La muerte de un hijo es el dolor más grande que puede enfrentar una pareja, y es a propósito de ese tema que experimenta la obra de teatro La forma que se despliega. Reflexiona sobre el teatro y la representación del dolor: ¿es posible mostrar y transmitir el dolor en una puesta en escena donde el espectador, por ende, sabe que el actor está mintiendo?
La obra, llevada a escena por Teatro Línea de Sombra bajo la dirección de Jorge Vargas, retoma la propuesta del argentino Daniel Veronese para que el dramaturgo Noé Morales y los actores Rosa María Bianchi (en alternancia con Nuria Bages), Roberto Ríos Raki, Zuadd Atala e Ismena Romero hagan una versión libre. El pasado 22 de agosto reiniciaron temporada en el Teatro El Galeón y se presentarán durante el mes de septiembre en un espacio acotado para generar la cercanía que exige el montaje entre actores y público.
La propuesta conceptual es interesante pero sus resultados no logran tener el alcance que se pretende. La razón, siguiendo la búsqueda escénica, podría ser la demostración de que es imposible transmitir el dolor teatralmente hablando, pero el manejo de dolor en otras obras con temáticas filiales que ahora están en cartelera; por ejemplo, tienen otro efecto entre el público: derraman lágrimas inconteniblemente. Claro, transmitir el dolor a través del melodrama es una forma más sencilla que cuando se pretende trabajarlo en una pieza o en una propuesta contenida, interna y casi inexpresiva, como lo hacen en La forma que se despliega.
Bianchi y Raki, los protagonistas, son excelentes actores y desempeñan muy bien su papel, pero aún siendo de lágrima fácil, la conexión con el espectador no se da y el público permanece sin haber sido tocado, con una sensación de cansancio y desconcierto. Seguramente, dado el carácter de la propuesta, la experiencia ha de ser distinta en cada función.
La situación de la que parte La forma que se despliega es un buen gancho dramático, pues en principio no se comprenden las implicaciones del reclamo entre la pareja por no haberle tomado fotos al hijo en los últimos tiempos. Un hecho tan concreto y trivial va cobrando volumen a medida que adquiere significados. A la exposición de la problemática la acompañan dos personajes aleatorios que comparten un par de anécdotas personales –que no llevan a ningún lado– y comentarios respecto a la situación de los protagonistas. Insisten en la gravedad, cuestionan si mienten, y le hablan al público una y otra vez. Pareciera que reflejan las inquietudes de la obra de teatro en sí, sus cuestionamientos conceptuales, un espejo convexo de los otros, pero la sensación es demasiado difusa y su intervención se convierte en una fuga de la tensión dramática.
La forma narrativa a la que se recurre en esta propuesta es una combinación de pocos diálogos y largas explicaciones al público de lo que le pasa a cada personaje. El público es usado por la pareja como un intermediario a través del cual buscan descifrar sus sentimientos, exponer al otro, lanzar al mar un mensaje de auxilio. El formato termina siendo una sesión terapéutica; una terapia de pareja donde el público es el psicoanalista lacaniano que sólo escucha y nada aporta. La propuesta teatral pierde entonces cualquier intento de novedad.
Llama la atención la limpieza y el minimalismo del espacio y el trazo escénico. La blanquísima caja gigante en la que los personajes deambulan: sólo un sillón, dos sillas y una mesa sobre la que se encuentra una caja de zapatos donde guardan su secreto. A lo largo de la obra se enriquece con la aparición de una rama de árbol seca y la caída de cientos de clavos negros. Metáforas de este paisaje desolador que esta pareja crea y en el cual vive.
La forma que se despliega, el dolor puesto fríamente en el escenario.








