Fue acaso el primer beatnik, el primer jipi, el primer Beatle, el primer punk. El primero que empleó el cabello largo y el vestuario ultrajante (un célebre chaleco rojo que según otros era más bien color de rosa) como afirmación de contemporaneidad y como repudio de todo lo establecido. Extraño adelantado de los mil novecientos sesenta, Théophile Gautier, quien hoy llega a su bicentenario, encabezó en 1830 la banda de los jóvenes poetas que escandalizaron al estrenarse Hernani de Victor Hugo en el teatro de la Comedia Francesa.
Gautier tenía 19 años, Hugo 28. Niño prodigio mozartiano, ya era antes de cumplir los 30 el poeta célebre de las Odas y baladas, el novelista de El último día de un condenado a muerte, alegato contra la pena capital, y el teórico que en el prefacio a su obra nunca representada acerca del regicida Cromwell había releído al proscrito Shakespeare, propuesto la unión de lo sublime y lo grotesco y la abolición de las unidades de tiempo y lugar, hasta entonces obligatorias para una obra teatral, y sin embargo defendía el verso por su capacidad de síntesis y concentración.
Gautier y el modernismo
Lo que después se conoció como “la batalla de Hernani” marcó el fin del neoclasicismo y el triunfo romántico del movimiento estético que iba a dominar las letras en Francia y en todo Occidente a lo largo del siglo XIX. En un mundo poblado de gigantes –Balzac, Stendhal, Flaubert, Baudelaire, Zola, Maupassant y luego Verlaine y Rimbaud– Gautier aparece injustamente disminuido. Es el escritor total que ejerce alegremente todos los géneros y ahora nos resulta difícil abarcarlo y leerlo como se merece. El problema de la autodramatización radica en que al exaltar la personalidad oscurece la obra. El chaleco rojo y el cabello largo muchas veces nos ocultan al gran artista de la prosa y el verso que tuvo una influencia decisiva sobre lo escrito en Francia e Inglaterra y en particular en Hispanoamérica.
Sin Gautier nuestro modernismo no existiría o hubiera sido muy distinto. Otro joven de 20 años lee en El Salvador gracias a Francisco Gavidia a los franceses que emplean el alejandrino, el verso de catorce sílabas abandonado en castellano desde la edad media. Luego Rubén Darío descubre a Gautier y a los parnasianos en la biblioteca que tenía en el Palacio de la Moneda Pedro, el hijo del presidente Balmaceda, víctima él también de un pinochetazo que lo llevó al suicidio. En su etapa inicial el modernismo de Darío es muchas cosas, pero en primer lugar es una adaptación genial a la naturaleza de la lengua española del parnasianismo, la corriente inaugurada por Gautier con su libro de 1852 Esmaltes y camafeos.
Judith Gautier y la poesía oriental
Tan vasta fue la actividad de Gautier que incluye también Giselle (1841), la cual compite con El lago de los cisnes en ser el ballet más famoso del mundo. Fue escrito para la bailarina italiana Carlotta Grisi, madre de Judith Gautier (1850-1917) a quien debemos nada menos que la introducción de lo oriental en la literatura europea. Gracias a que en su generosidad infinita Gautier, a pesar de su pobreza, recibió en su casa a un mandarín chino, la niña que había crecido entre todos los grandes de su época, de Gérard de Nerval y Baudelaire a los Dumas padre e hijo y los hermanos Goncourt, a los 17 años Judith inició sus adaptaciones no sólo de la poesía china y el haikú japonés sino también de páginas hindúes y persas. Célebre también por su increíble belleza, Judith enloqueció de amor a Wagner y se casó con Catulle Mendez, autor olvidado en Francia pero importantísimo para Gutiérrez Nájera. Belén Clark de Lara descubrió la novela Por donde se sube al cielo que cambia la historia de la prosa modernista. Todo indica que en la premura de ganarse el pan con la pluma Nájera refundió una novela hasta hoy innominada e inencontrable de Judith Gautier.
El arte contra el mercado
En el prólogo a Mademoiselle de Maupin (1836), novela travestista o transexual basada en Madeleine de Maupin, una especie de Monja Alférez francesa, Gautier formuló la teoría del arte por el arte, verdadero coco de la izquierda. Sin embargo Walter Benjamin la reivindicó desde el marxismo como la tentativa de aislar el arte contra el desarrollo de la tecnología y alzamiento ante su capitulación bajo el mercado.
Para 1852, cuando publicó su libro capital Emaux et Camées (Esmaltes y camafeos) Gautier era un veterano periodista que se ganaba el sustento escribiendo una inmensa cantidad de crónicas para la prensa. Triunfaba la que llamó Sainte-Beuve literatura industrial. El arte sucumbía a las exigencias del mercado y a las presiones del formato.
Como los novelistas eran pagados a tantos centavos por línea, sus libros se llenaron de párrafos de una sola frase y diálogos de ping-pong. Gautier se rebeló contra el mercantilismo que obligaba a los escritores a adular los gustos de su clientela y contra la evanescencia del libro de cordel, hecho para ser leído y descartado en el entonces novedoso viaje en tren, y sobre todo contra la fugacidad de las páginas periodísticas que condenan lo mismo a la mejor prosa y las más lúcidas ideas que a las imbecilidades, las difamaciones y los galimatías a servir pocas horas después para envolver pescado o emplearse en la letrina (antes de que los japoneses inventaran el papel higiénico).
A toda esta galaxia hostil Gautier opuso la tentativa de un arte duro y durable como el mármol. Su poema central, “El Arte”, tiene dos traducciones magistrales: una mexicana de Balbino Dávalos y otra española de Enrique Díez-Canedo que dice:
Si, labor de más belleza
Da la forma en que se exalte
La destreza:
Mármol, ónix, verso, esmalte.
(…)
Todo pasa. El arte augusto
Sólo alcanza eternidad;
Frágil busto
Sobrevive a gran ciudad.
(…)
Los dioses mismos perecen,
Mas los versos inmortales
Permanecen
más firmes que los metales.
(…)
¡Esculpe, cincela, lima:
Que tu vago ensueño ardiente
Fiel se imprima
Sobre el bloque resistente!
Elogio y justificación de la amistad
Fue necesario llegar a 2011 para darle a John Dos Passos el sitio que merece entre los grandes novelistas del siglo pasado. Hemingway afirmaba que su amigo nunca llegaría a ser un gran escritor porque era demasiado buena persona y se necesita ser un canalla para escribir un buen libro. Malcolm Cowley opinaba lo contrario: ningún autor de admirables novelas y excelentes poemas ha sido nunca un ser despreciable.
Gautier tuvo como única política la amistad.
Nadie tan fanático del compañerismo ni exento de envidia como él. Las amistades literarias suelen ser efímeras y terminar en el enfrentamiento y el rencor. Es fácil ser amigos a los 20 años y casi imposible seguir siéndolo en la vejez.
Gautier nunca resintió la fama universal y el éxito económico de Victor Hugo. (Jamás nos cansaremos de citar la correspondencia más breve de la historia que hace verboso y redundante hasta el twit más lacónico. Desterrado en Bélgica, Hugo le pregunta a su editor cómo va la venta de Los miserables. Lo hace con un simple signo de interrogación: “¿” La respuesta no es menos sucinta: “!”).
Por eso al morir Théophile Gautier, Hugo le dedicó la que se considera la elegía más bella en lengua francesa:
Poeta, amigo, espíritu: de nuestra noche huyes.
Dejas nuestros rumores y en la gloria te incluyes.
Tu nombre desde ahora brillará entre las cimas.
Yo admiré tu persona y tu prosa y tus rimas.
Muchas veces en medio de nuestro altivo vuelo
Apoyé mi entusiasmo en tu alma sin recelo.
Ahora que ya los años mi cabeza han nevado
Siento joven y cerca nuestro hermoso pasado.
Sueño con aquel tiempo que vio nuestras auroras
Con tormentas, con luchas, con arenas sonoras.
Con el arte que al pueblo se acercó estremecido:
Vasto viento sublime hoy ya desvanecido.
(…)
Cuando un vivo nos deja yo, mudo, lo contemplo.
Porque entrar en la muerte es entrar en un templo
Y cuando un hombre muere reconozco enseguida
Que con él se aproxima mi hora de partida.
El destino me cubre con su fatalidad.
Mi muerte ha comenzado: se llama soledad.
Veo mi noche profunda vagamente estrellada.
Comprendo que mi hora pronto será cegada.
El hilo de mi vida cercenan las tijeras.
Negro viento me roza con sus alas severas.
Sigo a quienes me amaron ya triunfante o proscrito.
Sus miradas me atraen al abismo infinito.
Allá voy. No me cierren la puerta funeraria.
Pasemos. Es la ley. La muerte es necesaria.
Todo cae. Este siglo con sus mil esplendores
Entra en la sombra eterna como los anteriores.
Y qué ruido salvaje y qué tristes debates
De esos robles que talan para el fuego de Heracles.
El corcel de la muerte relincha de alegría
Porque al fin se marchita la era que fue mía.
Nuestro soberbio siglo que domó tempestades
Expira con Gautier. Y en estas soledades
Ya poco importa ahora la grandeza que fue.
Parto siguiendo a Dumas, Lamartine y Musset.
Se ha secado la fuente de eterna juventud.
El agua que bebemos es nuestra finitud.
Con su hoz afilada ya la cruel segadora
Corta la última espiga. Se aproxima la hora.
Vi de frente la noche y ya no sé dormir.
Todo destino humano lo puedo predecir.
Mis ojos se han llenado de un agua dolorosa
Y lloro ante la cuna y sonrío ante la fosa.
(JEP)








