Se dice que los jaliscienses tienen una acusada dificultad para concebir y emprender causas comunes, en particular los proyectos que requieren de la participación de distintos sectores y actores sociales. Ese aparente recelo o desconfianza hacia los paisanos se encuentra lo mismo en el sector empresarial que en la clase política de la comarca, incluso entre correligionarios.
Lo anterior se refleja en la división y hasta la atomización de voluntades, lo que limita las posibilidades de desarrollo para esta parte del mundo e impide que Jalisco tenga una mayor presencia en el ámbito nacional. Más allá de que exista un “síndrome de Caín” en el ADN de los jaliscienses, lo cierto es que abundan ejemplos quienes sólo rezan para su santo o gastan demasiadas energías en dificultarle las cosas a sus coterráneos.
Un ejemplo muy a la mano es el de Emilio González Márquez, quien como aspirante confeso a la Presidencia de la República enfrenta un problema mayúsculo: no cuenta siquiera con el apoyo de sus correligionarios, pues los panistas locales se inclinan mayoritariamente por la diputada federal Josefina Vázquez Mota. Dicho de otro modo: los panistas de la entidad prefieren a una persona nativa de la Ciudad de México antes que a un originario del terruño.
No es la primera vez que los blanquiazules de la comarca dan la espalda a uno de los suyos para apoyar a un foráneo. Algo parecido sucedió hace seis años, cuando Francisco Ramírez Acuña, entonces gobernador de Jalisco, apoyó al michoacano Felipe Calderón, en perjuicio del jalisciense Alberto Cárdenas Jiménez, al que ni el apodo de Caballo Negro le sirvió para alcanzar el boleto para competir en la carrera hacia Los Pinos.
Hoy las cosas se repiten, pues el mismo Ramírez Acuña y otros conspicuos panistas del solar promueven para la candidatura presidencial a una candidata del Distrito Federal, lo que limita aún más las pocas posibilidades del jalisciense Emilio González Márquez, de quien bien puede decirse aquello de que con esa clase de “correligionarios” y “amigos” no necesita detractores.
¿Situación anómala? ¿Política al estilo Jalisco? ¿Síndrome de Caín? ¡Quién sabe! Lo único que puede constatarse es que, a diferencia de lo que ha ocurrido en otras entidades del país, en nuestra historia política posterior a la Revolución Mexicana han prosperado grupos políticos como el de los sonorenses, el de los veracruzanos, el de los poblanos, el de los michoacanos, pero sobre todo el de los mexiquenses (mejor conocido como Atlacomulco)…
Lo que no ha habido es un Grupo Jalisco que, como tal, haya representado los intereses de la entidad, influyendo en la toma de decisiones de los grandes asuntos nacionales y, eventualmente llegando a ser factor de decisión en alguna sucesión presidencial. Más bien sobran ejemplos que ilustran la forma en que muchos políticos jaliscienses prefieren no hacer equipo con sus paisanos. ¿Será acaso algo que se encuentra de veras en la naturaleza de los nativos de estas tierras?
Ahora mismo sería inimaginable ver a los priistas del Estado de México yéndose al lado del senador sonorense Manlio Fabio Beltrones, a fin de que éste se convirtiera en el abanderado presidencial del tricolor. O al revés, ver al priismo de Sonora dándole la espalda de manera ostentosa y mayoritaria a su paisano Beltrones, para apoyar las aspiraciones presidenciales del saliente gobernador mexiquense Enrique Peña Nieto.
Eso que resultaría inconcebible en otras latitudes, es un hecho constatable en Jalisco con los miembros del partido político en el poder (el PAN), quienes aparte de negar su apoyo a su correligionario, su coterráneo, el gobernador Emilio González Márquez que ha hecha pública su decisión de buscar la candidatura presidencial, optaron por hacer campaña, incluso anticipada, a favor de otra aspirante: Josefina Vázquez Mota.
En días pasados se le preguntó a Ramírez Acuña qué razón lo impulsaba a apoyar a la diputada capitalina con licencia y no a su paisano González Márquez, el exgobernador y diputado federal respondió: “porque (Emilio) no tenía las canicas suficientes”, lo que equivale a decir que mientras los sondeos entre la militancia panista colocan al jalisciense por debajo de los 10 puntos porcentuales en las preferencias intrapartidistas, la legisladora capitalina aparecía ya con casi 30%.
Sin embargo, ese no parece ser el verdadero motivo por el que Ramírez Acuña se niega a respaldar a su paisano. Si fuera por los resultados cambiantes de las encuestas, el ahora diputado federal sería un oportunista común y corriente, que se va a la cargada a las primeras de cambio, y no una persona de convicciones morales e ideológicas.
No, en la decisión del promotor de los fallidos Arcos del Milenio ha sido determinante la mala relación política que tiene desde hace tiempo con González Márquez y algunos de sus colaboradores. Eso ha podido más que el hecho de que el gobernador sea un activo del panismo jalisciense. Y como ya quedó consignado, Ramírez Acuña hizo otro tanto hace seis años cuando Alberto Cárdenas Jiménez, también jalisciense y panista, buscó la candidatura presidencial.
Aunque cabe aclarar que lo anterior no es algo privativo de los panistas jalisciense. Los priistas de la comarca tampoco se han distinguido históricamente por su armonía interna y por hacer causa común a favor de los intereses del estado. En la segunda mitad de los sesenta, cuando varios hijos del solar figuraban en el gabinete de Gustavo Díaz Ordaz, ni el paisanaje ni la causa superior de su tierra natal hicieron posible que las relaciones entre ellos fueran buenas.
Más bien fue lo contrario: el distanciamiento y el recelo recíproco entre el entonces secretario de Agricultura y Ganadería, Juan Gil Preciado, y el titular de la Secretaría de Educación Pública, Agustín Yáñez. Y también de este último con Marcelino García Barragán, secretario de la Defensa Nacional.
Así las cosas, habría que ir buscando un remedio contra el síndrome de Caín y otros achaques –reales e imaginarios– del alma jalisciense. De lo contrario, los hijos e hijas de estas tierras no estarán muy orgullosos de que el impresentable Victoriano Huerta siga siendo el último jalisciense que llegó –aunque de la peor forma– a la Presidencia de la República hace ya casi un siglo.
Por lo pronto, nuestra atomizada fauna política parece empeñada en demostrar que, como clase, está integrada por hombres y mujeres que, salvo excepciones, pecan de aldeanos y mezquinos, aparte de que lo que resulta evidente: suelen ser improvisados, cortos de miras, patéticos, centaveros y no pocas veces transas.








