa del mundo entero. Reyes contribuyó, gracias a las relaciones establecidas durante su exilio, a que muchas editoriales españolas se trasladaran a México y a Buenos Aires. Se creó una poderosa industria del libro que trabajó en acuerdo tácito con la mexicana.
Así, mientras allá el círculo en torno de Borges traducía la gran literatura de los siglos XIX y XX, en México el Fondo de Cultura Económica se ocupaba de la filosofía y las ciencias sociales. El último gran golpe bibliográfico de Buenos Aires fue la publicación en 1967 de Cien años de soledad.
Lo cerca y lo lejos
Han pasado demasiados años. Es imposible que todo en Monterrey se conservara fresco como el primer día. Muchos de los libros y autores que menciona siguieron el camino inevitable de la desintegración y ya no interesan a nadie, sin embargo hay gran cantidad de cosas que no han cambiado. Por ejemplo el hecho de que 99% de las citas españolas en un libro extranjero siempre salgan equivocadas, o bien de que sólo interese la literatura iberoamericana que sea “pintoresca”.
De Monterrey queda también la idea, originada en José Enrique Rodó, de que todas estas Américas tan distintas y aun tan opuestas forman una sola nación cultural. Y sobrevive en el libro, en la revista, en el salón, el periódico o en el blog, la prosa de Alfonso Reyes, hoy como entonces modelo inalcanzable de naturalidad, velocidad, armonía, precisión. (JEP)








