Un grupo de niños adolescentes es testigo de una espectacular catástrofe ferroviaria mientras se dedica a filmar a escondidas con una cámara de súper 8 una película de zombies. El ejército toma control de la situación, los habitantes empiezan a desaparecer y se producen hechos inexplicables. La historia ocurre durante el verano de 1979 en un pueblo de Ohio, Estados Unidos.
De ordinario repugna la idea de desperdiciar este espacio para comentar estrenos veraniegos de Blockbuster, millones de dólares se gastan promocionando filmes mediocres de entretenimiento. Pero también resulta irritante que un trabajo tan original como Super 8 (E.U, 2011) quede sepultado bajo la avalancha de la chatarra comercial, etiquetado, además, como un mero homenaje a Steven Spielberg.
No hay duda, la sombra del director de E.T., el extraterrestre aparece por todas partes; como productor de Super 8, como promotor de una vocación, la de J. J. Abrams que empezó a trabajar con Spielberg desde los 15 años; por si fuera poco, el relato que escribe y dirige Abrams se inspira en temas de varias películas de su mentor, como Encuentros cercanos del tercer tipo y Jurassic Park.
Ante todo, Super 8 es pasión por el cine y por el gusto de contar historias; el problema con los homenajes, en el cine y la literatura, es que el sentido de la pieza desaparece en cuanto se identifican las meras referencias. Pero al igual que estos adolescentes, fascinados por el cine de George Romero, filman escenas de zombies, Abrams y su equipo se regocijan en los temas que Spielberg, en su momento, recuperó del cine de ciencia ficción de los cincuenta. Super 8 es nostalgia pura de una manera de hacer y experimentar el cine: Joe (Joel Courtney) y sus amigos tienen la misma edad que tenía el director cuando jugaba con su propia cámara súper 8.
Estos chicos experimentan con la cámara, aprenden maquillaje en libros, reescriben escenas, tocan el celuloide y editan con las manos; más importante aún, descubren la capacidad del cine para explotar lo inesperado, como el simple paso de un tren. Si de homenaje se trata, es a la cámara súper 8 y al gusto de jugar con el cine. Una ofrenda al cine que se respete no se mete con el 3D, ¿para que reducir la imagen de la pantalla a tres dimensiones cuando la llave mágica del cine, en la mejor tradición de Meliès, abre cientos de dimensiones?
Secuencia ya memorable es la del accidente del tren; vale la pena notar la precisión de los planos, el paso del rostro inquieto de Joe a la camioneta que se atraviesa sobre la vía, el juego de impactos que va en ascenso, el aquelarre de explosiones, fuego y metal retorcido; el caos organizado como una sinfonía de imágenes donde lo que priva no son los efectos especiales, muy bien aprovechados, sino la concisión de la edición. Todo esto no queda en el mero espectáculo de acción gratuita, cuando ocurre el desastre el público ya identifica a cada personaje y sabe de qué manera cada uno vive el gran susto.








