Antesalas de la locura

Gloria no es su verdadero nombre, pero así le gustaría llamarse cuando deje las drogas y abandone el centro de rehabilitación.
A los 35 años, su cabello es cano. Al contarle al grupo de adictos lo mucho que extraña a su familia, su mirada recorre las paredes color salmón y las manos le tiemblan.
Es licenciada en contaduría pública y dejó la maestría trunca. Le pasó lo mismo que a quienes hoy la escuchan: la adicción pudo más que su convicción. Ahora, bajo presiones familiares, ella debe permanecer seis meses en este centro de rehabilitación para alcohólicos y drogadictos.
En el recuerdo quedaron las fiestas under, los raves, la diversión nocturna en los bares de la zona rosa, pero también allá se perdieron su empleo en un despacho de contadores y hasta las clases de catecismo que impartía. Su realidad cabe en cuatro paredes.
El centro de rehabilitación Sendero de la Luz está en la colonia Independencia, de Guadalajara. Es un edificio de dos pisos y fachada gris habitado temporalmente por 15 adultos. Como todos los centros de rehabilitación e internamiento en el estado, este es dirigido y mantenido por adictos que sólo han cursado la primaria y están controlando su problema.
Al funcionar como una asociación civil de ayuda mutua, se sostiene con aportaciones voluntarias de los integrantes. El encargado dice que el gasto no baja de 6 mil pesos al mes en renta, electricidad, agua y teléfono. Los internos realizan las labores domésticas y además cocinan. Los alimentos, dicen, “se manifiestan” por medio de donaciones de los vecinos y sobras de los mercados.
La gente de esta casa cree en un poder superior que los ayudará a dejar sus vicios. La terapia se rige por los 12 pasos tradicionales de Alcohólicos Anónimos. El padrino, quien tiene la mayor experiencia de rehabilitación, es también el guía del grupo y dicta cuánto tiempo debe un interno permanecer en el centro y qué puede hacer o decir. Es una especie de sacerdote entre sus feligreses.
Con el tiempo los internos adquieren funciones propias. Se les otorga más autonomía y pueden invitar a otros adictos a unirse al grupo y recaudan dinero boteando. Algunos, a quienes ya se les considere “listos”, pueden separarse de este centro para formar su propia asociación con sus propias reglas. De cada uno depende si la ayuda se convierte en negocio.
Cada centro es libre de aplicar el tratamiento y la cuota; no están sometidos a regulación. Tan sólo en la zona metropolitana de Guadalajara se abren cada año 58 de estos centros popularmente conocidos como “anexos”, de acuerdo con estadísticas del Consejo Estatal Contra las Adicciones en Jalisco (CECAJ) hasta 2010.
En el caso de Sendero de la Luz, las condiciones de vida parecen precarias para quienes provienen de un estrato acomodado, pero Gloria se dice agradecida de haber encontrado ayuda en este lugar y de no haber caído en un anexo donde la sometieran totalmente. Pocos salen cuerdos de esa clase de centros, dice.
Se refiere a más de 100 establecimientos de la entidad que son conocidos porque ahí se aplican torturas físicas y psicológicas, así como tratamientos que, lejos de favorecer la recuperación de los internos, obnubilan su mente y afectan su memoria. No son precisamente los anexos más pequeños, sino que algunos cuentan con filiales en varios municipios, como Empezando a Vivir, Crea, 24 Horas Tradicional, Otra Alternativa y Grupo la Perla de Occidente.
Personas que estuvieron internadas en centros de este tipo ofrecen testimonios de que facilitan el narcomenudeo, le sirven de escondite a miembros del crimen organizado e incurren en la prostitución y la trata de personas, ya que los centros son mixtos y ahí conviven hombres mayores de 30 años con mujeres de 14 o menos, en ocasiones sin privacidad.
A los familiares se les pide una cuota de recuperación que oscila entre 300 y 600 pesos a la semana por un periodo de riguroso internamiento de al menos tres meses, de modo que en total el padrino puede llevarse más de 60 mil pesos al mes.
Tal es el caso del centro Otra Alternativa, en la calle Prados de Pinos 1064, en Tonalá. De acuerdo con el exinterno Octavio, la cárcel es un lugar más digno, ya que el padrino, Enrique Islas, somete a golpes a los enfermos y en ocasiones protege a miembros del grupo delictivo La Resistencia. Afirma que Islas también abusó sexualmente de una interna de 14 años, quien logró salir porque sus padres se dieron cuenta.
El tratamiento: quebrarlos

“A mí no me golpeaban tanto porque estaba embarazada”, dice Ester, de 22 años, quien permaneció cinco meses en un centro de “rehabilitación” basado en el sometimiento que está en la ampliación femenil del grupo Perla de Occidente (calle San Felipe 164, en el centro de la ciudad, a unas cuadras del Congreso del estado).
Éste es dirigido desde hace 12 años por la “madrina” Sandra Sofía Jara Robles y su ayudante, Rosa María Jiménez León.
En un recorrido de este semanario por el lugar se constató que exhibe tres certificados de la Secretaría de Salud en 2000 y 2006. En la entrada y la azotea permanecen apostados tres hombres robustos, que además del edificio vigilan los vehículos Nissan blanco y Ford tinto de las dos encargadas, dice una trabajadora.
Por fuera parece una bodega abandonada, pero por dentro se percibe el control absoluto de sus autoridades. Cuando se solicita conocer las “instalaciones modernas” que ofrecen en los volantes publicitarios, la madrina preparara a las internas.
Llegado el momento, mujeres y niñas aguardan la orden de descanso sentadas y mirando al suelo. No es cierto que haya televisor, como dice el folleto, ni un área de gimnasio, sino sólo un par de bicicletas estáticas ya oxidadas. Únicamente existen 15 catres para más de 35 internas y un par de cobijas apiladas en una esquina.
“Por fuera no se ve tan mal, pero una vez que entras ruega a Dios que te saquen pronto, porque tu pesadilla comenzará: insultos y golpes es lo menos que vas a recibir”, advierte Ester en entrevista. De acuerdo con su experiencia, ahí “el silencio es tu único amigo; no puedes hablar ni contigo misma, si lo haces, te amarran de pies y manos a un poste toda la noche hasta que logres su perdón”.
Aun cuando el “tratamiento” cuesta 500 pesos semanales –lo que “incluye la alimentación”– y 700 pesos de inscripción, la exinterna señala que su dieta se basaba en sobras del mercado Corona: frijoles, verduras echadas a perder y una especie de engrudo, todo ello acompañado con agua servida directamente de la llave. Ese es el desayuno, la comida y la cena. Y si los familiares le llevan despensa a alguna interna, las madrinas se quedan con ella.
Las lágrimas se castigan. Las visitas se realizan una vez por semana en presencia de las custodias; “si se te ocurre contarles algo de lo que vives ahí –relata Ester–, deberás permanecer sentada en un bote chilero durante 12 horas, y si quieres hacer del baño será parada frente al grupo, como parte del castigo”.
La “rehabilitación con psicólogos” que publicita este anexo consiste realmente en torturas físicas y en siete terapias directas al día (de ocho de la mañana a las nueve de la noche) impartidas por la madrina, que incluyen golpes e insultos.
“Lo que más coraje me daba –recuerda Ester– es ver el amor que le daban a los perritos de la madrina Sandra cuando los bañaban con agua calientita y con mi champú, mientras a nosotras nos daban trocitos de una barra de jabón Lirio, los cuales nos tenían que durar dos días.”
Belén es otra joven que estuvo internada en este anexo de sometimiento durante ocho meses. A causa de las secuelas psicológicas que le dejaron los malos tratos, repite sin cesar, mientras se balancea hacia el frente y hacia atrás: “Tres cuadritos para el uno y seis cuadritos para el dos”. Alude a la cantidad de papel higiénico que se le proporcionaba para ir al baño.
Pocos muertos

El Censo Estatal de Establecimientos de Tratamiento 2010, realizado por el CECAJ, registra 191 centros de internamiento temporal operados por los sectores público, social y privado, que proporcionan servicios de rehabilitación para alcohólicos y drogadictos. Más de la mitad están en los municipios de Guadalajara y Zapopan.
De acuerdo con ese estudio, ninguno de esos centros alcanzó la calificación de excelente en el cumplimento de la Norma Oficial Mexicana 028, que reglamenta la prevención y el tratamiento para controlar las adicciones. Por el contrario, 95% de los establecimientos se encuentra en condiciones deplorables.
Sólo 57 de ellos están debidamente registrados ante el Consejo Nacional Contra las Adicciones (Conadic), que los considera aptos para funcionar; el resto carece de las condiciones básicas para favorecer la reintegración de los internos a la sociedad, pero siguen operando. Sin embargo, no son clandestinos: pese a su ilegalidad abren sus puertas con el pleno conocimiento de las autoridades municipales y estatales.
A su vez, las clínicas debidamente registradas ante el Conadic son inalcanzables para la mayoría de quienes las necesitan: ofrecen un programa profesional de rehabilitación con un costo que oscila entre 60 mil y 150 mil pesos mensuales.
Consultado por Proceso Jalisco, el titular de la Red Estatal de Establecimientos Especializados en Adicciones del CECAJ, Jaime Fernando Díaz González, reconoce el incremento vertiginoso de esto centros inspirados inicialmente en el programa de Alcohólicos Anónimos (AA), pues desde 2008 se han abierto 58 por año.
Explica que el personal que labora en este tipo de programas no es profesional de la salud, sino que lo conforman exadictos con escasa preparación académica, lo cual genera más casos de maltrato.
Además, describe, dichos establecimientos se enfocan básicamente en la población masculina de entre 20 y 50 años, mientras que el sector femenino se encuentra en riesgo, ya que registra un alarmante ascenso en el consumo de alcohol y drogas, sólo cuenta con 13 centros de tratamiento, la mayoría privados. En tanto, existen más 60 centros mixtos, donde hombres y mujeres comparten dormitorios, baños y áreas comunes, lo que en vez de brindar apoyo a las internas pone en riesgo su integridad física.
Y aunque son recurrentes las quejas de exinternos por los abusos, incluso sexuales, que sufren en estos establecimientos que debería regular la Secretaría de Salud, Díaz González dice que el CECAJ nada puede hacer al respecto porque su labor se limita a difundir y promover el cumplimiento de la normatividad vigente entre los prestadores del servicio.
Por su parte, el jefe del Departamento de Regulación de Insumos y Servicios de la Secretaría de Salud Jalisco y responsable de supervisar el funcionamiento de esos centros, Ernesto Cisneros Madrid, de plano niega que incurran en irregularidades. Agrega que, pese a las 18 quejas presentadas en lo que va del año, en general la norma se cumple.
No obstante, comenta que no es posible supervisar de manera regular todos los centros de rehabilitación porque sólo hay 24 supervisores para ello, quienes además tienen que verificar farmacias, guarderías y albergues.
Aun así, dice Cisneros Madrid, en 2010 su dependencia suspendió –no cerró cuatro anexos por sus malas condiciones de funcionamiento y porque se registraron ahí dos defunciones.