Empezó a mostrar sus prodigios en el diamante desde su infancia, acuciado por su padre David González, un fanático del beisbol que le enseñó los secretos de cómo pegar jonrones. Hoy, a sus 29 años, Adrián González Sabín viste el uniforme de Medias Rojas de Boston para la temporada 2011, procedente de los Padres de San Diego, con un contrato de 154 millones de dólares por siete años; hoy, además de ser el deportista mexicano mejor pagado de todos los tiempos en las grandes ligas de Estados Unidos disputa el primer lugar de bateo.
TIJUANA, BC.- En 1999, cuando Adrián González sólo tenía un jonrón en sus estadísticas de bateo y a ningún scout le interesaba llevarlo a grandes ligas, recibió el consejo más útil de su vida: “Si quieres que esos dobletes y los batazos que das contra la barda se vayan del otro lado tienes que elegir pichadas más altas, no puedes dar jonrones tirándole a las pelotas bajas”. Fue en un juego de pretemporada antes de iniciar su tercer año de preparatoria.
Ese día el pelotero se voló la barda dos veces. Terminó la campaña con 15 jonrones y .646 de promedio de bateo. Fue distinguido como el primera base más valioso de todas las high schools de Estados Unidos. Así se inició su transición de bateador consistente a jonronero.
Como deportista, Adrián fue hecho por su padre, David González Camacho, quien relata: “No le puedo enseñar a comer a un león. Nomás le dije dónde está la presa”.
Adrián llegó a Medias Rojas de Boston para la temporada 2011, procedente de los Padres de San Diego, con un contrato de 154 millones de dólares por siete años que lo convirtió en el deportista mexicano mejor pagado de todos los tiempos.
El suyo es el noveno mejor contrato en la historia de las grandes ligas y lo ubica en el octavo lugar entre los 10 jugadores ligamayoristas que ganan en promedio más de 20 millones de dólares por temporada: Alex Rodríguez (27.5 millones), Ryan Howard (25), Cliff Lee (24), Joe Mauer (23), C.C. Sabathia (23), Johan Santana (22.9), Mark Teixeira (22.5), Carl Crawford (20.3) y Roy Holliday (20).
De 2006 a 2010, los años que jugó con los Padres de San Diego –la mitad de los partidos en Petco Park, un estadio donde difícilmente vuela la pelota–, Adrián promedió .285 con el bat, disparó 150 jonrones y produjo 500 carreras, números que sólo consiguieron otros cuatro peloteros: Albert Pujols, de San Luis; Alex Rodríguez y Mark Teixeira, de los Yanquis, y Miguel Cabrera, de Detroit. Además, fue elegido en tres ocasiones (2008, 2009 y 2010) para el Juego de Estrellas y ganó el Guante de Oro en 2008 y 2009.
“Si vas a hacer un compromiso de esta magnitud, creo que tienes que estar muy seguro de la calidad no sólo del jugador, sino también de la persona. Estamos muy tranquilos apostando a Adrián González”, declaró el gerente general de Boston, Theo Epstein, el 15 de abril pasado, cuando se anunció la firma del contrato.
Padre de peloteros
Oriundo de Ciudad Obregón, Sonora, formado como técnico en electricidad y fanático del beisbol, a David González Camacho le tocó ser el padre de tres varones que nacieron para ser peloteros. Apenas podían mantenerse en pie cuando ya tiraba la bola a los pequeños, les enseñaba a empuñar el bat y los vestía con uniforme deportivo.
A los 11 años, David jugaba ponchito (beisbol con pelotas de trapo y palos de escoba) con sus amigos del pueblo y no le importaba caminar más de 30 calles de ida y vuelta para llegar a los campos de la liga local. En los partidos de los Yaquis de la Liga Mexicana del Pacífico contrajo la enfermedad del beisbol. Nadie pudo curarlo ya.
A los 22 decidió emigrar a Tijuana, donde abrió un negocio de instalación de aire acondicionado. Se acababa de casar con Alba Sabín, una muchacha de Guaymas que de beisbol no sabía nada. Vivían en el centro, en una casita de 60 metros cuadrados que, para sortear los tiempos aciagos, una tía les alquilaba a buen precio, pero la pareja se la pasaba en los campos de la Liga Infantil y Juvenil de Tijuana.
David jugaba la primera base en distintos equipos amateures. Tenía buen nivel, pero insuficiente para aspirar a las mayores. Los míseros salarios de máximo mil 500 pesos que algunos equipos de la liga mexicana le ofrecían, lo convencieron de que el beisbol sería sólo un pasatiempo; pero también decidió que sería la disciplina deportiva que enseñaría a sus hijos.
El matrimonio González Sabín decidió que sus hijos nacieran en San Diego para que gozaran de los beneficios de la doble nacionalidad.
“Su primer idioma es el español y lo aprendieron en la vida cotidiana. Nada más nacían allá y los traíamos a vivir a Tijuana. Aquí crecieron, aquí aprendieron a jugar beisbol”, relata David a la reportera.
Durante dos décadas no hubo fin de semana que la familia González Sabín no estuviera en la liga municipal. Si no eran los partidos del papá, eran los de su primogénito David, que se llama igual que él. Luego vinieron los de Édgar, después los del pequeño Adrián, quien desde siempre encontró su lugar en la primera base.
David González hijo reconstruyó su sueño de alcanzar las grandes ligas. “Era short stop. Era el mejor de los tres para jugar beisbol”, recuerda su padre. Ya tenía encima a los scouts de San Luis, Montreal y Houston para firmarlo, pero una lesión en el brazo derecho, cinco meses antes del draft, lo dejó fuera. La vida decidió que tampoco él fuera pelotero. “El beisbol no es para todos, como no lo fue para mí”, admite el entrevistado.
Pelotero de estampa
Con Édgar, su segundo hijo, David cometió un error. Reconoce que se empecinó en que jugara en primera y tercera base, cuando sus cualidades naturales eran las de un short stop.
A los 30 años, Édgar debutó en las mayores con los Padres de San Diego, equipo con el que jugó las temporadas 2008 y 2009, en las que conectó 11 jonrones y produjo 51 carreras, con .255 de porcentaje de bateo. Hoy forma parte de los Grizzlies de Fresno, el equipo de los Gigantes de San Francisco en la sucursal Triple A.
David narra que cuando Adrián tenía seis o siete años ya tenía un cuerpo de pelotero que maravillaba a todos. El niño siempre usaba un uniforme impecable y se paraba en la primera base con elegancia. No se distinguía por ser bateador de poder. Los jonrones no eran lo suyo. Pero cada vez que hacía contacto la pelota caía en una zona del campo inalcanzable para los rivales. Parecía que la ponía con la mano. Bateaba líneas para todos lados, pegaba dobletes y sus promedios de bateo iban de .750 a .800.
“Pero no pegaba jonrones. Uno o ninguno por temporada. Nunca tuvo poder de chiquillo. Tenía compañeros que pegaban 18 o 22. Mi señora me decía: ¿Cómo es que no da jonrones? Yo le explicaba: ‘Pero sabe batear bien, los demás pegan muchos pero no saben batear o no son tan finos’. El que sabe batear desde el principio sólo le tira a las buenas pichadas, a los strikes, y eso ya nunca cambia”, recuerda David en entrevista con Proceso.
Los años que fue manager de su hijo Adrián en la Liga Municipal en Tijuana, David se la pasó gritando en el dugout o en las cajas de coach que no le tirara a los lanzamientos malos, que no le hiciera swing a las pelotas bajas, que esperara las que van por el centro del plato. El jugador aprendió muy bien las lecciones. Se doctoró en batear strikes.
En 1997, Adrián se matriculó en la preparatoria East Lake de Chula Vista, California. El entrenador del equipo de beisbol –quien casualmente también se llama David González– lo arropó de inmediato. No sólo porque había sido instructor de su hermano Édgar y conocía a la familia, sino porque quedó impactado con su elegancia al fildear, la forma como agarraba la pelota y el guante, el estilo con que se paraba en la primera almohadilla. Era lo que en el argot del beisbol se conoce como un pelotero fino, con estampa.
En su primer año bateó .285 sin jonrón. El segundo, .390 y sola una vez sacó la pelota del parque. Hasta ahí nadie podía decir que iba a ser profesional. Era un buen jugador.
Para mejorar la resistencia física de sus hijos Édgar y Adrián, su padre contrató a Tom Green, un entrenador del Comité Olímpico de Estados Unidos, quien durante cuatro meses trabajó con ellos la parte físico-atlética: agilidad, coordinación, fuerza, reflejos, resistencia. Con lluvia o calor al extremo, los hermanos entrenaban tan duro que el esfuerzo los hacía vomitar. Green les daba dos minutos para recuperarse y continuaba sus ejercicios de rutina.
Rudo aprendizaje
Adrián pasó horas en casa frente a la computadora con un programa que le ayudó a entrenar su vista. El juego consistía en distinguir con agudeza unas bolitas de color negro o blanco que pasaban como rayos, solas o en grupos. Algunas tenían números muy borrosos que el muchacho tenía que distinguir a la perfección.
“El beisbol requiere mucho de eso. Esas cosas son importantes para ser un jugador muy bueno o regular. Nunca nadie sabe lo suficiente como para no necesitar ayuda. Adrián tiene una agudeza visual impresionante. Sin ver cómo agarra la pelota el pitcher, te puede decir qué lanzamiento es. Antes de firmarlo (fue drafteado en 2000 por los Marlines de Florida, quienes le otorgaron un bono de 3 millones de dólares) y darle todo ese dinero, le hicieron 240 preguntas psicológicas y tres exámenes de la vista más otros generales. En grandes ligas no te sueltan millones nomás porque sí”, cuenta el entrevistado.
En tercer año de high school, Adrián bateó 15 jonrones. Las miradas de los scouts por fin se posaron sobre él. En un torneo de invitación en Oklahoma, a pesar de que en los primeros días no le fue bien, finalizó en segundo lugar de bateo con más de .500, ganó un encuentro (también jugaba como pitcher) y le pegó dos jonrones a una futura estrella de los Marlines, el zurdo Dontrelle Willis.
De ahí se fue a Long Beach a otro torneo de puros jugadores de tercer año de preparatoria que organizaron los scouts para buscar prospectos. El estadio lucía repleto con unos 6 mil aficionados. Había como mil 500 scouts.
A Adrián le tocó enfrentar a un equipo de Texas que traía a un pitcher zurdo de 1.90 de estatura y 16 años, que tiraba rectas de 90 millas y al que todos querían firmar. El mexicano, zurdo también, le dio dos dobles y una línea al central.
“Los scouts estaban más pendientes de Adrián que del pitcher. No te miento, me paré al baño y había 35 detrás de mí queriendo hablar conmigo. Se me acercaban tres o cuatro, daba unos pasos y llegaban otros. Nunca había vivido eso. Ahí empezó la vida de Adrián el prospecto de grandes ligas. Cuando le conté, nomás me dijo: ‘Está bien’. Él es así, muy serio, no hace alharaca ni nada”, relata David.
–¿Adrián soñaba con alinear en grandes ligas? –pregunta la reportera.
–Desde chico. Vacilaba con mi señora. Le decía así cantadito (con tono de lero, lero): ‘Yo voy a llegar a las ligas mayores’. Ella les decía a los tres que ni pensaran en el beisbol profesional. ‘Llega uno de cada mil y vale más que estudien una carrera’, les comentaba. Ella no quería entenderlo, quería que fueran ingenieros o doctores. Y yo tenía mis ideas.
–¿Vio en sus hijos la posibilidad de hacer realidad su anhelo de ser ligamayorista?
–Nunca. Sólo los preparaba para que fueran buenos… después vendrá lo demás. Se hace bueno (al deportista) poniéndolo a practicar, pero con conocimiento, diciéndole: ‘No te pares de esta manera, no pongas el bat tan arriba, bájalo; pon las manos así; los nudillos, los pies van así. Son los detalles finos del beisbol.
Cuando firmó con los Marlines, Adrián fue enviado al equipo de categoría Rookie en Florida, en la Liga de la Costa del Golfo. Ahí los partidos se juegan al mediodía. No le fue nada bien. Por teléfono le contó a su papá que no podía batear, que siempre lo ponchaban, que no sabía cómo mejorar.
Como muchas otras veces, David y su esposa viajaron para respaldar a su hijo. Después de verlo jugar en un partido en el que se fue de 4-0, David habló con su hijo: “Le dije: ‘Yo no te vi jugar a ti. Vi un primera base, pero no eras tú. Nunca te oí gritar ni entrar corriendo al campo. Le alegaste al ampáyer las pichadas… no le tiraste a los buenos lanzamientos’.
“Él me respondía: ‘Es que los ampáyers son muy malos, me están marcando las altas, por eso le tiro a esas’. Le comenté: ‘Eso no me importa. Tienes que jugar tu juego, no el de los demás. Quiero que le grites al segunda base: ‘Hazte para acá’; y al right fielder: ‘Tú para allá’, tienes que ir con el pitcher, hablar con él’. En la escuela él era el líder, el manager le decía que llevara el juego y le tenía tremenda confianza.”
–¿Por qué dejó de hacerlo?
–Me dijo que en el beisbol profesional no se puede hacer eso. Le dije: “No me importa lo que pase con la pelota profesional. Tú te debes preocupar por sobrevivir en este mundo y para ello tienes que hacer lo que sabes. Si te pones a tirarle a las altas porque el ampáyer te las marca, estás cambiando tu ritmo y tu sistema. Eso no está bien. Si te poncha, vete al dugout, pero no alegues”.
“Me dijo que después de que lo ponchaban, llegaba al dugout y escuchaba a sus compañeros decir: ‘¡Mira!, ¡éste es el que firmaron por 3 millones!’.
“Le dije: ‘No te preocupes, te garantizo que el único jugador que en dos años va a estar aquí eres tú, porque te pagaron tanto dinero que te van a tratar de hacer ligamayorista a como dé lugar. No te van a correr. Olvídate de eso y dedícate a jugar’.”
El 18 de abril de 2004, Adrián debutó en grandes ligas con los Rangers de Texas. Sus empeños fueron recompensados. El llamado Rey de los Deportes le otorgó un Honoris Causa a David González.
Desde que en 1954 el veracruzano Beto Ávila fue campeón de bateo con los Indios de Cleveland con .341 de promedio, ningún mexicano ha conseguido ese título. Adrián está muy cerca de lograrlo. En la presente campaña marchaba hasta el jueves 28 como el jugador más poderoso de las mayores, con .352 de bateo y 87 carreras producidas.
“Adrián no piensa en esas cosas. No lo quiero poner como si fuera la octava maravilla, pero a él no le importa cuánto batea, por eso lo hace bien. No tiene presiones de ningún tipo. Pregúntale: ‘¿Qué te decía tu papá que tenías que hacer cada vez que te pares a batear? Contestará: ‘Preocuparme por esa vez al bat, nada más. Nunca debes pensar en la (jugada) que sigue ni llegar al juego pensando que voy a pegar tres hits para subir mi porcentaje ni pensando que ayer me fui en blanco’.
“Adrián es sistemático. Si lo ponchan, ni alega. Sabe que mañana tendrá otra oportunidad. Es de sangre fría para el beisbol”, comenta David.
Dice que su hijo es un muchacho modelo que sólo va de su casa al campo y al revés. Que jamás se ha emborrachado ni tampoco fuma y que con el ejemplo demuestra que juega por el equipo y no para sus estadísticas personales. Aclara que aunque habla poco, la gente lo quiere mucho porque es generoso y se preocupa por los niños y los ancianos que menos tienen.
Adrián y su esposa Betsy encabezan una fundación que ayuda a niños. Hace algunos años se convirtieron en cristianos, motivados por unos pastores aficionados al beisbol.
“Mientras menos hablen de él, Adrián está mejor. Le piden que haga anuncios, pero él dice que no le interesa, aunque ha hecho algunos para niños. Mis hijos se dieron cuenta de que no se puede pedir más que tener a la familia completa, comer en un restaurante que te guste o ir a la playa con sus abuelos. ¿Qué más hay? Sólo ir a la playa con un traje de baño de oro, ¿no?”, concluye David González.








