WASHINGTON.- Diez años después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 las medidas de seguridad de Estados Unidos crecieron de manera alarmante, incluyendo un aumento en el número de informantes del FBI. Ahora son más de 15 mil, tres veces más que hace 25 años, según un informe reciente. Y muchos de ellos se dedican a vigilar mezquitas e infiltrarse en comunidades musulmanas locales para detectar atisbos de radicalismo.
Esta tendencia obligó a organizaciones musulmanas y otras, como el Consejo de Relaciones Americano-Islámicas (CAIR, por sus siglas en inglés) a denunciar el extenso operativo de recolección de información de las actividades de varias mezquitas en el sur de California entre 2006 y 2007.
El gobierno de Barack Obama –quien llegó a la Casa Blanca con la promesa de desmantelar gran parte del estado vigilante que montó su predecesor– reaccionó a la denuncia con la amenaza de pedir el rechazo de la causa con base en la necesidad de mantener el secreto de esas actividades.
“Es chocante que el gobierno de Obama invoque el secreto de Estado para despegarse de esa causa”, protestó Ameena Mirza Qazi, directora de la oficina del CAIR en Los Ángeles.
“No estoy contento con esto, nadie podría estarlo”, dice a Proceso Waseem Sayed, uno de los voceros de la Comunidad Musulmana Ahmadiyya, una federación con filiales en 70 ciudades de Estados Unidos. Sayed pide “poner las cosas en perspectiva, ya que sería poco realista hablar de esto sin referirse a los atentados del 11 de septiembre.
“Por supuesto que nadie se siente cómodo cuando a un grupo se le considera sospechoso simplemente porque unos lunáticos llevaron a cabo una campaña de terror; pero las dudas surgieron y el gobierno hizo cosas que todos sentimos que fueron más allá de lo permitido”, dice.
Ahora, cuando se conocen las denuncias, “es bueno que estas cosas se discutan y que las autoridades se vean desalentadas e incluso reprendidas en público por llevar adelante semejantes acciones que no están permitidas por la ley”, asegura Sayed, quien dice “confiar” en que las autoridades volverán a poner las cosas en su lugar “y nos alejaremos de los excesos que pudieron haber cometido algunas agencias”.
Por ahora esto parece sólo una expresión de deseos. El mes pasado, la oficina del CAIR en Nueva York debió pedirle a la CIA y a la policía local que se dediquen “a investigar crímenes, no comunidades”, después de que surgieran datos sobre casos de espionaje también en las mezquitas de esa ciudad. Al parecer no es sólo el FBI el interesado en los templos y organizaciones islámicas, sino también la CIA, que por ley tiene prohibido actuar en su propio país.
El caso del espionaje en Nueva York alcanzó, según los reportes, niveles inquietantes, ya que además de infiltrar las mezquitas fueron a muchos lugares de encuentro de ciudadanos musulmanes. Se trató, indican los informes, de un intento de realizar “un mapa humano” de la vida de los islamistas, sus costumbres y puntos de encuentro.
Los casos de espionaje contrastan con la difundida voluntad de Obama de recomponer las relaciones con el islam y de combatir cualquier asomo de discriminación contra los musulmanes en Estados Unidos, algo que tiene todavía más significación si se tiene en cuenta que el padre del presidente profesó en algún momento de su vida la fe islámica.
Sayed asegura a Proceso que en ningún momento detectó la presencia de eventua-
les infiltrados del FBI en las mezquitas de su federación, pero reconoció que participó en reuniones con la policía federal “y otras agencias para ampliar el nivel de confianza y entendimiento con ellos”. Incluso recordó que tuvo una reunión con agentes en el cuartel general del FBI en Baltimore “junto a una veintena de líderes de comunidades islámicas del área”.
“Los agentes estaban genuinamente interesados en nuestro consejo y en la manera de hacer las vidas de todos nosotros más segura en Estados Unidos”, afirma.
Miedo a los conversos
A la vigilancia de los musulmanes estadunidenses se suma la preocupación de funcionarios y legisladores sobre la presencia de militantes radicales islámicos en las cárceles. El tema se trata periódicamente en audiencias parlamentarias organizadas por el Comité de Seguridad Interior de la Cámara de Representantes.
“Un número de casos desde el 11 de septiembre de 2001 implicó a terroristas que se convirtieron al Islam o se radicalizaron mientras estuvieron en prisiones de Estados Unidos y que tras ser liberados intentaron golpes terroristas en nuestro territorio”, explicó en una de esas audiencias el presidente del comité, el diputado Peter King, republicano por Nueva York.
Aseguró que incluso “el gobierno de Obama reconoce la radicalización islámica en las prisiones como una amenaza seria y que las cárceles son terreno fértil para el reclutamiento” de militantes.
En una de las audiencias King aseguró que “la abrumadora mayoría de los estadunidenses musulmanes son ciudadanos sobresalientes”, pero no perdió la oportunidad de criticar lo que llamó “histeria” de algunas organizaciones como el CAIR “y sus aliados”, que organizaron marchas de protesta contra esas reuniones parlamentarias.
Teniendo en cuenta que el censo no recoge información sobre la filiación religiosa de los ciudadanos, no hay una estimación exacta del número de musulmanes en el país, pero se calcula que va de 2.5 a 7 millones. Para todos ellos la vida se hizo más complicada después de los atentados del 11 de septiembre.
“Hay algo que los musulmanes que viven en Estados Unidos necesitan entender porque nos afecta a todos”, recono-
ció Sayed: “Y es que nosotros tenemos que trabajar para reparar el daño que los perpetradores de esos ataques hicieron a nuestra imagen y el daño que cada día provocan los terroristas que afirman estar actuando en nombre del Islam y de los musulmanes, especialmente porque sus acciones son recogidas por los medios sensacionalistas en todo el mundo”.
En ese sentido una encuesta difundida recientemente por el Instituto de Investigación de la Religión dice que “cerca de la mitad de los estadunidenses se sienten incómodos” cerca de personas de religión islámica. Cuando todavía se sienten las consecuencias de los atentados de hace una década, “los estadunidenses luchan con el miedo, pero también con la aceptación” de personas diferentes, dijo Robert Jones, el director del instituto.
Otra encuesta reciente, de Gallup, mostró que los musulmanes forman el grupo más “optimista” respecto de las perspectivas de sus vidas en los próximos cinco años en Estados Unidos. El sondeo señaló que 93% se considera “leal” al país y que 57% confía en el proceso electoral.
Demostrando ese espíritu “optimista”, incontables organizaciones islámicas se sumaron a los actos de conmemoración de los atentados del 11 de setiembre de 2001, que también cobraron la vida de personas de esa religión.
Entre esas acciones sobresalió la convocatoria de Ahmadiyya, la comunidad a la que pertenece Sayed, y que propuso una jornada de donación de sangre. “El Islam valora todas las vidas humanas y fundamentalmente valora la paz”, explicó al lanzar la propuesta el vicepresidente de la federación, Naseen Mahdi. “Y a través de esta campaña de donación de sangre queremos demostrar que la única que derramamos es para salvar vidas”, añadió.








