Desde hace dos meses, Emilio González representa a la perfección el papel de semigobernador de Jalisco. Luego de haber hecho públicas sus aspiraciones a la Presidencia de la República y de anunciar que para finales de este año pedirá licencia al Congreso local para separarse de la encomienda que le confió la ciudadanía jalisciense, su prioridad política ya no es servir a los habitantes del estado –si es que en algún momento de los cuatro años y cinco meses que lleva como primera autoridad de esta parte del mundo esa llegó a ser realmente su principal preocupación pública–, sino usar el cargo que aún detenta en provecho de sus aspiraciones políticas personales.
Desde principios de junio resulta obvio que las prioridades del “deportista” de Casa Jalisco ya son otras, y que la señal enviada a su gabinete no va por el lado de exigir una mayor concentración en el servicio a los jaliscienses, sino para que se sumen a la causa de quien les dio chamba (¿serás acaso tú, Emilio?). Dicho de otra manera, el mensaje real –y no de dientes para fuera– del gobernador en retiro a su primer círculo de colaboradores y al pueblo de Jalisco es otro: que desde ahora lo más importante para él es preparar su estrategia para ir en busca de la silla presidencial y que su atención estará centrada en todo lo que pueda allanarle el camino a Los Pinos.
En sus cálculos políticos y en su agenda inmediata, un buen medio para ello son los Juegos Panamericanos, su monomanía personal, que promueve periódicamente en distintos puntos del país, lo que le da oportunidad de hablar de esas competencias atléticas continentales, pero sobre todo de su propio juego: el juego de la silla presidencial. Y como ya ha fijado el momento de su separación del gobierno de Jalisco (para noviembre o diciembre), no es exagerado suponer que su atención estará puesta precisamente en dichos juegos, que inician la segunda quincena de octubre. Una vez concluido este certamen deportivo, en cuya organización se tendrá que esmerar si pretende capitalizarlos políticamente, González Márquez estaría empacando sus cosas en Casa Jalisco a la espera de que la presente legislatura local apruebe su separación prematura del cargo.
Si ésta le es concedida –algo más que probable–, el gobernador sustituto sólo llegaría para sobrellevar las cosas durante 14 o 15 meses, desentendiéndose de aquellos pendientes que su predecesor no pudo sacar adelante en más de cuatro años y medio que habría estado al frente del gobierno de Jalisco. ¿Por qué? Pues porque desde el momento en que el titular del Ejecutivo estatal anunció a todo el país su decisión de convertirse en “el tercer presidente de la República” de ascendencia panista, los asuntos de la entidad han pasado a segundo término.
Las consecuencias de lo anterior no podían ser otras: un gobierno a medio gas, al que ya no le importa tanto dar forma y sacar adelante proyectos necesarios para Jalisco. ¿Interpretación exagerada? Por supuesto que no. Cualquier gobernante que esté distraído por una campaña política, en busca de otro cargo público, no puede ser un funcionario de tiempo completo, pues gobernar y paralelamente hacer proselitismo no es la mejor fórmula para el servicio público. No sólo por cuestiones de tiempo, sino porque se trata de actividades antitéticas, en la medida en que gobernar significa establecer acuerdos, crear consensos con otros actores sociales, particularmente con los de la oposición. En cambio, hacer campaña es en varios sentidos justamente lo contrario: confrontarse con otros y no sólo con los adversarios políticos, sino hasta con muchos correligionarios.
Ahora cada acto en el que participa el gobernador de Jalisco está inevitablemente contaminado por el aspirante presidencial que hay en él. En otras palabras, González Márquez ha decidido no ser ya el gobernador de todos los jaliscienses, sino un panista que se anda candidateando y placeando para “la grande”.
Fuera de su jurisdicción habla una y otra vez, sin que nadie se lo pregunte, de lo bien que según él va el estado que gobierna, con el fin de sorprender –porque convencer parece un poco difícil– a sus escuchas e interlocutores del supuesto alto nivel de vida que, gracias a su gestión, habría alcanzado la sociedad jalisciense.
Así, puertas afuera, González Márquez se pinta a sí mismo como un campeón en materia de generación de empleos, de seguridad, salud, educación, desarrollo, crecimiento económico, protección al medio ambiente, etcétera; con niveles que, según su propio dicho, el estado no habría conocido antes. Esta especie de “milagro” emilista ubicaría a Jalisco a la vanguardia nacional –lo que, según sus propias cuentas alegres, ni el priista Enrique Peña Nieto en el Estado de México, ni el perredista Marcelo Ebrard en el Distrito Federal han podido conseguir– y es la exitosa fórmula que él pretende llevar al resto del país.
Sus ocasionales interlocutores foráneos, que poco o nada saben de cómo andan en realidad las cosas en Jalisco, no saben si creer o no en los cuentos y fábulas que escuchan, incluido el autorretrato que González Márquez hizo en Guerrero como “un político de izquierda”.
El colmo es que hasta en la comarca jalisciense, donde de sobra se sabe lo que la presente administración estatal ha hecho y dejado de hacer, al susodicho le ha dado por repetir su discurso triunfalista. Eso ocurrió con motivo o más bien con el pretexto de su más reciente informe trimestral, una caprichosa práctica para dizque “rendir cuentas a los jaliscienses” y que en realidad le sirve para hacer propaganda política.
En dicho acto dijo que su gobierno “humanista” es “un instrumento (al servicio) de la sociedad”, a diferencia de lo que, según su parecer, solía ocurrir en el pasado, con “regímenes dictatoriales y totalitarios, que generaron corrupción y pobreza”.
Intencionadamente se olvidó de algo elemental. El punto no es si González Márquez tiene razón o en sus opiniones (de abierta alabanza para sí mismo y de censura para los gobiernos priistas); la cuestión es si el papel de candidato en campaña le corresponde a la persona cuyo deber es concentrarse en servir a todos los jaliscienses y en dejar que sean éstos quienes califiquen (como bueno, malo, regular, excelente o pésimo) el gobierno que él encabeza y, eventualmente, pudieran hacer una comparación con los gobiernos de antaño.
Esto, que parece tan obvio y sencillo, no lo es porque desde hace ya varias semanas González Márquez es cada día menos el gobernador de un estado de nombre Jalisco, para convertirse en un semigobernador, en funcionario que, sin renunciar al más alto cargo de la entidad, anda abiertamente en campaña, tratando de materializar un sueño que en su caso personal raya en el delirio: la Presidencia de la República.








