Creador de un realismo ilusionista de impacto teatral y grotesca obscenidad, Daniel Lezama (México, 1968) presenta en la Galería Hilario Galguera de la Ciudad de México, un conjunto de 16 piezas que descubren positivos cambios en su quehacer pictórico. Realizadas entre 2009 y 2011 con base en temáticas que se refieren a la vida y creación de los pintores viajeros que estuvieron en México durante el siglo XIX, las obras carecen del tenebrismo característico de Lezama deslizándose hacia poéticas neorrománticas y neosurrealistas.
Defensor de la mímesis como punto de origen de toda pintura, Lezama construyó, durante la época de auge de los neoconceptualismos, una artisticidad descaradamente realista y pictórica. Admirador de la pintura española de la Época de Oro (siglos XVI y XVII) y analista adolorido de la relación que existe en México entre el significado de la figura femenina y la identidad nacional, el artista desarrolló una poética de dramatismo tenebrista basada en diferentes violencias: la iluminación focal de exagerado contraste entre la luz y la oscuridad, la perversidad de las narrativas sexuales, la sordidez de la atmósfera, la exagerada brillantez de algunos colores y la alteración de las convenciones actuales de la belleza corporal. Trabajadas en el límite entre la monumentalidad barroca –especialmente del español Juan Valdés Leal– y la vulgaridad de estéticas relacionadas con la ilustración popular, las obras de Lezama corrompían, morbosamente, el orden minimalista y conceptual del arte contemporáneo.
Matizadas en su narrativa y estridencia visual, las piezas que expone actualmente bajo el título de Cartas de viaje delatan la transición hacia un lenguaje más sobrio. Carentes de la obscena teatralidad que las caracterizaba, las obras se concentran más en la pintura que en la historia que cuentan. Influidas tanto por las estéticas románticas decimonónicas como por las poéticas cromáticas y surrealistas del reconocido pintor alemán Neo Rauch (Leipzig, 1960), las piezas han sustituido el protagonismo de los cuerpos por una luminosa interpretación paisajística que remite a la invención pictórica de la realidad.
Estructurada a partir de escenas concisas que recuerdan a los exóticos habitantes e irreales paisajes de los mundos inventados por viajeros como Rugendas, Stephens, Catherwood y Egerton, la exposición Cartas de viaje se convierte en una reflexión indirecta sobre las posibilidades de un género que, si bien se inicia en una imagen, se expande hacia la creación de realidades que oscilan entre la verdad, el deseo y la mentira.
Al igual que en sus obras anteriores, el color no es sólo un elemento adherido a la forma y el soporte sino, también, un actor esencial en sus narrativas. Ajenas a la presentación de realidades concretas, las obras se configuran en un realismo ilusionista que permite la utilización del color como metáfora o sugerencia de distintas ideas y realidades. Ya sea como origen y vínculo de vida en “El árbol del color”, como evocación psicológica en “El sueño premonitorio de John L. Stephens”, o como sinónimo de la diferencia racial en “La insolación de F. Catherwood en Palenque”.








